Por qué ya no se hacen camisetas de fútbol para aficionados al fútbol

Luis Tejo
·8 min de lectura
David Beckham luce la nueva tercera camiseta del Manchester United. Foto: Instagram @davidbeckham.
Beckham luce la nueva tercera camiseta del Manchester United. Foto: Instagram @davidbeckham

“La nueva camiseta del Manchester United es tan fea que han tenido que anunciarla con David Beckham para que la gente la quiera”. Reacciones como esta han inundado las redes sociales después de que el equipo inglés y Adidas presentaran la que va a ser su tercera indumentaria en la temporada que está a punto de empezar (si el coronavirus lo permite). El diseño que encabeza este artículo ha llamado mucho la atención, aparentemente para mal, entre buena parte del público que no entiende por qué los Red Devils van a parecer cebras.

No es, ni mucho menos, un caso aislado. Esta misma temporada muchos otros equipos han presentado conjuntos con aspecto “innovador” o “rompedor”, acaso demasiado para el gusto de buena parte de las aficiones. La tendencia, no obstante, viene de tiempo atrás.

Las marcas aprovechan las segundas y, sobre todo, terceras equipaciones de los clubes para sus innovaciones y experimentos. Recurren para ello a creaciones que tienen poco o nada que ver con la historia o la tradición de los equipos a los que visten y que a menudo dejan a los hinchas un tanto descolocados.

Aunque no dudan, por supuesto, en buscar todo tipo de justificaciones para sus diseños. Hace un par de años, por ejemplo, Nike nos vendió que se inspiró en los mapas de las ciudades en las que estaba sus equipos.

¿Por qué hacen esto? ¿Por qué tanto alarde de creatividad en algo que a priori debería ser tan sencillo como una camiseta de un equipo de fútbol, que en rigor no tiene otra función que la de distinguirse de sus rivales? Es más, ¿por qué existen las terceras (y a veces cuartas) vestimentas cuando, en la práctica, con dos que tengan el contraste suficiente bastaría para disputar sin problemas todos los partidos de la temporada?

La pregunta tiene una respuesta muy fácil pero que no gustará nada a los apasionados más veteranos o con mayor apego por los valores, digamos, antiguos. Ocurre que, como en tantos otros, en el sector de la ropa deportiva el fútbol ha quedado relegado a un segundo plano.

Las camisetas de fútbol se han convertido en un producto de moda más. Sí, es cierto que llevan el escudo del equipo y que las usan los deportistas en algún partido de vez en cuando, pero no es ese el objetivo que tienen en mente los fabricantes cuando las comercializan. La idea es que los compradores no las luzcan solo en la grada o si acaso en el gimnasio, sino que puedan utilizarlas en la calle, en su vida cotidiana. Que sean aptas incluso para ir a un concierto, o salir de fiesta por la noche.

Según este concepto, las prendas se valoran no ya como una representación del equipo correspondiente, sino como una forma de marcar estilo. De ahí que se acuda a las tendencias más actuales, a unas composiciones más agresivas en línea con la llamada “moda urbana”, o se busquen relaciones (más o menos forzadas) con otras manifestaciones artísticas (obsérvese, aquí encima, el “homenaje” del Manchester City a la “cultura musical” de su ciudad). Y que el público objetivo sea mucho más joven de lo que cabría esperar, y no necesariamente seguidor del equipo de turno. Perfectamente puede tratarse, en nuestro mundo globalizado, de una persona de otra ciudad o incluso de otro país a la que simplemente le haya gustado la combinación, sin que le importe lo más mínimo que la pelota entre o no.

En las imágenes puede observarse la prueba más clara de este cambio de mentalidad. Los modelos que posan con las camisetas ya no tienen aspecto de deportistas jugando un partido, o ni siquiera de fans alentando desde las tribunas. Es gente común (o casi: reconocemos que Beckham está a otro nivel) que va así vestida por la calle porque es su forma de verse elegante. Importa la estética; el deporte, el fútbol, es lo de menos, una simple excusa para vestirse.

Otro factor nada desdeñable es el hecho de que el sector se esté volviendo cada vez más unisex. Las mujeres están incorporándose con paso firme al mundo del fútbol, tanto para jugarlo como, sobre todo, en calidad de espectadoras, aficionadas y, por tanto, consumidoras. Es algo que encanta a las marcas, que ven cómo su clientela potencial prácticamente se duplica, pero también les obliga a que los nuevos productos sean aptos para ellas, o al menos no tan orientados al público masculino como antes. Eso puede explicar que en ocasiones se recurra a modelos femeninas para presentar las camisetas y que un color como el rosa (que, por machista que pudiera sonar, es innegable que al menos todavía, en el imaginario colectivo, se asocia a ellas), tradicionalmente muy poco futbolero, esté cada vez más presente.

La subordinación a la moda se ve sobre todo en las indumentarias suplentes, pero la evidencia de que es un nuevo paradigma que viene para quedarse es que también se aprecian acciones claramente rupturistas en las primeras equipaciones. A muchos culés aún no se les ha quitado el susto en el cuerpo de cuando vieron a su Barcelona vestir a cuadros durante toda la temporada pasada. Unos años atrás, allá por 2015, bastantes arquearon una ceja cuando las rayas verticales presentes desde hacía más de un siglo se convirtieron en horizontales. Franjas en zigzag, desalineadas o trazadas a brochazos son innovaciones que los seguidores locales tienen que ver en sus estadios cada dos fines de semana (si se abren) que hace algún tiempo eran inimaginables.

Es más: tenemos ya tan interiorizado que una camiseta de fútbol es mucho más que eso, que incluso los aficionados de equipos que se mantienen razonablemente neutros se ofenden porque se consideran ninguneados. Porque hay que recordar que es tecnológicamente imposible ofrecer un diseño “personalizado” a todos y cada uno de los clubes de élite: las grandes marcas tienen un listado de los que más rentables les resultan, en los que centran la mayoría de sus esfuerzos, y cuentan para los demás con un catálogo básico del que elegir una plantilla, aplicar los colores correspondientes y, si acaso, incorporar alguna modificación puntual. Pero al seguidor de a pie esas consideraciones empresariales no le importan y lo que ve es que su club “mola menos”.

Ya no es fútbol, es moda. Y como es moda, los consumidores están dispuestos a pagar los dinerales que se piden ahora por una camiseta, y que se han multiplicado en los últimos años hasta el punto de que es difícil encontrar algún club de élite, por remoto que sea, que cobre menos de 70 euros por la suya (y no son pocos los que superan holgadamente la barrera de los 100). La locura de los precios se sostiene porque la oferta responde a la demanda: aparte de los que buscan vestir moderno a costa del fútbol, siempre quedan los aficionados fieles dispuestos a comprarse literalmente cualquier trapo del color que sea que lleve el escudo de sus amores.

En cualquier caso, en los últimos años estamos viendo es simplemente la intensificación de algo que viene de bastante atrás. No caigamos en el error de abominar del fútbol moderno y elevar otras épocas a la categoría de mito, salvo que por “otras épocas” nos refiramos a los años ‘60 o más atrás: el primer gran contrato de suministro lo firmó el Leeds United con la marca Admiral allá por 1973, y los años ‘80 y ‘90 no fueron precisamente discretos en cuanto a combinaciones de colores y formas. Ahora simplemente vemos la evolución, más mercantilista aún, de lo que ya empezaba entonces, porque la sociedad actual así lo quiere (y porque las empresas lo fomentan, que toda fuente alternativa de ingresos es bienvenida). Es el mercado, amigos.

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