El fenómeno de los hongos que se comen la radiación del reactor de Chernóbil

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Microfotografía mostrando ejemplares del hongo <i>Cryptococcus neoformans</i>. (Crédito imagen: Wikipedia).
Microfotografía mostrando ejemplares del hongo Cryptococcus neoformans. (Crédito imagen: Wikipedia).

Cada vez que la naturaleza me sorprende con un logro que creíamos imposible yo me acuerdo de Cadaqués. Esta asociación de ideas tan extraña (o “surrealista”) se la debo al poeta francés Paul Éluard, amigo y rival de Dalí por el amor de Gala, quien acuñó el siglo pasado una de mis frases favoritas: “hay otros mundos, pero están en este”.

Ayer mismo volví a acordarme del bellísimo Cadaqués tras la lectura de un breve e interesante artículoen el que descubrí algo tan Éluardiano como la existencia de seres vivos en un lugar tan mortífero que los humanos no podemos ni acercarnos.

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¿Cómo sabemos entonces que están allí? Bien, gracias a la ayuda de robots dirigidos por control remoto y equipados con cámaras. Así fue como un equipo de investigadores descubrió en 1991 la existencia de ciertos hongos que prosperan en las paredes del reactor número 4 de Chernóbil, los cuales aparentemente se alimentan del grafito radioactivo presente en el mismísimo núcleo fundido.

Ya a comienzos de este siglo, un equipo de investigadores dirigido por la profesora Ekaterina Dadachova (actualmente en la Universidad Saskatchewan, Canadá) se las ingenió para adquirir algunos de esos hongos.  Estudiando a tres especies concretas: Cladosporium sphaerospermum, Cryptococcus neoformans y Wangiella dermatitidis, descubrieron que eran capaces de crecer más rápido que otros hongos en presencia de radiación.

Una de las características que compartían estas tres especies era que mostraban grandes cantidades de melanina, que es justamente el pigmento que da color a la piel de los humanos. Las personas con la piel muy oscura, tienen mucha más melanina en la piel que los de tez pálida, lo cual se explica porque esta sustancia absorbe la luz y disipa la radiación ultravioleta. Esa es la razón por la que un nativo del ecuador es, por lo general, más moreno que un habitante de las cercanías de los círculos polares.

Bien, pues los hongos parecen emplear la melanina de un modo diferente. Si las tres especies citadas son ricas en este pigmento es porque parece ayudarles a absorber radiación, la cual convierten en la energía química que necesitan para crecer. En el fondo es un truco que recuerda al de las plantas con la clorofila, cuyo color verde les ayuda a obtener energía a través de la fotosíntesis.

Para aprender más sobre este “envidiado” don de los hongos en el manejo de la radiación (un truco que nos vendría genial si pudiéramos aplicarlo a la protección de los astronautas que emprendan viajes espaciales enfrentándose a la radiación del espacio) un equipo del JPL de la NASA envió en 2016 a la ISS un pack de 8 especies de hongos recogidas en las cercanías del reactor fundido de Chernóbil.

Observando su comportamiento en un entorno entre 40 y 80 veces más radioactivo que la Tierra, los investigadores aún no han publicado sus conclusiones, pero confían en descubrir qué clase de molécula emplean estos hongos para proteger su ADN de las altas dosis de radiación.

¿Existirán ahí afuera otros mundos radioactivos en los que prosperan criaturas que contienen melanina? Podría parecer ciencia ficción, pero el ejemplo de Chernóbil parece darle la razón a la famosa cita de Paul Éluard.

Me enteré leyendo RealClear Science

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