¿Qué ganó y qué perdió el fútbol en estos 1000 días sin Don Julio?

El reloj había pasado las 13 horas de aquel miércoles 30 de julio. Todavía se masticaba la bronca de las malas definiciones de Higuaín, Messi y Palacio en la final contra Alemania, mientras empezaba la búsqueda del sucesor de Alejandro Sabella, que un día antes le había avisado a Julio Grondona que dejaría su cargo luego de algunas semanas de análisis. Fue tal vez la última comunicación vinculada a su función en el cargo máximo dentro de la Asociación del Fútbol Argentino, donde estuvo a cargo de todo el poder durante tres décadas y media.

Todo futbolero sabe dónde estaba y cómo se enteró del deceso. En las redes sociales, por la radio, viendo televisión, un amigo que llega agitado a contarlo. Un rato después de la confirmación fue Ernesto Cherquis Bialo, vocero de la AFA, quien confirmó la triste/feliz noticia, según quien la procese. Él ya no estaba. Churchill, como le dijo Cherquis. El Kirchner de la FIFA, llegó a decir Marcelo Araujo. Un día después comenzaba su velorio con el interminable desfile de quienes lo quisieron realmente, lo denostaron pero sabían usar la falsedad cuando estaban enfrente, lo respetaron, le respondieron de forma indeclinable. Todos pasaron por el predio de Ezeiza, su predio. Todos dejaron una flor y un beso en el cajón. Todos sabían que el fútbol argentino había cambiado.

La pregunta inicial que titula esta columna podría responderse de forma simple: ¿Qué se ganó? Nada. ¿Qué se perdió? Todo. "Grondona murió limpio", se leía por aquellos días. Desde arriba vio explotar todo: a FIFA, a CONMEBOL y a su AFA. Vio caer a Sepp Blatter, su amigo y al que llevó a Zurich con su muñeca política; vio caer a Eugenio Figueredo en Sudamérica por el mismo escándalo de coimas y sobornos para la cesión de derechos televisivos. Vio una elección en AFA que finalizó 38 a 38 cuando votaban 75 personas. Vio hechos que, con él presente y en vida, jamás habían ocurrido. Porque él era el contrapeso de la alfombra donde todo se escondía. Hasta que murió y la alfombra rebalsó.

Joseph Blatter Julio Grondona 2002

Calle Viamonte al 1366. Sede de la Asociación del Fútbol Argentino. O lo que queda de ella luego de dos años y nueve meses. Por donde pasó Luis Segura, que después de innumerable "hoy podría renunciar", se presentó a elecciones el 3 de diciembre del año siguiente e igualó con Tinelli, en el mamarracho más grande de la historia contemporánea. O el fraude. Las elecciones para "desempatar" nunca se realizaron y, seis meses después, el hombre de Argentinos Juniors renunció.

Hoy parece historia antigua, pero antes de dimitir, Segura vio cómo se perdía a Lionel Messi. Después volvió. O nunca se fue, porque la renuncia del 10 a la Selección tiene una validez prácticamente nula ya que entre esa final perdida ante Chile en la Copa América Centenario y su vuelta a la albiceleste no hubo actividad oficial. Pero oficialmente se perdió al mejor jugador del equipo. Que unos días antes había perdido la paciencia por la desorganización del comité de selecciones nacionales, incapaz de darle comodidad para viajar al jugador que equivale a un PBI. Grondona, que rescató a Leo de las "garras" de la nacionalización para jugar en España, también se llevó la palma de su mano a la frente al ver a quiénes dejó en el poder. Y tal vez, después de tanto tiempo, en donde esté haya llegado la autocrítica de pasar 35 años sin un sucesor digno.

Tal vez la pérdida más grande haya sido la autonomía. Hace algunas semanas, la Asamblea Extraordinaria decidió renovar su vetusto estatuto. ¿Quién lo redactó? FIFA y CONMEBOL. Los mismos que determinaron en julio del año pasado que la institución madre necesitaba de un "Comité de Regularización" que haga las veces de Comité Ejecutivo. Con Armando Pérez y Javier Medín como caras visibles, pero la mano del Gobierno atrás. Porque perdió autonomía en torno a los organismos futbolísticos internacionales, pero también hacia adentro con la política nacional, agazapada por el sueño de Mauricio Macri de instalar las Sociedades Anónimas Deportivas.

En unos días, cuatro para ser precisos, una vez más habrá "elecciones". De mentira, como en su época. Porque el espanto logró unir y Claudio Tapia, hombre del ascenso, se hará cargo de los destinos de AFA, sin oposición. O repartida, con los dirigentes "díscolos", o más modernos, relegados a otras funciones como la Superliga. Una organización que Don Julio, para quien siempre el voto de Boca y River valió lo mismo que el de Sacachispas o Midland, hubiera resistido casi sin leer el anteproyecto. Pero, después de 33 meses, con el "Chiqui al gobierno y Angelici al poder", llegará la ansiada normalización.

El día de su muerte se iba a ganar democracia, se terminaba la tiranía, con él moría el "síjulismo" que imperó en la AFA desde el 6 de abril de 1979, cuando el almirante Carlos Lacoste, integrante de la dictadura genocida que gobernaba por aquellos años el país, ungió al presidente de Independiente y fundador de Arsenal para reemplazar a Alfredo Cantilo. Tal vez estas líneas suenen reivindicativas. Y en parte, como diario del lunes, lo son. Porque desde el día en que su corazón dijo basta, todo se hizo mal. En Suiza, en Paraguay y en Argentina. Por su culpa, claro. Porque formó parte determinante de cada estructura. De las corruptas y de las inútiles. De los que actuaron mal por obra o por omisión. Porque dejó a los criminales sentados junto a los inoperantes en la mesa donde él, desde el sillón, los mantenía ordenados. Y así es difícil encontrar una victoria. 

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