La liga española no se puede permitir un bochorno arbitral diario

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VIGO, SPAIN - AUGUST 15: Match Referee, Jose Luis Munuera Montero shows a red card to Hugo Mallo of Celta de Vigo during the LaLiga Santander match between RC Celta de Vigo and Club Atletico de Madrid at Abanca-Balaídos on August 15, 2021 in Vigo, Spain. (Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images)
Photo by Juan Manuel Serrano Arce/Getty Images

La liga española empezó con una plancha de Hugo Guillamón a los tres minutos del Valencia-Getafe que le valió la roja directa tras consultar Gil Manzano con el VAR. Hasta aquí, todo bien. El resto del partido, el primero tras tres meses, la presentación en sociedad de una competición venida a menos tras la marcha de Messi, los públicos problemas financieros de la mayoría de equipos y la ausencia de fichajes de un mínimo relumbrón, fue un desastre. El Valencia se adelantó con un penalti que no era bajo ningún concepto. Tanto protestar por lo de Sterling en la Eurocopa y aquí ya tenemos lío a las primeras de cambio. Por si eso fuera poco, Cabaco, defensa del Getafe, acabó expulsado por segunda amarilla tras un choque con Maxi Gómez en el que pareció que era el valencianista el que le clavaba los tacos.

Una actuación así por jornada ya arruina a cualquiera, pero la cosa no quedó ahí. Para esperpento, de verdad, el de Munuera Montero en Balaídos. Hay un momento en cada partido en el que el árbitro se juega su autoridad. No viene en ningún reglamento pero se puede sentir: los jugadores saben lo que el colegiado está haciendo y, les guste o no, tienen que aceptarlo. Eso pasa mucho con Mateu Lahoz, por ejemplo, que no es un árbitro especialmente brillante, pero tiene personalidad suficiente para defender cada decisión. Munuera Montero, no. O no, por lo menos, el domingo en el Celta-Atlético de Madrid.

Ese punto de inflexión llegó antes de las manos de Marcos Llorente que supusieron el penalti a favor del Celta. Los dos equipos empezaron el partido con una presión intensa, un juego rápido y muy físico. Munuera a veces paraba y a veces, no. A veces, sacaba tarjeta y a veces, se la guardaba. Eso crea una sensación de descontrol en el jugador, que ve que el que imparte justicia no tiene clara la vara de medir y la va modificando. Cuando consigues descontrolar a los veintidós jugadores, es que tu actuación no hay por dónde cogerla.

El partido acabó con tres rojas y otras nueve amarillas y la sensación de que, si dura diez minutos más, tiene que entrar la policía. Aquello parecía el aeropuerto de Kabul con el árbitro buscando un vuelo para salir de ahí cuanto antes. En cualquier caso, para las tertulias quedará el penalti señalado que, por una vez, ha generado una cierta unanimidad: da igual que sea contra el Atleti o contra el Celta o contra quien sea, lo que no puede ser es que se establezca un criterio, se aplique en determinados partidos y en otros, no. Llorente golpeó con el brazo un balón que venía rebotado de la tripa y la pierna después de que Aspas lo golpeara a menos de medio metro de distancia. Es la definición de lo que nunca puede ser penalti.

Hugo Mallo of Celta de Vigo with Mario Hermoso of Atletico de Madrid during the La Liga Santander match between Celta de Vigo and Atletico de Madrid at Abanca-Balaidos stadium in Sevilla, Spain. (Photo by DAX Images/NurPhoto via Getty Images)
Munuera Montero perdió el control del partido. Foto: DAX Images/NurPhoto via Getty Images.

El asunto no es que Munuera Montero lo pitara, es que lo pitó después de verlo en televisión. ¿Cuántas veces hemos oído como excusa eso de "claro, es muy fácil arbitrar desde el sofá de tu casa?". Pues a Munuera solo le faltaron la Coca Cola y las palomitas. Y, después de ver la jugada repetida varias veces, de observar el remate a bocajarro de Aspas, el rebote del balón en el cuerpo de Llorente y, solo después, el golpeo en la mano, decidió que sí, que eso era penalti... frente a lo que la propia Federación había filtrado a los medios de comunicación a lo largo de la semana anterior y lo que el árbitro del Alavés-Real Madrid había perdonado a Lucas Vázquez el mismo sábado, con buen criterio.

Ahora bien, esto son jugadas puntuales. Discutir sobre jugadas puntuales es agotador y siempre hay quien se siente ofendido. El problema es el todo. El problema es cuando esto ya no es puntual sino que es constante. El VAR falló en la Eurocopa en la jugada de Sterling o, más bien, falló un árbitro con muchas ganas de ver penalti esa jugada. Hasta entonces, su comportamiento había sido modélico: solo se entra para rearbitrar jugadas muy claras y solo se cambia la decisión si la repetición muestra un error clamoroso. En España, es lo contrario: se para por cualquier cosa, y la inseguridad es tal, que casi siempre la repetición equivale a cambio de criterio.

En un país en el que gustan mucho las polémicas, deberíamos cuidar que los árbitros tuvieran los conceptos claros y una personalidad que se pueda sostener sin necesidad de acribillar a tarjetas al primero que proteste. Más que nada porque cuanta más personalidad, menos protestas, esto es así en cualquier deporte. Los jugadores se sienten perdidos ante determinados arbitrajes y junto a los jugadores, los aficionados, que no saben qué esperar de cada jugada mínimamente dudosa. En medio, quedan los comentaristas, en muchas ocasiones perplejos ante lo que acaban de ver: ellos sí que se estudian el reglamento y sus aplicaciones... y la realidad de repente va por otro lado.

No es posible tomarse en serio una liga con estos bochornos constantes. No sirve de nada que haya periodistas defendiendo constantemente cada decisión. Tenemos una tecnología muy útil que está siendo utilizada de la forma más perversa posible y eso merece un castigo. De lo contrario, la tecnología desaparecerá y volverán los goles en fuera de juego por dos metros. En vez de ir contra el VAR, vayamos contra quien lo maneja y lo interpreta. Y exijámosle con firmeza. La liga está en medio de una enorme crisis de credibilidad, no puede permitirse más incertidumbre gratuita.

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