Florentino quiso jugar a ser Bernabéu y se lleva el fracaso de su vida

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Florentino Pérez bajando la mirada mientras da un discurso
Florentino Pérez, presidente del Real Madrid. Foto: TF-Images/Getty Images.

En esta vida todos tenemos nuestros referentes. La Humanidad lleva milenios de historia acumulada y hay una cantidad enorme de personas que han hecho grandes cosas en el pasado. Tendemos a fijarnos en ellos para emularlos, o incluso para superarlos, y aspiramos a hacer algo lo suficientemente relevante como para que, de igual manera, en el futuro se acuerden de nosotros y nos tomen de ejemplo.

Florentino Pérez, presidente actual (y, visto lo visto, hasta que le apetezca dejarlo) del Real Madrid, ya tiene un legado enorme que dejar. Fue él quien modernizó el fútbol español y le dio la estructura radicalmente bipartidista que tiene hoy (dejamos para otro momento el debate de si eso es bueno o malo). También inventó una forma nueva de fichar sin reparar en gastos con el concepto de "Galácticos". Y queda para el recuerdo el más que notable incremento del palmarés que ha vivido su club bajo sus órdenes, con, entre otras cosas, cinco Ligas y (por ahora) cinco Champions más.

Pero fichar caro y ganar títulos metiendo dinero lo puede hacer un Berlusconi cualquiera. Pérez lo sabe. Por eso pretende ir más allá. Quiere trascender, que se le recuerde como alguien grande, capaz de cambiar por sí mismo y para siempre el mundo del fútbol. Aspira a quedar en la posteridad al mismo nivel que Santiago Bernabéu. Es más: ambiciona superarlo y aparecer en su lugar en las enciclopedias madridistas cuando alguien, dentro de muchos años, se pregunte quién fue el mandatario más grande de todos los tiempos en el club.

Porque si algo hay que reconocerle a Florentino es que su objetivo en los despachos de Concha Espina no es el beneficio personal. No es un advenedizo del estilo de la familia Gil en busca únicamente del lucro propio a toda costa. Ni entró en el club por mejorar su imagen o por promocionarse, como algunos sospechan que pudo hacer Laporta. Tampoco es su prioridad tener un negocio en el que reinvertir sus ganancias ni jugar al PC Fútbol cual magnate petrolero. Pérez ya es un empresario exitoso que disfruta de una más que notable fortuna gracias a su actividad con la constructora ACS. A sus 74 años, tanto su vida como las de sus tres hijos y el resto de sus familiares están más que resueltas.

Florentino Pérez y Cristiano Ronaldo se abrazan
Florentino Pérez junto a Cristiano Ronaldo durante una entrega de premios. Foto: Javier Soriano / AFP via Getty Images.

Su trayectoria al frente de la Casa Blanca se ha guiado por esa referencia. Don Santiago tenía a Di Stéfano, el futbolista más grande de su época con permiso de Kubala, así que Florentino no trajo, porque eso fue mérito de Ramón Calderón, pero sí mantuvo durante muchos años a Cristiano Ronaldo para luchar contra Messi. Bernabéu reconstruyó el viejo campo de Chamartín, muy estropeado tras la guerra, y lo convirtió en uno de los coliseos futbolísticos más grandes del planeta; Pérez tiene a medias una obra de reforma que aspira a recuperar el liderazgo mundial para el estadio de la Castellana y su entorno.

De nuevo, logros de mérito pero que simplemente se pagan con dinero y que, por mucho que impresionen fuera del entorno madridista, no dejan de ser "de consumo interno" y no afectan a los demás. Faltaba el paralelismo definitivo, la guinda del pastel. Bernabéu, en 1955, fue uno de los impulsores de un campeonato que cambió para siempre el fútbol: la Copa de Europa. La primera competición que, de forma regular, enfrentaba a los mejores del continente.

Ahora Florentino, con el proyecto de la Superliga, pretendía hacer algo igual de revolucionario, si no más. Porque, más allá de consideraciones económicas (que son relevantes pero al aficionado común preocupan poco), en el viejo torneo después derivado en Champions se corría el riesgo de que, por azares del destino, algún año se clasificara algún underdog, algún convidado inesperado sin lustre ni galones que hubiera completado una temporada por encima de sus aspiraciones. El nuevo modelo eliminaba esa posibilidad tan fastidiosa y, al menos sobre el papel, garantizaba que siempre, en todo momento, iba a haber enfrentamientos entre equipos punteros.

Una sociedad exclusiva y elitista donde, ante todo, primara la máxima calidad. La sublimación del fútbol más refinado y de más kilates, el no va más del juego de alto nivel. Como dicen los de Pantomima Full, en su cabeza sonaba espectacular. En la de prácticamente todos los demás, la idea chirriaba. Porque Pérez, en su afán por buscar la excelencia, olvidó, o no quiso recordar, que este deporte tiene una tradición más que centenaria con un componente pasional fundamental, que en algunos casos cruza la barrera del fanatismo irracional. 

Cordón policial frenando a manifestantes vestidos con camisetas del Chelsea que gritan y muestran pancartas
Manifestación en Londres de seguidores del Chelsea en contra de la Superliga. Foto: Charlotte Wilson/Offside/Offside via Getty Images.

Los hinchas, en su inmensa mayoría, no están en el fútbol porque sea un espectáculo más o menos bonito, sino porque se trata de una competición en la que se identifican con uno de los bandos participantes. Hacer que unos cuantos estén ahí por decreto, sin ganárselo previamente, atenta contra este espíritu competitivo y la victoria hipotética deja de tener sentido. Los aficionados ingleses, los más concienciados con este tema, se lo han recordado con protestas masivas que han forzado a todos los clubes británicos involucrados a bajarse antes de empezar. El Inter y el Atlético también se han apartado, arrastrados por la corriente; que lo haga el resto parece cuestión de horas, y posiblemente cuando tú leas este artículo ya haya ocurrido.

La Superliga era el plan propio de Florentino Pérez con el que pretendía ir más allá de ser un mero gestor de un club y convertirse, en sí mismo, en un punto de inflexión en la historia del balompié. Llegó a atreverse a hablar de "salvar el fútbol", tan prepotente como suena. Ahora mismo, lo único que puede hacer es constatar su fracaso más absoluto. Porque en poco más de dos días se ha pasado del "es Dios" con el que Twitter se refería a él, a portadas en la prensa que demuestran rechazo absoluto y que incluso califican lo sucedido de "ridículo".

Otra opción es, tras lamerse las heridas, reflexionar y aprender de los errores de cara a futuras intentonas. Por ejemplo, no parece lo más sensato hacer un anuncio de semejante envergadura simplemente a través de un comunicado online en plena noche. Ni haber encargado previamente un mínimo sondeo de opinión entre las distintas hinchadas afectadas que habría podido predecir la reacción de hostilidad que se iban a encontrar. Tampoco es fácil de comprender que algo de tal magnitud no se presente mediante una conferencia conjunta de los principales dirigentes futbolísticos participantes o cualquier acto público de empaque similar, sino que tan solo el propio Florentino, en solitario, acuda a un programa de televisión que no tiene precisamente la fama de ser el más serio del mundo.

Está por ver si Florentino tiene la humildad suficiente para hacer autocrítica. De momento, su reputación ha quedado muy tocada, más que la de ningún otro presidente o dueño, porque él fue quien tomó la iniciativa y quien la está intentando sostener contra viento y marea, mucho más allá de lo razonable. A estas alturas, esto no hace más que afectar a su imagen y alejar cada vez más su sueño de llegar a ser el nuevo Bernabéu.

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