Campazzo demuestra que la NBA sigue sin entender al resto del mundo

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Facundo Campazzo during the match between FC Barcelona and Real Madrid, corresponding to the week 5 of the Euroleague, played at the Palau Blaugrana, on 23th October 2020, in Barcelona, Spain.  (Photo by Noelia Deniz/Urbanandsport/NurPhoto via Getty Images)
Photo by Noelia Deniz/Urbanandsport/NurPhoto via Getty Images

Pasan los años y la NBA sigue sin saber muy bien qué hacer con el resto del mundo. Es una competición que se fundó por y para los americanos, en el convencimiento de que solo ellos podían jugar en la élite de este deporte y que así se mantuvo durante cuatro décadas, impasible ante los encantos de las estrellas extranjeras, auténticos bárbaros llamando a las puertas. Aunque algún europeo se coló vía universidad -Detlef Schrempf, probablemente, el más exitoso- tuvieron que llegar la URSS y Yugoslavia a finales de los 80 para derribar el muro. Ambas selecciones derrotaban habitualmente y con cierta solvencia a los combinados de estrellas universitarias por una simple razón: eran mejores, sin más.

Así, llegaron los Marciulionis, Petrovic, Divac, Kukoc, Paspalj, Sabonis y compañía... y todos ellos tuvieron que lidiar con los prejuicios: si eras europeo, eras blando, no sabías defender y, como dijo Phil Jackson en su momento para referirse a los Sacramento Kings, “es como si siempre estuvieras jugando fuera de casa”. Lo curioso es que prácticamente todos triunfaron, de una manera u otra. Incluso Zan Tabak se llevó un anillo en los Houston Rockets de suplente de Hakeem Olajuwon. Y conforme fueron apareciendo fenómenos físicos y técnicos como Dirk Nowitzki o Pau Gasol, tipos de siete pies que ponían el balón en el suelo sin problemas, tiraban como los ángeles y veían el baloncesto como si fueran bases... de repente, se disparó la búsqueda del europeo exótico. Andrea Bargnani fue número uno de un draft, Darko Milicic fue número dos, incluso Nikoloz Tskitishvili ocupó puesto de honor en 2002.

Igual que los éxitos habían levantado algunos prejuicios, los fracasos de esa generación sirvieron para ponerlos de nuevo sobre el tapete. Si a eso le sumamos el dominio absoluto de la selección estadounidense de 2008 en adelante, con sus “Redeem Teams”, lo cierto es que la NBA lleva años viviendo en una especie de esquizofrenia, es decir, importando talento formado en Europa -no necesariamente europeo- pero con una mueca de desconfianza cada vez que alguien llega a la liga. Si esta sensación es habitual, lo cierto es que se extrema en el caso de los bases. ¿Cómo va a venir un tipo blanco bajito a demostrarnos cómo se dirige a un equipo teniendo todos los jugones que tenemos por los “playgrounds” de todo el país? Hasta la llegada de Tony Parker, ningún base europeo se había establecido como titular en un equipo NBA. Luego llegarían los Ricky Rubio y compañía, pero siempre con la idea de que “como este, aquí hay 300”.

Y el asunto es que no los hay. Cojamos a Facundo Campazzo como último ejemplo. Ha llegado a los Nuggets un poco por la puerta de atrás y ha bastado un partido de pretemporada para que muchos de los que consideraban imposible que un chico con su altura y su formación tuviera sitio en la liga se hayan dado cuenta de que es un jugador fabuloso. La mayoría de los aficionados españoles le recordarán por sus dos títulos de Euroliga con el Real Madrid o sus años escandalosos en Murcia, pero es que Campazzo es mucho más que eso: es el base titular de la selección subcampeona del mundo. De hecho, si Argentina no se hubiera venido abajo tan escandalosamente en la final, probablemente el “Facu” habría sido nombrado MVP del torneo.

Eso es Campazzo. No se trata de un aprendiz de nada que está ante la gran oportunidad de su vida, trato que, por cierto, también le damos a veces desde España, donde el complejo parece estar interiorizado. Es una estrella del baloncesto mundial que simplemente va al lugar que le corresponde: la mejor liga del mundo. La liga en la que Luka Doncic y Nikola Jokic suman un triple doble tras otro, en la que Goran Dragic dirige a los Heat a las finales y en la que, cuando Lakers y Clippers piensan cómo mejorar sus plantillas cara al siguiente año, inmediatamente piensan en Marc Gasol y Serge Ibaka. Que la historia se repita una vez más, es decir, que de repente descubran que Campazzo es un buen jugador cuando lleva años siendo uno de los dominadores del baloncesto FIBA es sorprendente.

Tan sorprendente, quizá, como cuando en los 80 dábamos por hecho que cualquier americano que viniera a España iba a ser una súperestrella. La diferencia entre Estados Unidos y el resto de países es una obviedad pese a lo sucedido en el pasado Mundial. Ahora bien, no hay que ser paletos. Facundo Campazzo no es Alfredo Landa en Alemania ni Paco Martínez Soria en la gran ciudad. Los americanos que llegan a Europa, muchos de ellos con extenso pasado NBA, a veces acaban siendo estrellas y otras muchas, no. No encajan o simplemente no tienen el nivel diferencial que ellos, sus agentes y los equipos que les fichan dan por hecho, como si fuera tan fácil. Ahora mismo, en la Liga Endesa, solo encontramos a un estadounidense (Melo Trimble) entre los ocho jugadores más valorados. Real Madrid, Barcelona y Baskonia han buscado sus estrellas en otros países y les ha ido bien.

En resumen, ¿quiere esto decir que Campazzo va a triunfar en los Denver Nuggets? Pues no tiene por qué. Tampoco tiene por qué triunfa Lamelo Ball, con sus contratos publicitarios, su número tres del draft y su única experiencia profesional de unos cuantos meses en la liga australiana. Lo que quiere decir es que no sería una sorpresa si lo hiciera y que, desde luego, no tenemos que llevarnos las manos a la cabeza cada vez que dé un pase espectacular o descomponga la defensa contraria con una penetración imposible. Puede hacerlo. Claro que puede hacerlo. Lo lleva haciendo los últimos seis-siete años con regularidad. Tal vez a nosotros nos pase lo mismo y cada vez que vemos un “chico Euroliga” en la NBA nos imaginamos a Rimas Kurtinaitis fallando triples en el concurso del All-Star. Pues no. Esos tiempos han cambiado. Tomemos la globalidad del baloncesto como algo normal. Sin aspavientos ni lupas.

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