Hugo Sánchez, la leyenda del futbol que ya nadie se toma en serio

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Hugo Sánchez durante el Mundial de México en 1986.  (Foto: David Leah/Allsport/Getty Images)
Hugo Sánchez durante el Mundial de México en 1986. (Foto: David Leah/Allsport/Getty Images)

Las palabras de Hugo Sánchez siempre tienen eco. Las últimas viajaron desde el pasado cuatro años y activaron debates de monitor. “Si yo hubiera jugado para otra selección, y no para México, habría ganado la Copa del Mundo”, dijo el Penta en un programa de ESPN en 2017.

Quizá la magia de tan aventurada afirmación radica en su poder atemporal: lo dijo hace cuatro años, pero pudo haberlo dicho hace cuatro días. Las participaciones de Hugo en mesas de análisis se han convertido en un soliloquio tan divertido como deprimente. Con el Macho en pantalla, la autoadulación pocas veces conoció embajadores tan perfectos. Es su estilo de vida; su don, su maldición, como diría el Peter Parker de Tobey Maguire.

El legado de Hugol como futbolista es indiscutible. 313 goles en Europa y cinco Pichichis en el futbol español podrían bastar para sintetizar la carrera de uno de los mejores delanteros de la historia. El éxito, obviedades de la historia, no llegó por casualidad. Sánchez nunca fue un futbolista agachón: tenía un orgullo a prueba de racismo y un amor propio que no conocía de excusas.

La mentalidad pusilánime con la que siempre se ha vinculado al futbol mexicano encontró a un opositor intransigente en Hugo Sánchez. Él lo entendió todo muy rápido. Hugo no quería que el éxito fuera una meta, sino una rutina. En el futbol hasta el más limitado de los jugadores reclama para sí reverencias incondicionales. Es fácil entender por qué los aplausos jamás serán suficientes para quienes se saben elegidos.

A Hugo le gritaban indio cuando llegó a España. A estas alturas, lo sabe todo México. Ese relato podría clasificar sin problema al ranking mundial de anécdotas más repetidas en la historia del género humano. Sánchez convivió con un racismo vil que reafirmó sus convicciones: nadie iba a profanar su orgullo. El ego cuenta con curiosos métodos para mutar los insultos en motivación.

Óscar Ruggeri, ícono del futbol argentino reconvertido en showman televisivo, reveló en 2018 involuntariamente lo que Hugo Sánchez en verdad pensaba del racismo. El Cabezón contó en Fox Sports que cuando él llegó al Real Madrid, el Macho le llamó “sudaca”, adjetivo despectivo para referirse a los nacidos en el Cono Sur.

En otra ocasión, Ruggeri confesó que Hugo llamó “esclavo” a Antonio Carlos Santos, jugador de raza negra, en el vestidor del América. Al símbolo antirracismo de México no le indignaba la discriminación; le indignaba no tener el poder para ejercerla. Y cuando lo tuvo, practicó sin cortapisas su potestad de racista consumado.

A Hugo se le han pasado por alto expresiones que rayan en la xenofobia. Nunca ha explicado en qué consiste el sistema de juego de Gerardo Martino, pero se ha desgañitado, desde el primer día diciendo que Tata no debe dirigir al Tri por el simple y llano hecho de que no es mexicano. El Penta se radicalizó desde tiempos inmemorables y decidió que el mejor antídoto para el malinchismo es el chovinismo.

Los exfutbolistas suelen decir que los periodistas no pueden hablar de futbol pues no fueron jugadores profesionales. Algunos periodistas han respondido a eso con la misma cantaleta pero invertida: cómo un exfutbolista puede hacer periodismo si no estudió periodismo. Más allá de las reyertas deontológicas, hay una regla no escrita todavía convenida en los programas de televisión: hablar de uno mismo es garantía de espectáculo.

Hugo Sánchez en su etapa como entrenador del Almería, en la Primera División de España. Desde 2012, el Penta no dirige a ningún equipo; su último club fue Pachuca.  (REUTERS/Francisco Bonilla)
Hugo Sánchez en su etapa como entrenador del Almería, en la Primera División de España. Desde 2012, el Penta no dirige a ningún equipo; su último club fue Pachuca. (REUTERS/Francisco Bonilla)

En ese contexto, la habilidad de Hugo para encontrar relación entre cualquier tema, por más recóndito que sea, y su prodigiosa carrera es asombrosa. Sus intervenciones son una dictadura de la primera persona. Yo, yo, yo. Yo fui despedido, yo estoy listo para entrenar al Madrid, yo fui el mejor delantero, yo merecía dirigir a la Selección por doce años. Ni hablar de cuando decidió ponerse 99 en todos los atributos de su carta del videojuego FIFA.

Los prismas son necesarios. La historia de Hugo Sánchez como jugador fue conmovedora. Después, las cámaras de televisión han convertido al Pentapichichi en un apologista del ridículo. Al mejor futbolista mexicano de la historia ya nadie lo toma en serio.

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