Lo que las experiencias cercanas a la muerte revelan sobre nuestro cerebro

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Experiencias cercanas a la muerte. (Ilustración Creative Commons vista en Wikipedia).
Experiencias cercanas a la muerte. (Ilustración Creative Commons vista en Wikipedia).

Miles de personas en todo el mundo relatan experiencias ilógicas, incomprensibles, y casi metafísicas, que les suceden cuando atraviesan un episodio que amenaza sus vidas. Puede tratarse de un accidente traumático, un ataque al corazón, un ahogamiento, etc. La experiencia es tan común (algunas cifras hablan de que uno de cada 10 pacientes de infarto de miocardio lo experimentan en los hospitales) que prácticamente todo el mundo conoce su sintomatología, la cual parece trascender a las nacionalidades, creencias religiosas, o el nivel sociocultural, de quien la sufre.

¿Quién no ha oído hablar de lo que cuentan estos visitantes fugaces al reino de la muerte que regresaron entre los vivos? Una sensación de calma y paz total, recordar las conversaciones de los médicos, la luz al final del túnel, ver pasar la vida frente a uno mismo como en fotogramas, sentirse flotar y observar el propio cuerpo desde arriba, percibir la presencia cercaba de un ser querido vivo o muerto, o incluso de un ángel…  y luego, la desagradable sensación de tener que abandonar ese beatífico mundo en el que no existe el miedo, para regresar al cuerpo agonizante.

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Se las conoce como experiencias cercanas a la muerte, o para abreviar ECM, y el término se lo debemos al estadounidense Raymond Moody (doctor en medicina y filosofía) quien lo acuñó en su best seller de 1975  “Vida después de la vida”.

Lamentablemente la ciencia no puede explicar todos los detalles del fenómeno, puesto que quienes lo experimentan no suelen estar dentro de un aparato de resonancia, ni cuentan con una red de electrodos cubriendo su cráneo. Y es que en esos momentos en que la vida del paciente está en juego, no tendría mucho sentido que los doctores se afanasen en estudiar con detalle lo que sucede en su cerebro. Obviamente lo principal es mantener vivo al paciente y ayudarle a superar una situación traumática límite.

Antes de seguir debo aclarar que en este artículo no vamos a caer en la interpretación mística o religiosa que muchos quieren darle a estas experiencias, en el sentido de que lo que experimenta el “casi-muerto” es un atisbo del mundo ultra terrenal (bien sea cielo o infierno) que le espera cuando abandone el mundo de los vivos. Lo siento pero eso no es una opción, en este blog hemos venido a hablar de ciencia.

De hecho, las ECM afectan en igual número a personas con creencias religiosas y a escépticos, y por lo que puedo leer no todas responden al prototipo “beatífico” del que os he hablado. Muchas personas dicen experimentar fases de terror, angustia, soledad y desesperación. Si conocemos menos esta versión “negativa” de las ECM es probablemente porque quienes las experimentan prefieren guardárselas para sí  por vergüenza, para evitar el estigma social, o simplemente por no enfrentarse a los seguidores de la versión “buenrollista”, que parece ser la más aceptada por la cultura popular. ¿Quién puede culparles por querer olvidar una experiencia tan traumática?

Uno de los aspectos más fascinantes de las ECM es el modo en que, en algunas ocasiones, cambian la pesonalidad de quienes las sufren. Muchos las recuerdan durante décadas con una intensidad y lucidez completamente inusual. El tiempo pasa y otros recuerdos del día a día se van desvaneciendo, pero lo acontecido aquel día queda para siempre. En cierto modo, las ECM resultan “más reales que la realidad”.

Y es que las ECM pueden, como digo, provocar transformaciones paulianas (llamadas así en honor a lo que le sucedió a San Pablo en su camino a Damasco, cuando se cayó del caballo). Se cuenta que Hemingway, que tuvo una ECM “beatífica” durante la Primera Guerra Mundial, tras la explosión de una mina, se convirtió en el temerario corresponsal de guerra obsesionado con el riesgo y la muerte que todos recordamos, en parte debido al cambio que esta operó en su personalidad.

En cuanto a algunos de los síntomas, como el del famoso túnel visual, la ciencia hace años que cuenta con una explicación. El estrechamiento de la visión se debe a la reducción de flujo sanguíneo que experimenta la periferia de la retina. El resto, las trataremos de explicar dentro de un marco natural, asumiendo que las ECM constituyen una variedad “rara” o alterada de conciencia, provocada por las graves lesiones de quienes las atraviesan.

Veamos por ejemplo el aspecto de las experiencias místicas. Recientes trabajos con sustancias psicoactivas, entre las que se incluye la psilocibina (el principio activo de los hongos mágicos que se está convirtiendo en la gran esperanza de la psiquiatría) o el LSD, demuestran que mediante su ingesta, se pueden alcanzar raptos religiosos. Y es que la espiritualidad humana tiene su origen en las estructuras cerebrales, más concretamente en el sistema límbico, o cerebro emocional. Hoy en día, se pueden provocar esas experiencias de manera experimental, estimulando eléctricamente una parte de la corteza cerebral llamada giro angular

Además, sabemos que las personas que padecen un tipo especial de epilepsia, experimentan características muy similares a los raptos trascendentes. Este es el caso de la epilepsia extática, caracterizada por un breve instante de intenso bienestar y goce, segundos antes de la pérdida de consciencia que acompaña a las convulsiones. A esta enfermedad se la conoce a veces como epilepsia de Dostoyevski, ya que el genial escritor ruso la padeció toda su vida. La enfermedad es reconocible en alguno de sus personajes literarios, como el príncipe Myshkin (protagonista de “El Idiota”), que sufría momentos de éxtasis, que precedían a los ataques epilépticos. Es más que probable que esta enfermedad pudiera explicar también los raptos religiosos de Santa Teresa y Juana de Arco, según sugieren algunos neurólogos.

Pero no solo de santos o escritores vive el hombre. Los astronautas del viejo programa Apolo, también tienen su porción de protagonismo. Y es que estos pioneros de la carrera espacial tenían que enfrentarse, durante sus intensos entrenamientos, a máquinas centrifugadoras que les hacían girar a gran velocidad para simular condiciones de hasta 5 Ges (1 G = fuerza gravitatoria normal).

Existen varias grabaciones que muestran como las fuerzas centrífugas interrumpían el flujo sanguíneo al cerebro, por lo  que muchos de ellos perdían la conciencia durante 10 o 20 segundos. Las experiencias que relataban cuando la sangre retornaba a sus cerebros (tras un intervalo de confusión y desorientación) podrían calificarse como “ECMs reducidas”.  Hablamos de la visión en túnel, de las luces brillantes, la sensación de haber flotado en paz, experimentación de placer e incluso euforia, y sueños breves muy vívidos que a veces incluían conversaciones con familiares (las cuales permanecían grabadas en la memoria, muy intensamente, durante muchos años).   

Evidentemente, como veis toda esta información empírica respalda el origen biológico (y no espiritual) de las ECM. En cuanto a las razones por las cuales la mente lucha por mantenerse operativa, cuando se enfrenta a situaciones de merma de oxígeno o flujo sanguíneo, dibujando en el proceso un panorama “beatífico” en lugar de terrible, sigue siendo un misterio.

Si llegamos a comprenderlo, tal vez podamos explicar el origen del placer que algunas personas experimentan en situaciones que implican una reducción de oxígeno que les acerca al desvanecimiento.  Pensemos por ejemplo en el mal que “emborracha” a las personas que practican la apnea deportiva, en los alpinistas que se enfrentan a cumbres a gran altitud, en los pilotos de vuelos extremos, o en quienes practican los juegos de asfixia sexual.

Tal vez muy pronto podamos poner a prueba lo que sucede en el cerebro del que está a punto de morir, siempre que este sea el de un ratón de laboratorio, claro. ¡Una lástima que estos no puedan contarnos de forma inteligible lo que sintieron al volver a abrir los ojos!

Me enteré leyendo un artículo de Christof Koch para Scientific American.

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