¿Ídolos esclavos? Los motivos que aplastan a los artistas del K-Pop coreano

Un hombre rinde tributo en un altar en honor de la estrella del K-pop Goo Hara en el Hospital St. Mary de Seúl el 25 de noviembre de 2019. (Chung Sung-Jun/Pool via REUTERS)
Un hombre rinde tributo en un altar en honor de la estrella del K-pop Goo Hara en el Hospital St. Mary de Seúl el 25 de noviembre de 2019. (Chung Sung-Jun/Pool via REUTERS)

Es temerario especular sobre los motivos detrás de un suicidio. Lo que sí se puede asegurar es que la popular cantante de K-Pop Goo Hara recibió un acoso implacable en las redes sociales desde que debutó con el grupo musical Kara en 2008.

Los comentarios abusivos son una constante en la “Ola Hallyu”, un potente fenómeno de masas en el que unos 90 millones de fanáticos consumen productos de la industria cultural de Corea del Sur, que incluye música pop, series para plataformas streaming y  clubes de taekwondo.

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El suicidio de Hara a los 28 años ha generado indignación entre los seguidores internacionales del K-pop que no comparten los códigos culturales de surcoreanos. Al menos 20.000 personas han firmado una petición en la página web de la presidencia de Corea del Sur para que se tomen medidas penales contra el ciberacoso y la pornovenganza.

Pero más allá de las reacciones inmediatas de fans acongojados por la prematura muerte de la artista, hay quienes denuncian que existe un sistema de abuso y de maltrato que va más allá de los haters de internet y que involucraría a las disqueras, los managers y hasta al propio gobierno.

La ola Hallyu

La popularidad de la industria cultural surcoreana no nació de la noche a la mañana. Comenzó en la década de 1990, cuando Corea estableció relaciones diplomáticas con China y las novelas y la música popular coreana ganaron popularidad entre el enorme público chino, explicó la Fundación Corea.

La música coreana obtuvo un importante impulso con el programa radial "El salón de la música de Seúl" que se transmitía desde Beijing. Los artistas coreanos, cuya audiencia máxima se limitaba los 51 millones de habitantes del país asiático, de pronto se vieron expuestos vía internet a los ávidos consumidores chinos, el país más habitado del mundo con 1.300 millones de personas.

Las autoridades coreanas comprendieron el enorme potencial que tenía la exportación de bienes culturales y designaron partidas de gasto para la promoción de la ola Hallyu.

Una de las áreas de mayor crecimiento ha sido el K-pop, gracias a la expansión del género en el mercado japonés a partir del 2000.

Tan sólo la banda chicos BTS aportan unos 3.600 millones de dólares a la economía anualmente, que lo equivale a la contribución de 26 compañías medianas, según informes del Instituto de Investigaciones Hyundai divulgados por la prensa asiática. Uno de cada 13 turistas que visitaron Corea del Sur en 2017 lo hicieron para conocer el país de esos siete chicos de melenas coloridas y aspecto andrógino.

Científicos sociales ha afirmado que el K-POP no sólo ha tenido un impacto económico sino también ha transformado a la sociedad.

Su popularidad es tal que los estudiantes coreanos de primaria y secundaria ya no aspiran ser asalariados de alguno de los grandes conglomerados coreanos, ni tampoco desean estudiar medicina, derecho, administración o ciencias como lo hicieron sus padres y sus abuelos. Lo que los chicos quieren ser es ídolos del K-pop.

Las garras del monstruo

El problema con la creación de estos "productos culturales" es la inmensa presión que se coloca sobre los artistas que ya no son vistos como individuos sino como representantes de todo un país. Una especie de embajadores culturales con una imagen impoluta, a los que no se les permite fallar.

Para crear a estos artistas, los estudios musicales financiados por el estado coreano eligen a las nuevas promesas mediante audiciones cuando los chicos tienen unos 10 años.

Luego inician un riguroso entrenamiento artístico, con clases de baile, canto y actuación. También son entrenados para mantener una imagen pública intachable y para manejarse frente a la prensa.

"Debido al control que ejercen sobre los artistas, los estudios de músico surcoreanos son los responsables directos de la creación de la imagen mundial del K-pop como un género. Sin embargo, la industria es notoriamente explotadora, y la vida de estudio puede llegar a ser extenuante.

Los acuerdos discográficos, conocidos como "contratos de esclavos", que firman cuando aún son niños son los que dictan su comportamiento privado, su vida amorosa y sus contactos públicos. Y esas relaciones contractuales son permitidas y avaladas por la empresa privada y el gobierno coreano.

El triste final de Goo Hara podría estar vinculado a su dificultad a plegarse a las innumerables normas establecidas por sus empleadores y a soportar las críticas y humillaciones diarias. Las críticas del "fandom" comenzaron desde que comenzó a cantar con el grupo Kara en 2008, porque entró reemplazando a otra integrante. Luego la señalaban por acaparar a los patrocinantes, que quedaron encantados con su frescura y sex-appeal.

Ese rechazo aumentó cuando se conoció su romance con el cantante Yong Jun-hyung y sus seguidores consideraron que ella no era lo suficientemente buena para él, comentarios que son comunes en la conservadora y machista sociedad coreana. Leer señalamientos denigrantes no fue fácil para Goo Hara, que en ese momento tenía 21 años.

Pero la humillación que sufrió años después durante el rompimiento con su exnovio Choi Jong-bum la hundió en una depresión profunda que terminó en un intento de suicidio el pasado mes de mayo.

El exfutbolista y peluquero la maltrató físicamente, vendió contenido falso a los medios surcoreanos que la mostraban como una persona manipuladora y violenta y la chantajeó al amenazarla con mostrar un video íntimo que grabó sin su consentimiento.

La batalla legal fue seguida por millones de netizens. Lejos de censurar Choi Jong-bum, quien fue hallado culpable y condenado a un año y medio de prisión con sentencia suspendida, los seguidores fustigaron a Goo Hara, a quien tachaban de problemática y promiscua.

Sólo después del suicidio de la artista, el hombre que usó el escándalo para lucrarse se vio obligado a cambiar el estatus de sus cuentas en redes sociales de pública a privadas por la ola de comentarios de fans que ahora sí exigen sanciones ejemplarizantes contra el molka, como se le conoce a la extendida práctica de algunos surcoreanos de grabar las relaciones sexuales con sus parejas para luego obtener algún tipo de ganancia, bien sea al venderla a los sitios pornográficos en una categoría de sexo real o al extorsionar a las chicas pidiendo dinero a cambio de no divulgar las escenas íntimas que destruirían para siempre la vida social de las víctimas.

Los fans tampoco le perdonaron que se operara los párpados. Antes de que su cuerpo fuera encontrado sin vida en su hogar en una lujosa zona de Seúl, la cuenta de Goo Hara estaba repleta de comentarios de odio sobre su apariencia y la trillada historia con su ex. 

4 suicidios en dos años

Desde 2017, cuatro estrellas del K-Pop se han quitado la vida. Kim Jong-hyun, Seo Min-woo, Sulli y Goo Hara son las víctimas fatales de un sistema que pide mucho y protege poco a sus estrellas.

El poder de los llamados "fandoms", que son los grupos organizados de admiradores que gastan importantes sumas de tiempo en dinero para que sus artistas favoritos escalen los primeros lugares de popularidad y para aplastar a los que consideran sus rivales, es casi invencible. Y esa influencia es prácticamente ominipresente, en un país con la mayor tasa de uso de móviles inteligentes, una de las conexiones de internes más rápidas.

La lealtad de los fandoms es tan variable como la moda. Su adoración por un artista puede cambiar de la noche a la mañana y quienes no cesaban de halagar a un artista pueden convertirse luego en sus peores enemigos.

La polémica sobre la muerte de Goo Hara es aún mayor porque ocurre apenas semanas después del suicidio de su amiga Sulli, otra artista del K-Pop que sucumbió ante el ciberacoso.

La chica, quien alcanzó una enorme popularidad luego de haber comenzado su carrera a los 11 años, se retiró de la vida pública en 2015 por la enorme presión de sus admiradores. Sólo hacía apariciones esporádicas como actriz en series de televisión.

Pero los netizens la persiguieron por sus abiertos comentarios feministas, su apoyo al aborto, ni su negativa a usar sujetador. Las admiradoras del K-Pop consideran a las artistas "hermanas mayores" y por ello están obligadas a dar un "buen ejemplo" en todo momento.

En la era de la hiperconexión digital, la vida privada de los artistas del K-Pop es inexistente. A cambio de la fama y la fortuna, deben exponerse las 24 horas del día en una especie de vitrina virtual que es seguida y alimentada por admiradores y paparazis. 

La sociedad de la desesperanza

Algunos expertos señalan que los suicidios de súper estrellas como Sully y Goo Hara sólo son la punta del iceberg de una sociedad resquebrajada por la crítica y el acoso.

La escritora Da-Sol Goh denunció que la elevada tasa de suicidios de 25,6 muertes por cada 100.000 habitantes se debe desequilibrios en las relaciones sociales, donde miles de personas se quitan la vida debido a la competencia feroz, las dificultades para obtener éxito académico, las excesivas jornadas laborales y la pobreza.

Los adolescentes coreanos contemplan el suicidio cuando son acosados por sus compañeros de clase. "Las víctimas generalmente son golpeadas por sus propios amigos, o sujetos a extorsión. Los maestros, que tienen la responsabilidad de lidiar con el problema al castigar con los perpetradores, se hacen la vista gorda ante el sufrimiento de sus alumnos, por temor a que los casos se repitan y manchen la reputación de la escuela. Al no tener un hombro en el que apoyarse, las jóvenes víctimas terminan matándose", escribió Da-Sol Goh.

Kim Jong-hyun, Seo Min-woo, Sulli y Goo Hara escaparon de la pobreza al alcanzar el estrellato pero no pudieron zafarse del látigo de las críticas que están asfixiando a los coreanos. 

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