La farsa de los millonarios en el Everest que se ha convertido en un peligro público

Luis Tejo
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Tiendas de campaña en el campo base del Everest.
Tiendas de campaña en el campo base del Everest. Foto: Frank Bienewald/LightRocket via Getty Images.

Con sus 8.848 metros (ya, por fin, el dato está confirmado), el monte Everest es el lugar más alto de la Tierra sobre el nivel del mar. Llegar hasta su cumbre ha sido un anhelo de los seres humanos, siempre dispuestos a intentar ir más allá de sus capacidades. El ascenso al techo del planeta ha sido históricamente uno de los hitos del deporte del alpinismo, y más desde que en 1953 el sherpa Tenzing Norgay y el neozelandés Edmund Hillary demostraron que se puede.

Conscientes del interés que genera, los gobiernos de China y, muy especialmente, Nepal, los dos países en cuya frontera se encuentra el pico, tienden a explotar hasta la última gota del potencial turístico de un reto tan atractivo. Eso ha hecho que, a estas alturas del siglo XXI, subir al Everest se haya convertido más en una moda que en una actividad deportiva. Y que, como consecuencia, estén surgiendo alrededor del negocio abundantes problemas.

Para empezar, la confirmación de algo que ya se sospechaba: gran cantidad de las expediciones son un fraude. Lo ha constatado Elia Saikaly, cineasta y aventurero de la vieja escuela que tiene varias ascensiones y numerosos documentales sobre el Himalaya en su haber. Tal como ha contado a través de las stories en su perfil de la red social Instagram, hay abundantes "montañeros", entre comillas, que en lugar de luchar contra las pendientes, el frío y el viento, completan parte del recorrido en helicóptero.

"Así es como los ricos suben al Everest. Sabéis quiénes sois. Por qué escalar cuando puedes volar, ¿no? Nueve vuelos de helicópteros la semana pasada desde el campamento 2, supongo que los mismos irán de vuelta", se oye decir a Saikaly en su grabación. Sobreimpresionado, el texto "Y sin embargo los 'vuelos comerciales' no están permitidos. El dinero habla".

Dos fragmentos de la grabación de Elia Saikaly en la que denuncia el ascenso de helicópteros al Everest, publicados en las 'stories' de su cuenta de Instagram @eliasaikaly
Dos fragmentos de la grabación de Elia Saikaly en la que denuncia el ascenso de helicópteros al Everest, publicados en las 'stories' de su cuenta de Instagram @eliasaikaly

Hay que tener en cuenta que trepar al Everest, o a cualquier otra montaña, generalmente no se hace de forma competitiva ni por recibir una recompensa. Al contrario: son los interesados quienes deben afrontar gran cantidad de gastos derivados tanto del equipamiento necesario como de los permisos que hay que tramitar ante las autoridades locales. La escalada es más bien una cuestión de honor y de orgullo.

No deja de ser, sin embargo, una forma de trampa. El campo base está situado a una altitud de 5.400 metros, y el campo 2 a unos 6.400. Ese kilómetro de altura de diferencia, si bien no es el más difícil de la ruta, igualmente se hace en condiciones durísimas y supone un desgaste enorme que incluso a los más experimentados les lleva varias horas de lucha constante contra la naturaleza. 

Presumir de haber logrado la subida cuando, en realidad, una parte importante del recorrido se ha completado no por el propio esfuerzo sino por un puñado de billetes es un engaño. ¿De cuánto dinero hablamos? No lo sabemos exactamente porque, como bien recuerda Saikaly, los vuelos comerciales están oficialmente prohibidos, así que ni siquiera hablamos de un negocio legal. Dependerá del soborno que acepte el funcionario de turno. No obstante, el uso de un helicóptero no es precisamente barato, y menos aún en un entorno tan extremo como la cordillera más alta del mundo.

La deslealtad deportiva no pasaría de ser un asunto que quedaría para la propia conciencia de quienes hacen este tipo de cosas, si no fuera porque, dadas las circunstancias actuales, se ha convertido en una cuestión de salud pública. Porque subir al Everest sigue teniendo ese encanto de lo heroico, de conquistar uno de los puntos extremos del planeta, pero maniobras como esta hacen que se vea razonablemente asequible para los bolsillos que puedan hacerse cargo. Eso significa masificaciones de aspirantes a montañeros venidos de todo el mundo que esperan su turno para emprender la subida en el campo base.

Ocurre que estos tiempos que vivimos no son especialmente adecuados para las aglomeraciones. La pandemia del coronavirus sigue activa, con la muy cercana India como uno de los países más afectados. Como era previsible, en el campo base del Everest ya han surgido los primeros brotes de la infección. Los primeros casos conocidos se presentaron a mediados del pasado mes de abril. No existen datos rigurosos, ya que el gobierno de Nepal no quiere arriesgarse a quedarse sin una de sus principales fuentes de ingresos, pero se estima que hay al menos una veintena de positivos.

La cifra de momento no es demasiado alta pero no deja de crecer; a finales de abril solo se conocían cuatro casos. Y un ambiente tan hostil como el del Himalaya puede contribuir a agravar la situación rápidamente. Teniendo en cuenta las temperaturas tan bajas que hay en las cumbres y que la proporción de oxígeno en el aire es menor cuanto más se asciende, un contagio masivo podría tener consecuencias catastróficas.

La cima del Everest
Vista de la cima del Everest. Foto. Prakash Mathema/AFP via Getty Images.

Esto es un inconveniente grave en un país pobre, con una renta per cápita según el Fondo Monetario Internacional que apenas supera los 1.000 dólares (España roza los 30.000), aún no recuperado del terremoto violentísimo que lo arrasó en 2015, y que ya de por sí sufre los estragos de un virus que está ahora mismo en plena tercera ola allí. En Nepal ha habido en total unos 312.000 casos de infección, de los que algo más de 50.000 permanecen activos, con una cifra oficial de 3.200 muertos. Que parece muy poco teniendo en cuenta que la población es de cerca de 28 millones, algo más de la mitad que la española, pero hay que tener en cuenta que la infraestructura sanitaria está mucho menos desarrollada y el riesgo de colapso es enorme. En particular, los hospitales se están encontrando con que el oxígeno medicinal escasea; la población autóctona está empezando a manifestar su descontento ante la creencia generalizada de que lo están acaparando los turistas enfermos.

Aparte, claro, del peligro de que el virus se vuelva a difundir por el mundo cuando los montañeros regresen a sus lugares de origen. O incluso de que dispersen mutaciones más peligrosas. Nepal comparte casi 1.700 kilómetros de frontera terrestre con la India, y la cepa de este país ya se está expandiendo por su territorio. Tenemos además el factor de que los análisis que se hacen en el territorio no necesariamente son los más fiables; ya se ha conocido algún caso de laboratorios en Katmandú, la capital, que falsifican pruebas PCR para que los visitantes foráneos puedan tramitar sus licencias para subir a las montañas.

El gobierno nepalí no tiene demasiado margen de maniobra al respecto. El debate entre salud y economía que llevamos sufriendo desde los primeros confinamientos hace ya más de un año no es un asunto exclusivamente nuestro. La nación asiática no solo no limita la entrada de montañeros extranjeros que van a dejarse allí sus millones de rupias, sino que, al contrario, este año ha batido el récord en la cantidad de permisos de escalada expedidos. No obstante, en vista del empeoramiento de la situación en los últimos días se han suspendido todos los vuelos tanto nacionales como internacionales hasta al menos el 14 de mayo. Eso sí: de momento ni se han cancelado las expediciones activas ni se ha ordenado una evacuación forzosa del campo base, aunque la publicación especializada Desnivel indica que la posibilidad está encima de la mesa.

Cola de montañeros para llegar a la cumbre del Everest. Foto: Twitter @HistorieEnFotos
Cola de montañeros para llegar a la cumbre del Everest. Foto: Twitter @HistorieEnFotos

De todas formas, incluso antes de que estallara la crisis del coronavirus la situación ya se habría podido calificar de cómica si no fuera porque a menudo desembocaba en tragedias. Era, y sigue siendo, tan desmesurada la cantidad de visitantes que quieren llegar a la cima del Everest que se veían filas kilométricas de expedicionarios esperando su turno para avanzar. Pero claro, no es lo mismo esperar en una cola ante la ventanilla de cualquier oficina de la administración que hacerlo a la intemperie en uno de los lugares más peligrosos que se pueden concebir. Sobre todo cuando muchos de ellos van solo por poder presumir de haber subido y no solo carecen de los conocimientos y experiencia necesarios, sino que además distan mucho de estar en la forma física requerida para una empresa tan exigente. No eran pocos los que morían de asfixia y congelación mientras el resto de aspirantes a escaladores simplemente seguían su camino.

Eso, claro, en cuanto a la tragedia humana. También hay que tener en cuenta el deterioro medioambiental que se causa a un entorno que, pese a lo duro que parece, también es un ecosistema muy delicado. Miles de personas al año dejando toneladas de basura degradan la montaña a unos niveles insostenibles.

Nepal intentó regular estas ascensiones con un método que parecía ingenioso pero que despertó un sinfín de críticas: establecer turnos para evitar que se agolpara mucha gente el mismo día. La idea era bienintencionada pero que Alan Arnette, otro montañero experto, calificó de "inocente y estúpida" y propia de dirigentes "incompetentes". Porque regular la cantidad diaria de ascensos sin limitar el número de permisos expedidos no hace más que generar más atascos.

Por unas cosas y otras, subir al Everest ha pasado de ser una actividad deportiva meritoria y heroica a convertirse en toda una temeridad. Pero está de moda y el flujo de insensatos que lo afrontan no se reduce, sino más bien todo lo contrario. Las ganas de aparentar de los adinerados que pueden permitírselo está contribuyendo a un desastre perfectamente evitable. Todo por presumir de algo que, como constató Saikaly, muchas veces ni siquiera logran de forma legítima.

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