Militares, estudiantes y deportistas de élite: así es la vida en el equipo más sacrificado de Estados Unidos

Antonio Gil
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Army football players listen to the West Point Band play the alma mater after winning an NCAA college football game 52-21 against Morgan State, Saturday, Sept. 21, 2019 in West Point, N.Y. (AP Photo/Julius Constantine Motal)

“Estamos muy emocionados y orgullosos de dar la bienvenida a esta nueva generación de líderes a la hermandad que es el equipo de fútbol americano de Army… la promoción de 2024”. Jeff Monken, entrenador del equipo de football de la Academia Militar de Estados Unidos abría así las puertas de West Point a los nuevos cadetes que comenzaron ya esta semana su formación académica, militar y deportiva. Una educación a la altura de exigencia de las universidades más prestigiosas del país de la Ivy League (Hardvard, Yale, Princeton…), un aprendizaje militar para ser oficiales al salir de la academia y además un desarrollo deportivo como cualquier otro equipo universitario del país. “Estamos ante un grupo talentoso de atletas, pero también unos estudiantes destacados y unos jóvenes líderes que se han comprometido para servir a esta nación como oficial del Army”. Monken lo remarca, por si no había quedado claro.

Cada año, alrededor de 1.200 aspirantes a oficiales del ejército llega a West Point. Un entorno con cierto aire a película de Harry Potter y mucha historia en sus muros, edificios y extensiones de terreno verde. El escenario en el que estarán los siguientes cuatro años, si no renuncian antes, en el que pasan de civiles a servir a su nación de la noche a la mañana. La mayoría siguen una tradición familiar, pero algunos lo hacen también después de haber sido reclutados por la academia para practicar algún deporte. Todos son tratados del mismo modo. Tras presenciar una pequeña presentación de la nueva etapa que están a punto de comenzar en sus vidas, tienen un minuto para despedirse de sus familias, con las que tendrán un contacto muy limitado durante el próximo mes y medio. A partir de entonces comienza la acción. Los jóvenes reciben sus uniformes y el material necesario para comenzar su andadura en la Academia Militar más importante y exigente del mundo. Acto seguido les recibe la maquinilla de cortar el pelo y, uno a uno, todos los chavales van viendo caer mechones al suelo de la barbería. “¿De dónde eres, ricitos?”, pregunta la veterana peluquera a uno de los chicos intentando relajar el ambiente. “De Texas”, le responde éste. “¡Vaya! Uno de mis ex también era de Texas”. Será una de las pocas muestras de cariño que los cadetes recibirán durante los próximos días.

Con las cabezas bien afeitadas y todos los bártulos a hombros los jóvenes recibirán una breve formación militar para desfilar y a continuación harán acto de presencia los primeros gritos, con los que aprenderán a convivir quieran o no. “¡Cadete! ¡Póngase en mi línea! ¡No sobre mi línea, no más allá de mi línea, no por detrás de mi línea!”. Uno de los estudiantes de último año de West Point recibe a cada novato, que deberá recitar a la perfección una frase de presentación para poder continuar con sus obligaciones del día. Al terminar la jornada todos ellos desfilarán con sus impolutos uniformes ante sus familias, poniendo fin a estrés de su llegada a West Point. Un estrés que no es nada comparado con lo que les queda por delante en el caso de ser deportistas, a partir del día siguiente.

WEST POINT, NY - NOVEMBER 09: Army West Point players celebrates a touchdown during the game between the Army West Point Black Knights against University of Massachusetts Minutemen on November 9, 2019 at Michie Sadium in West Point, New York. (Photo by Nicole Fridling/Icon Sportswire via Getty Images)
Estudiantes, militares y además deportistas. (Foto: Nicole Fridling/Icon Sportswire via Getty Images)

Las exigencias del día a día

Los estudiantes de West Point desayunan entre las 6:55 y las 7:30, antes de asistir a sus clases de 7:35 a 11:45. Comen entre las 12:05 y las 12:40. Tras poco más de una hora de tiempo libre, vuelven a clase de 13:50 a 15:50, y de 16:10 a 17:45 llevarán a cabo actividades deportivas o extracurriculares. La cena es de 18:30 a 19:15, dando paso a 15 minutos de tiempo libre, antes de acudir a tutorías entre las 19:30 y las 20:30. A partir de esa hora y hasta las 23:30 tendrán tiempo de estudio y a medianoche se apagarán las luces de todas las salas y habitaciones. Los cadetes que además practican algún deporte (por el que pueden haber sido becados en la academia) tienen que hacer encaje de bolillos para entrenar a lo largo del día y compaginar sus estudios con sesiones de gimnasio y prácticas sobre el terreno de juego.

“Los deportistas aprovechamos los trayectos en autobús entre una zona de la academia y otra para estudiar o echar pequeñas siestas”, me contaba uno de los capitanes del equipo de fútbol americano en mi primera visita a West Point para la elaboración de un reportaje sobre los atletas que allí se forman. Esos autobuses son los clásicos vehículos escolares de color amarillo al que sólo tienen acceso los cadetes que también practican algún deporte. El resto de estudiantes se mueve a pie por las 6.500 hectáreas que componen la academia del Duty, Honor, Country, situada a unos 80 kilómetros de New York City. Allí pasarán cuatro años que precederán a cinco más de servicio activo en el ejército de los Estados Unidos y posteriormente tres en la reserva.

Atletas hechos de otra pasta

“Quiero un oficial para una misión secreta y peligrosa. Quiero un jugador de football de West Point”. Estas palabras del General George C. Marshall que están grabadas en una placa de bronce situada en la entrada del equipo de fútbol americano al estadio de West Point lo dicen todo. Aunque Army cuenta con equipos de Division I de la NCAA en todas sus disciplinas, desde baloncesto a béisbol, pasando por fútbol, hockey sobre hielo, natación o atletismo, el fútbol americano en la niña bonita de West Point. Ser miembro del equipo de football y estudiar en la Academia Militar te hace de una pasta distinta. Los Black Knights no cuentan con estrellas a nivel nacional ni tienen las mismas facilidades para reclutar jugadores que los grandes programas universitarios del país, pero ofrecen una experiencia bélico-deportiva bien aderezada con valores como compromiso, disciplina y respeto que no se estilan demasiado en el resto de colleges. Es algo que se aplica a todos los deportes, pero que tiene especial peso en el fútbol americano por su pasado en la élite, cuando ganó los títulos nacionales de 1944, 1945 y 1946.

Sin embargo, los deportistas de West Point no entienden de excusas ni aspiran a simplemente participar. Es algo que no está permitido dentro de los muros de la academia. “Tenemos 4.400 cadetes aquí en West Point que van a ser soldados, y cuando vayan ahí fuera y hagan su trabajo nadie va a esperar que queden en segunda posición. Así que eso tampoco va a ser una opción en el equipo de football. Vamos a ser duros. Vamos a ser disciplinados. Vamos a jugar con orgullo. Vamos a jugar con pasión. Vamos a jugar con un gran esfuerzo. No se trata sólo de jugar en West Point, sino de jugar para West Point. Hay una gran diferencia en una sola palabra”. El entrenador Jeff Monken no deja ningún lugar a dudas. Y todo esto teniendo muy claro que todos y cada uno de los deportistas es antes cadete que atleta. Lo de levantar la mano con los integrantes de los equipos o los becados no es una opción (como sí lo es en muchas otras universidades). “Créeme. Si quieres aprobar los exámenes tienes que estudiar”, me explicó en su momento uno de los jugadores del equipo de football. “Hay que saber maximizar el tiempo. Siempre que tienes un momento libre aprovechas para abrir el libro y estudiar, y así ir ganando tiempo para rendir, no sólo en el campo de football sino también en las clases”. Y aun así, la mayoría de estos chicos se hará mayor y en cualquier reunión familiar dirá esa famosa frase de que sus años universitarios fueron los mejores de su vida, aunque esos años no estén al alcance de cualquiera.

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