Del adiós a La Nevera a la fuga de Barea: así descendió el Estudiantes

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J. J. Barea of Movistar Estudiantes plays during the match between Luga ACB Endesa Movistar Estudiantes against Casademont Zaragoz that takes place at the Wizink center pavilion in Madrid. February 3, 2021 Spain  (Photo by Oscar Gonzalez/NurPhoto via Getty Images)
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Entre los aficionados al Estudiantes, uno de los tres equipos junto a Joventut y Real Madrid que siempre ha jugado en la primera división del baloncesto español, se bromeaba a menudo con una supuesta "maldición del año bisiesto". En 2008, el club había estado a un solo partido, en León, de irse a la LEB. En 2012, de hecho, descendió deportivamente pero nadie pudo ocupar su plaza y ahí se quedó hasta 2016, cuando un nuevo descenso en las canchas volvió a quedar en nada por no poder pagar nadie el "canon" que exigía la ACB para integrarse en la liga.

Era lógico que en el Ramiro de Maeztu se viera con auténtico pánico la llegada del año 2020... y razón no faltaba. Hundido en la clasificación, el Estudiantes se vio beneficiado esta vez por una pandemia global que suspendió la liga. Si eso no es rizar el rizo, no se me ocurre otro ejemplo posible. Salvado el cuarto bisiesto consecutivo, los seguidores madrileños empezaron a temer aún una nueva sorpresa: ¿y si en vez de los años bisiestos, el problema era con los años olímpicos? ¿En qué categoría entraba entonces 2021, año en el que, si nada se tuerce, veremos por fin los Juegos de Tokio? 

Una primera pista de lo que 2021 iba a ser para el Estudiantes nos la dio la famosa tormenta Filomena a principios de enero. La nevada de tres días acabó derrumbando el techo de "La Nevera", el campo de entrenamiento del equipo desde hace casi cincuenta años y que en su momento albergó varios partidos de la Liga Nacional. La caída de "La Nevera" y su posterior demolición completa podía interpretarse como el fin de una época pero también como algo nuevo, una esperanza de futuro a partir de los cimientos. En aquel momento, el Estudiantes empezaba a flaquear tras un buen inicio de temporada pero su registro de 5 victorias y 11 derrotas le daba aún algo de margen pese a los continuos casos de coronavirus que asolaban su plantilla y que le dejaron casi mes y medio sin jugar un solo partido.

El Estudiantes era un buen equipo, con un entrenador de la casa -Javier Zamora- y buenos jugadores extranjeros familiarizados con el club como Alessandro Gentile o Edwin Jackson. Aparte, la plantilla presentaba una "clase media" más que aceptable: el reboteador Ángel Delgado, los canteranos Edgar Vicedo, Adams Sola o Dovydas Giedraitis más una estrella en ciernes como Aleksa Avramovic. Un equipo para meterse en play-offs, que se vio completado el 23 de enero, en plena pausa vírica, por el ex campeón de la NBA, José Juan Barea. 

MADRID, SPAIN - NOVEMBER 24: Nacho Arroyo, Edgar Vicedo, Victor Arteaga and Philip Scrubb of Movistar Estudiantes during Liga Endesa match between Movistar Estudiantes and San Pablo Burgos on November 24, 2019 in Madrid, Spain. (Photo by Borja B. Hojas/Getty Images)
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Lo que se preveía como una temporada tranquila empezó pronto a convertirse en una nueva pesadilla: se lesionó Gentile, se lesionó Jackson, se lesionó Giedraitis, se lesionó Vicedo... A Javier Zamora le aguantaron dos partidos más y entró en su lugar Jota Cuspinera, también viejo conocido de la casa. Nada funcionaba. De los 20 partidos que jugó Movistar Estudiantes en 2021 perdió 16. Dos de las cuatro únicas victorias llegaron en la prórroga. Entre quejas por arbitrajes, falta de compromiso de algunos jugadores y alguna que otra lesión más, el Estudiantes fue acercándose a los puestos de descenso, hasta ese momento copados por Bilbao Basket y Gipuzkoa Basket, que ya se habían hecho a la idea de descender desde febrero.

No contaban con la capacidad del Estudiantes para autodestruirse. Con haber ganado uno de sus nueve últimos encuentros, el equipo del Ramiro se habría quedado en la ACB. Solo uno de nueve. Los perdió todos. Cuando ya llevaba ocho y el descenso aún se veía como algo lejano -Bilbao tenía que ganar tres de sus últimos cuatro partidos-, J.J. Barea decidió que se iba. En rigor, no había nada ilegal en su marcha: en el club no pensaron en firmarle hasta final de temporada sino hasta el día en el que dicho final estaba previsto. En medio se metió la Covid con sus partidos aplazados y todo se retrasó una semana. Barea dijo que muy bien, pero que con él no contaran para el partido que a la postre fue decisivo. "Echo de menos a mi familia", dijo, y se fue a firmar por un equipo puertorriqueño. Excelente gestión.

El caso Barea es paradigmático de lo que ha sido el Estudiantes en los últimos trece años: un continuo dar tumbos, fichar "lo que hay" y no dar continuidad a nada. De 1983 a 2005, Estudiantes tuvo cuatro entrenadores: el fallecido Paco Garrido, Miguel Ángel Martín, "Pepu" Hernández y Charly Sainz de Aja, que duró once partidos. De 2005 a 2021 ha tenido catorce. Los fichajes se cuentan por decenas y decenas. Aunque entre las "ventanas" y el torneo final del pasado Mundobasket 2019 que ganó España hay canteranos estudiantiles como Darío Brizuela, Jaime Fernández, Javier Beirán o el propio Edgar Vicedo, lo cierto es que nada de ese brillo se le ha pegado al club en estos últimos años.

Desde 2010, Estudiantes no se ha clasificado para los play-offs ni una sola vez. Jugó dos partidos, ante el Baskonia, y perdió los dos. No es cosa, por tanto, de un solo año ni que se pueda explicar por una mala plantilla. El club es un caos desde hace muchísimo tiempo pese a tener un excelente patrocinador, una base social amplísima y un pabellón imponente. Nadie se explica este empeño por llevar el cántaro a la fuente todos los años y nadie sabe qué va a pasar ahora que se ha roto: ¿otro milagro burocrático?, ¿un descenso con garantías de seguir compitiendo?, ¿la desesperación del club como tal, reconvertido en el mejor de los casos a un equipo competente de federación y formación como puede ser el Canoe?

Lo peor de todo es que buena parte de la afición lleva años deseando esto. Ya ni siente ni padece. O, más bien, lo que quiere es que vuelva el equipo del que se enamoró: el que empezaba y terminaba las temporadas con el mismo entrenador y los mismos jugadores; el que daba oportunidades a sus jóvenes y no cedía hasta que se convertían en estrellas; el que no dejaba deudas a proveedores, ex jugadores, entrenadores y representantes. El que no buscaba ampliaciones de capital cada pocos años en busca de una manera de pagarle a Hacienda lo que se le debe desde hace treinta años. Es difícil querer a un zombi, mucho más fácil recordar algo que ya no existe y pensar que volverá algún día. Solo que no es tan fácil, claro.

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