La agonía del George Floyd de España fue más larga pero nadie protestará por ella

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Lo que tienen las marionetas es que no saben que lo son. Ellas creen que gesticulan, hacen ruiditos y se pasean histriónicamente por el escenario porque así lo han decidido ellas por su cuenta y riesgo. En realidad no es así, como bien saben los espectadores, pero a nadie le gusta asumir que tiene una mano metida por el culo que toma las decisiones por ella.

Y ahora mismo la tenemos nosotros.

. (Photo by Ira L. Black/Corbis via Getty Images)
. (Photo by Ira L. Black/Corbis via Getty Images)
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Nuestra mano en el trasero se llama complejo. Vivimos acomplejados porque lo de Estados Unidos siempre es mejor. Incluso sus dramas siempre son mejores que los nuestros. Asumimos sus iconos, sus estrellas y sus muertos como nuestros. Seguimos el minuto a minuto de sus tornados, de sus elecciones, de las follamigas de sus actores o de los pavos de acción de gracias. Nosotros tenemos más y mejores villanos, pero nos disfrazamos de los suyos. Conocemos su historia y geografía mejor incluso que la nuestra. Decimos que algo ha ocurrido en Kentucky, Texas o Palo Alto como si fuera Cuenca; y, en cambio, siempre será Marsella –Francia-, Liverpool –Inglaterra- o Hamburgo –Alemania-.  

Nos hemos convertido en su ejército cultural. ¿Para qué ir a Vietnam?

George Floyd es el último mártir americano convertido en icono global. De repente, su muerte es la nuestra, su agonía es nuestra espada y su recuerdo nos espolea a las calles, en una ola histórica de protestas mundiales llenas de incidentes.

(Photo by Tayfun Coskun/Anadolu Agency via Getty Images)
(Photo by Tayfun Coskun/Anadolu Agency via Getty Images)

Floyd se ha convertido en un santo súbito. Conocemos cada detalle de sus ocho minutos y 46 segundos de agonía. Hemos hincado la rodilla por él, derribado estatuas, asaltado edificios oficiales. Nos hemos teñido de negro en las redes sociales. Hemos estampado sus últimas palabras en nuestra ropa.

(Photo by Andrew Lichtenstein/Corbis via Getty Images)
(Photo by Andrew Lichtenstein/Corbis via Getty Images)

Floyd es el héroe involuntario que el mundo necesitaba tras la agonía del coronavirus. Su asesinato ha conseguido visibilizar el gravísimo problema de racismo estructural de Estados Unidos.

Pero los héroes son siempre americanos.

Y si la agonía de Floyd duró ocho minutos y 46 segundos, la de Illias Tahiri fue mucho más larga, algo más de 13 minutos, también inmovilizado, también por asfixia, también grabada en video, pero nadie le hace caso, el mundo no se ha alzado en protesta. Ni siquiera nosotros lo hemos hecho, a pesar de que es nuestro muerto. Nuestro asesinado.

Iliass Tahiri (18 años) pasó su agonía esposado boca abajo en una cama, atado de pies, manos y abdomen, con 5 guardias de seguridad y un responsable del centro de menores inmovilizándolo y presionando partes de su cuerpo -”una zona próxima a la cabeza”- hasta que fallece por asfixia.

La agonía se alargó durante 13 minutos.
La agonía se alargó durante 13 minutos.

El vídeo, registrado por las cámaras de seguridad del centro de menores de Tierras de Oria, en Almería, lo acaba de publicar en exclusiva El País. Ocurrió el 1 de julio del año pasado, pero la jueza que lo investigó archivó el caso como “muerte violenta accidental”.

Illias nunca será nuestro héroe. Ni icono de nadie. Nunca tendrá un funeral multitudinario ni se derribarán estatuas por él. Nunca será George Floyd, aunque lo merezca quizá más .


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