"Gana millones por jugar al ordenador": el ataque más rancio a Ibai que demuestra que no hemos entendido nada

Luis Tejo
·5 min de lectura
Autorretrato de Ibai Llanos publicado en su propia cuenta de Twitter.
Autorretrato de Ibai Llanos publicado en su propia cuenta de Twitter.

Antes de seguir con la lectura de este artículo necesitamos que pares un momento y mires un calendario. Vale el que tengas colgado en cualquier pared de tu casa o tu lugar de trabajo, también sirve el que proporciona el sistema operativo de tu ordenador o la aplicación correspondiente de tu teléfono, o cualquier otro formato que se te pueda ocurrir, porque el resultado va a ser el mismo. Si lo haces en la misma fecha en que se escribió este artículo verás que pone “18 de noviembre”; si vas un poco rezagado puede que sea algún día más tarde.

En cualquier caso, da lo mismo, porque lo que nos interesa es el número que sale después, el que indica el año. Con toda probabilidad te aparecerá 2020, o una cifra superior. No 1950, ni 1985, ni 2000, ni siquiera 2015: vamos ya por el veinte, un año maldito en muchos sentidos pero que, como todos, trae consigo su cuota de progreso tecnológico y social. Las cosas ya no son como eran antes, e intentar interpretarlas con ojos del pasado implica un enfoque erróneo que denota prejuicios, torpeza y escasa capacidad de adaptación.

Lo demuestra el caso de Ibai Llanos. Bilbaíno de 25 años, se trata de uno de los casters más reputados del mundo. Su profesión consiste, básicamente, en retransmitir cosas a través de sus distintos canales de internet: tiene espacios muy populares en redes como Twitter, YouTube o Twitch, con varios millones de seguidores en cada una. Empezó hace unos años como comentarista de eSports para la Liga de Videojuegos Profesional (LVP), especializándose en partidas de League of Legends, pero su estilo apasionado, comparable al de los más reputados locutores deportivos de la radio, le ha hecho multiplicar su popularidad mucho más allá de este sector.

Se estima, de hecho, que sus ingresos anuales superan el millón de euros gracias, sobre todo, a los suscriptores de la plataforma Twitch, en la que se ha convertido, por ahora, en el tercero más popular en todo el planeta. Porque hay que asumirlo: por raro que le resulte a gente de más edad, los adolescentes y jóvenes actuales consideran una forma de entretenimiento perfectamente válida no jugar ellos, sino ver cómo otra gente juega partidas de videojuegos. Que, en el fondo, no es muy diferente a alguien de generaciones anteriores que dice que le gusta el fútbol cuando no le da una patada a una pelota desde su infancia y en realidad lo que hace es ser espectador de partidos por la tele.

Es, simplemente, una forma de ocio nueva. Cada época tiene las suyas, que habitualmente chocan con las de sus predecesoras sin que esto implique que unas sean más dignas que otras. Son, simplemente, las tendencias del momento. Por eso resulta tristemente sorprendente que a estas alturas, en pleno 2020, se recurra para hablar de él a titulares tan burdos y tendenciosos como “gana 1,3 millones al año enseñando a tus hijos cómo juega al ordenador”, que publicó ayer mismo El Mundo.

Enfocar el asunto por este sentido, tratando de ridiculizarlo con comparaciones infantiles, es ante todo un menosprecio injustificable a un trabajo tan respetable como cualquier otro. Que además, como toda actividad creativa, es muy exigente desde el punto de vista mental. Precisamente el propio Ibai está empezando a dar muestras de agotamiento por la presión psicológica extrema que supone estar generando constantemente contenido atractivo, lo que demuestra, por otra parte, que deberíamos empezar a tomarnos más en serio este sector e ir pensando en establecer la regulación adecuada.

Por otro, minusvalorar la actividad de un caster y reducirla a “jugar al ordenador” demuestra una miopía tremenda. Con cualquiera de sus directos Ibai es capaz de generar una audiencia muy superior a la de la inmensa mayoría de programas de la televisión en abierto, comparable también a la de grandes producciones de cine. Raramente vemos a estos críticos tan eruditos criticar que un actor o un presentador ganen más o menos dinero por “hablar un rato delante de una cámara”, porque comprendemos que el valor que aportan, el entretenimiento para el espectador, justifican con holgura su sueldo. Y si no lo hacen, problema del empresario que lo pague... aunque raramente ninguno se meterá por gusto en una operación en la que sepa que va a perder dinero.

Los tiempos cambian. Las formas de consumo de los ciudadanos en su tiempo libre, también. Un sector en crisis permanente como el de la comunicación debería dejar de aferrarse a fórmulas pasadas que podrían, quizás, tener su punto de romanticismo, sobrevalorado muchas veces, pero que están demostrando que, en términos de rentabilidad en el mercado actual, dejan mucho que desear. Ni se consigue mantener al público tradicional, ni con este tipo de desprecios se va a lograr captar una masa de lectores nuevos que haga de relevo. Como estrategia comercial, o de pura supervivencia, tenemos que darnos cuenta de que es bastante mejorable.

Más historias que te pueden interesar: