El regreso inesperado de Garri Kaspárov, el mejor jugador de ajedrez de todos los tiempos

Garri Kaspárov gesticulando sentado en un sillón durante una conferencia.
Garri Kaspárov participando en una conferencia. Foto: Ryan Kelly/AFP via Getty Images.

No es ninguna exageración. Con los datos en la mano, Garri Kaspárov es, sin lugar a dudas, el mejor ajedrecista de la historia, al menos desde que tal juego (al que muchos todavía dudan si se debe calificar como deporte o no) tiene estatus de competición de élite con federación internacional (la FIDE, por sus siglas en francés) y normativa regulada. Más allá de filias y fobias de cada uno y de consideraciones estilísticas subjetivas, un dato lo deja claro: con 255 meses como número 1 del mundo, el ruso casi duplica a su inmediato perseguidor en la lista, el noruego Magnus Carlsen.

Para desgracia de sus admiradores, Kaspárov se aburrió de jugar y se retiró del circuito profesional muy pronto: lo dejó en 2005, cuando apenas tenía 42 años, alegando falta de objetivos personales (ya no le quedaba nada por ganar) y la frustración por los problemas burocráticos que habían hecho que el mundo del tablero se dividiera en dos ramas, cada una con su propio campeonato. Desde entonces se ha dedicado a la política, tarea nada fácil en la Rusia de Putin, y a la escritura de numerosos libros. Junto a los tableros solo se le veía muy de vez en cuando, de forma testimonial, en exhibiciones.

Pero pronto la situación va a cambiar. Según cuenta The Guardian, la estrella legendaria ha accedido a participar en la tercera etapa del Grand Chess Tour, un circuito oficial que incluye varios formatos y categorías y que se celebra en varias sedes alrededor del mundo. Concretamente Garri estará en la prueba de Zagreb, la capital de Croacia, los días 10 y 11 de julio, compitiendo en la modalidad de partidas relámpago de un máximo de cinco minutos.

Le tocará jugar 18 veces y su principal rival será su compatriota Yan Nepómniaschi, actual número 4 del mundo y uno de los principales aspirantes a asaltar el trono de Carlsen. Quizás a algunos pueda saber a poco un regreso tan fugaz, pero quién sabe: puede abrir la puerta a un retorno definitivo al circuito de élite. A sus 58 años, es sensiblemente mayor que la mayoría de sus oponentes (algunos, como el rumano Deac, son hasta cuatro décadas más jóvenes), pero en el panorama de la élite se mantiene gente de su quinta como Krámnik o Anand haciendo papeles dignos, así que con su talento y el entrenamiento mental adecuado no desentonaría.

Kaspárov mirando el tablero durante una partida de ajedrez
Kaspárov mirando el tablero durante una partida en 2017. Foto: Bill Greenblatt/AFP via Getty Images.

Al mundo del ajedrez, habitualmente alejado del primer plano mediático y necesitado de grandes nombres que atraigan la atención, no le vendría nada mal su vuelta. Porque, incluso por encima de su condición de genio de los alfiles y los peones, en su época gloriosa Kaspárov se convirtió en todo un referente cultural que trascendía las piezas y las casillas blanquinegras. Casi podría decirse que fue más un icono pop que un competidor de élite. 

Influyen en este sentido los tiempos que le tocó vivir. Nacido en 1963 en Bakú, en lo que hoy es Azerbaiyán, en el seno de una familia de ancestros judíos y armenios, tras la muerte de su padre durante su infancia sustituyó su apellido original judío (Weinstein) por una versión rusificada del patronímico materno para evitar ser víctima de las tensiones antisemitas que todavía sacudían la Unión Soviética. Cuando se detectó su talento para el juego y fue escalando hasta llegar a la élite mundial, el régimen comunista de los '80, en plena decadencia, intentó aprovechar su imagen de estrella jovencísima con fines propagandísticos.

El veinteañero, miembro del Partido (como todo el que pretendiera prosperar en aquellos tiempos) y procedente de un entorno multirracial, simbolizaba muy bien el pretendido aire de modernidad que el Kremlin quería transmitir. Venía muy bien incluso que protagonizara encontronazos con estrellas ya consolidadas, aunque también fueran soviéticas. Para el recuerdo queda la batalla por el campeonato del mundo de 1984 contra Anatoli Kárpov, el campeón vigente, que tras una ronda interminable de partidas acabadas casi siempre en tablas sin que ninguno llegara al mínimo requerido de seis victorias, se acabó suspendiendo por imposición unilateral de la Federación. Un año después Garry pudo tomarse la revancha y quedarse con el título, que no abandonaría hasta quince años más tarde.

Karpov y Kasparov sentados en una mesa con un tablero de ajedrez y banderas de la Unión Soviética.
Kaspárov (derecha) jugando contra Karpov en el Campeonato del Mundo de 1984 en Moscú. Foto: Valery Zufarov y Anatoly Morkovkin\TASS via Getty Images.

Kasparov en aquellos tiempos transmitía una imagen rompedora, innovadora, contraria a los estereotipos caducos de la rigidez burocrática socialista. En pleno final de la guerra fría, en el Este se le admiraba, ya que ganaba bajo la bandera roja de la hoz y el martillo, pero el oeste también le veía con fascinación por el cambio de paradigma que representaba. Era comunista, sí, pero un comunista distinto, que no peleaba contra el capitalismo sino contra las estructuras anquilosadas del pasado de su propio país.

Casualidad o no, el colapso del régimen soviético coincidió con el desencanto de Kaspárov con la ideología izquierdista; a partir de 1990 se implicó en la creación de partidos políticos de corte más derechista, y ya con la unión desintegrada, apoyó al presidente Boris Yeltsin en la Rusia independiente. Entretanto, él seguía jugando... aunque sin rehuir las polémicas. En 1993, por ejemplo, lideró la revolución que llevó a crear la PCA, una asociación paralela independiente de la FIDE oficial que se separó, sobre el papel, por discrepancias (sobre todo de tipo económico) en la organización del Campeonato de aquel año, aunque también influyó el rencor que le guardaba al presidente, el filipino Florencio Campomanes, desde los sucesos de 1984.

La aventura salió regular. Mientras la PCA conservó a la empresa Intel como su patrocinador principal, los torneos atraían jugadores importantes como Nigel Short o Viswanathan Anand. Pero cuando el fabricante de componentes informáticos se apartó (debido, en parte, al anuncio de Kasparov de que aceptaba jugar una partida contra el superordenador Deep Blue... que había creado la rival IBM), el presupuesto se vino abajo, y con él la capacidad de atraer a jugadores importantes. En el año 2000 intentó negociar la celebración de un nuevo campeonato, pero los dos candidatos preferidos, Anand y el hispano-letón Alexéi Shirov, rechazaron por no llegar a un acuerdo económico, así que tuvo que enfrentarse al cuarto en discordia, un joven ruso de entonces solo 25 años llamado Vladímir Kramnik... que le acabó derrotando.

Garri Kaspárov alza las manos durante una manifestación
Kaspárov (centro, manos alzadas) en 2007 en una manifestación contra Putin, justo antes de ser detenido. Foto: Yonatan Pomrenze/NBCU Photo Bank/NBCUniversal via Getty Images.

A falta de campeonatos del mundo, Kaspárov siguió entrando en torneos prestigiosos, como el de Linares, en los que habitualmente conseguía grandes victorias. Pero, viendo que la PCA había fracasado definitivamente y harto de no conseguir llegar a acuerdos para reunificar ambas coronas, en marzo de 2005 dijo adiós. Su anhelo de unidad lo logró Krámnik un año después al vencer al campeón vigente de la FIDE, el búlgaro Veselín Topálov.

Tras dejar la alta competición, Kaspárov se convirtió en un líder político, pero esta vez de la oposición. Se ha mostrado radicalmente contrario al gobierno de Vladímir Putin, llegando a liderar organizaciones disidentes y a participar en manifestaciones en las que incluso la policía le ha detenido (y hasta agredido) en varias ocasiones. En 2013 la presión se hizo tan insostenible que optó por abandonar definitivamente el país, dividiendo su residencia entre Nueva York y Croacia, cuya nacionalidad ha adoptado.

Hoy se dedica a mantener su activismo político: sigue siendo una de las voces más conocidas y populares que se atreven a alzar la voz abiertamente contra las autoridades rusas. Durante un tiempo dirigió la Human Rights Foundation, una organización que proclama entre sus objetivos la lucha contra las tiranías en todo el mundo. Y mientras, se piensa si le merece la pena o no volver a competir.

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