El homenaje a las bibliotecarias de la Segunda República de María Zaragoza

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La escritora María Zaragoza. (Photo: Asís G. Ayerbe)
La escritora María Zaragoza. (Photo: Asís G. Ayerbe)

La escritora María Zaragoza. (Photo: Asís G. Ayerbe)

María Zaragoza (Campo de Criptana, 1982) todavía está “intentado superar” haber ganado el Premio Azorín de Novela 2022 conLa biblioteca de fuego. La escritora narra en este libro la historia de dos amigas que forman parte de una sociedad secreta para salvaguardar los libros prohibidos en el Madrid de los años 30.

La autora cuenta en una entrevista con El HuffPost que siempre había querido escribir “una novela de aventuras” y en esta obra ha podido cumplir su ilusión mezclando esta temática con la labor de las personas que lucharon para salvar el patrimonio artístico y bibliográfico durante la Guerra Civil. “Creo que la chispa definitiva fue descubrir que en el 39 hicieron una quema de libros en la Universidad Central, en el antiguo Caserón de San Bernardo para purgar, purificar y demás. De repente yo me encuentro la noticia original de ABC, que es muy escalofriante, que registra que eso fue así y en la fotografía ya se intuía terrorífica”, cuenta Zaragoza.

“Así fue como empecé a tirar del hilo y ahí descubrí a los bibliotecarios que habían participado del salvamento artístico y bibliográfico español durante la Guerra Civil. Entonces lo que hice fue fusionar las dos ideas, realmente están muy mezcladas, de la biblioteca invisible que es la sociedad secreta y con lo que se hace de forma oficial por parte de la Segunda República”, revela la escritora sobre cómo se gestó la novela.

Con su libro, Zaragoza no busca erigirse como la reivindicadora de estas personas que se jugaron la vida en la Guerra Civil pero sí quiere “que la gente sienta curiosidad”. “Creo que hay mucho desconocimiento y de hecho hay poquita información en comparación con otras cosas que a lo mejor te pones a investigar y hay miles y miles de cosas. Hay gente que tuvo unos destinos absolutamente terribles y se les ha echado tierra encima, nadie se acuerda de ellos”, relata la autora.

En la novela aparecen varios personajes reales que tuvieron un papel fundamental en ese período de la Historia. Uno de ellos, el de Blanca Chacel, una archivera que formó parte de la Junta de Protección del Tesoro Artístico constituida en 1936 por la República para proteger el patrimonio. “La descubrí en el catálogo de la exposición del Museo del Prado que hablaba de las cajas. Es verdad que sobre el tema de las cajas del Prado había más información porque en un momento determinado tuvo más repercusión, entonces el de ella fue uno de los primeros personajes que encontré”, relata Zaragoza.

Portada de 'La biblioteca de fuego'. (Photo: PLANETA)
Portada de 'La biblioteca de fuego'. (Photo: PLANETA)

Portada de 'La biblioteca de fuego'. (Photo: PLANETA)

“Ella aparece como archivera, ella fue la que llevó todo el archivo de lo que había en las cajas, tanto artístico como bibliográfico. Y también fue la que salvó el archivo, ella consiguió que el archivo llegara cargando con las maletas a pata. Cruzó la frontera con una amiga, cada una llevaba una maleta de 30 kilos de fichas, para poder llegar hasta Perpiñán y luego coger el tren a Ginebra”, cuenta sobre el arriesgado periplo de Blanca Chacel.

Durante el proceso de creación de la novela, que ha durado cinco años, Zaragoza ha contado con el testimonio de la hija de Chacel, que se alegra de que su madre aparezca en el libro. “Está muy contenta porque entiende que con toda esta gente no se ha hecho justicia. Su madre se negó a firmar el papel en el que franco decía que si tu renunciabas a los trabajos que habías hecho por la República y decías que lo habías hecho obligado pues te dejaban volver a España, y ella dijo que naranjas, que no había llegado hasta allí para luego renegar”, relata la escritora.

Además de Chacel, que trabajó como profesora y traductora durante su exilio en México, Zaragoza también ha descubierto la figura de Teresa Andrés, “una bibliotecaria brillante”, en el proceso de escribir su novela. “Ella llevaba el tema de las bibliotecas populares, hizo llegar las bibliotecas y la prensa al frente. Ella tuvo que irse exiliada a Francia y allí le pilló la Segunda Guerra Mundial y la ocupación nazi. Estuvo en la resistencia y tuvo que mandar a su hijo a España porque era muy peligroso. Poco después de que acabara la guerra se murió de cáncer, pero yo creo de verdad que se murió de pena. Esta señora decía, ‘Nos han borrado’, y es muy escalofriante saber que su hijo por ejemplo, no tenía ni idea de que su madre había hecho todo esto. Una investigadora que fue siguiendo los pasos de Teresa Andrés para intentar recuperar su figura fue la que se lo contó”, revela la escritora, que espera que con su libro haya más personas que descubran la historia de estas mujeres.

Una reivindicación de los bibliotecarios y las bibliotecas

“La labor de los que hacemos cultura es, aunque no siempre, la obligación de asomar una patita y enseñar algo que no esté muy visto. Yo no me quiero erigir de reivindicadora de nada, porque no me gusta dar lecciones. Pero de verdad sí creo que es importante transmitir la necesidad de hacerse preguntas a la gente, desde la cultura y desde la educación. Es importante que la gente sienta curiosidad”, cuenta la autora sobre los temas de los que trata el libro.

A lo largo de la charla, Zaragoza destaca la figura del bibliotecario y su relevante papel en la sociedad: “En sí mismo los bibliotecarios me parecen algo a reivindicar. Me parece que todos los que no hemos tenido dinero para comprarnos todos los libros que queríamos leer sabemos lo importante que es la labor de un bibliotecario que no solo te da acceso a leer esos libros sino que además te prescribe a veces, cuando ya te conoce”.

Volviendo a la Segunda República, la autora descubrió con la investigación que los bibliotecarios de entonces eran agentes fundamentales de la vida cultural del país. “Esa labor ya no era de celadores de libros, sino de prescriptores, de gente que intentaba mover la cultura para que se abriera a la gente, al público en general, esto empieza con la Segunda República. Y estos mismos que empezaron a modernizar las bibliotecas y a intentar que fueran accesibles para todo el mundo fueron los que luego las salvaron. Entonces esto me parece interesante que se sepa y que por lo menos se abra una ventanita”, reflexiona.

Zaragoza, que guarda un cariño especial a la biblioteca de su pueblo, Campo de Criptana, que fue su segunda casa, pide cuidar las bibliotecas y reforzarlas. “Ahora mismo prácticamente no tiene recursos ninguna biblioteca de ningún sitio. Hay que aumentar los recursos para las bibliotecas porque es dónde se forma la gente que no tiene recursos”, defiende la escritora. “Y los bibliotecarios, absolutamente todos, tienen ganas de hacer cosas. Si no es de investigar ellos, de mover programación cultural, de hacer actividades. Los bibliotecarios actuales recogen ese sentimiento de modernización de la Segunda República, de decir, ‘Esto tiene que ser algo para la gente’. Y es lo que hay que cuidar y hay que darles medios”, añade.

Este artículo apareció originalmente en El HuffPost y ha sido actualizado.

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