Por qué nos negamos a querer a Garbiñe Muguruza

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DUBAI, UNITED ARAB EMIRATES - MARCH 13: Garbine Muguruza of Spain celebrates with the trophy following victory during the Dubai Duty Free Tennis Women's Final match between Barbora Krejcikova and Garbine Muguruza on Day Seven of the Dubai Duty Free Tennis at Dubai Duty Free Tennis Stadium on March 13, 2021 in Dubai, United Arab Emirates. (Photo by Francois Nel/Getty Images)
Photo by Francois Nel/Getty Images

A veces hay que volver a repasar la trayectoria de Garbiñe Muguruza para intentar entender por qué casi nadie la considera una de las grandes estrellas nacionales de los últimos diez años: campeona en Roland Garros, campeona en Wimbledon, finalista en Australia, número uno del mundo... Su palmarés, o al menos los "picos" de ese palmarés están por encima de los de, por ejemplo, Conchita Martínez, su entrenadora, que nunca consiguió ganar en la tierra francesa y que nunca llegó a lo más alto de la clasificación WTA. En la historia del tenis español, Garbiñe solo está por detrás de Arantxa Sánchez Vicario, es decir, es una de esas figuras que aparecen cada 25 o 30 años.

Sin embargo, Garbiñe no es un ídolo de masas. En un país con tanta tendencia al chauvinismo deportivo, resulta curioso el ninguneo al que se somete a la vasco-venezolana. Ni siquiera sé si "ninguneo" es la palabra adecuada, es más bien una desconfianza constante, un deseo de que pierda para poder soltar tranquilos "lo veis, ya os lo decía yo". Muguruza ha tenido la mala suerte de tener talento en un país donde el talento siempre está bajo sospecha si no se acompaña de una entrega desmedida, a lo Rafa Nadal. Si alguien juega de maravilla a lo suyo pero no es regular, no sufre, no consigue una ventaja mental sobre su oponente, pasa inmediatamente a esa larga lista de sospechosos, solo para salir, brevemente, si gana algo y hay que apuntarse el tanto.

A nadie le gustan los campeones frágiles y Muguruza es toda fragilidad. Su cabeza está en el tenis y a veces no está y, así, puede pasar de competir por finales a no pasar de primeras rondas y de coquetear con el top 5 de la clasificación mundial a salirse de las veinte primeras. Sus peleas públicas con su antiguo entrenador, Sam Sumyk, mostraban una relación tóxica y una inmensa rabia interior luchando por salir en cada momento. A menudo, Garbiñe parece no querer estar ahí, no querer dedicarse al tenis, no estar constantemente bajo el escrutinio público. Ser quien es y que la aceptemos así, como si fuera tan fácil. No, a Garbiñe se la pide siempre que sea otra cosa, otra persona, otra deportista. Serena Williams, por ejemplo. O la propia Arantxa, claro. Se la pide que venza y sobre todo que convenza como si eso dependiera de ella. Se celebran sus derrotas como ejemplos de inconsistencia que merecieran un castigo.

Hay algo cruel en torno a Muguruza. De entrada, el hecho mismo de que su cabeza no haya estado a la altura de su talento. ¡Pero es que su talento, insisto, es inmenso! Se habla de las lagunas de Garbiñe como si no formaran parte de esa propia fragilidad, de ese sentirse incómoda en el mundo. La fortaleza mental no es algo que se decide. Uno no se levanta por la mañana y dice "voy a ser Rafa Nadal, voy a devolver cada pelota como Carla Suárez", igual que no se puede tener el revés de Stan Wawrinka o el saque de John Isner solo con proponérselo. Entender que ese es el paquete completo y quererlo como tal es nuestro reto como aficionados. Querer esa derecha maravillosa y esa elegancia sobre la pista... y a la vez admitir que nuestra estrella es imperfecta. Que lo intenta, vaya si lo intenta (a los 27 años, esta es su décima temporada como profesional) pero que llega hasta donde puede.

No es fácil porque el seguidor medio no lo ve así. Ve a alguien poco comprometido, ve a alguien que le puede decepcionar en el momento clave e instintivamente huye. También hay que entender al aficionado, claro, pero, ¿qué más puede hacer Garbiñe para que la queramos? Quizá su gran problema haya sido haberlo conseguido todo a los 24: ya doble campeona del Grand Slam, ya número uno por entonces. Quizá su gran problema haya sido coincidir en el tiempo con Rafa Nadal y su inmensa sombra. Incluso en momentos duros para el tenis femenino, a Garbiñe parece que solo se la valora en la victoria absoluta, en el todo frente a la nada. Tras ganar este fin de semana en Dubai, muchos se han apresurado a titular "es la tenista más en forma del circuito", como si solo así se justificara el elogio.

Y tal vez sea verdad como bien puede no serlo. Al fin y al cabo, perdió contra Naomi Osaka el partido que le podría haber llevado a su primer Open de Australia. En cualquier caso, no debería ser necesario aspirar a tanto para reconocer lo obvio: Garbiñe se hunde a menudo, sí, ¡pero qué tenacidad a la hora de levantarse! El año pasado, cuando ya todos la daban por acabada, fue finalista en Melbourne. Este año, tras la pesadilla Covid, lleva ya tres finales WTA y estamos aún en marzo. Que Muguruza no cae bien es obvio, pero habrá qué preguntarse por qué. Haber nacido en Venezuela debería de ser anecdótico, al fin y al cabo hablamos de un país que se abrazó sin reservas a Johan Muehlegg en su momento...

El quid de toda esta cuestión está en la desconfianza mutua. Cuando te quieren y te sientes querido, todo va sobre ruedas. Cuando notas reservas, suspicacias, envidias... tú misma te pones a la defensiva. Garbiñe ha vivido a la defensiva durante mucho tiempo y así no hay manera de salir del círculo vicioso. Vamos a intentar a partir de ahora algo más sencillo y más sano: vamos a quererla como es, como una gran campeona que no es Rafa Nadal ni tiene por qué serlo... y ella a cambio va a quitarse el peso de las expectativas de encima y disfrutar de verdad de lo que hace sin sentir que en cada partido se juega el cariño de un país. Estaría bien. Si seremos capaces o no, ya es otra historia.

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