En Kenia, la imposibilidad de abortar lleva a dar refrescos y cerveza a los recién nacidos para que mueran

Un amplio reportaje publicado por The Telegraph y firmado por Adrian Blomfield ha puesto el foco internacional en la realidad a la que deben enfrentarse cada día las mujeres en Kenia: embarazos no deseados que les llevan a tomar decisiones brutales presas de la desesperación de un sistema y una sociedad que no les ampara y las abandona sin acceso a un aborto seguro y legal. Alimentar a recién nacidos con Coca Cola o cerveza para provocar su muerte es solo una de las formar de infanticio que se practican en el país.

Nada más nacer les alimentan solo con refresco o cerveza de jengibre para provocar que sus órganos colapsen. Pocos días después, fallecen. (Foto: Getty Images)
Nada más nacer les alimentan solo con refresco o cerveza de jengibre para provocar que sus órganos colapsen. Pocos días después, fallecen. (Foto: Getty Images)

El problema del infanticidio en Kenia va mucho más allá de un caso concreto o una problemática anecdótica, se trata de algo endémico en lo que intervienen infinidad de factores. Uno de los principales problemas que señalan los activistas consultados por el mencionado diario británico es la falta de educación sexual, el coste del acceso a los medios anticonceptivos y la ausencia de una ley clara que ampare a mujeres y profesionales en caso de abortos. Hasta 2010 era ilegal. Hace nueve años dejó de serlo, pero el Código Penal no se tocó y este sigue recogiendo penas de 14 años de cárcel para quien practique un aborto “no autorizado”. Un concepto muy ambiguo, demasiado abierto a la interpretación. De ahí que los profesionales no quieran arriesgarse.

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Todo eso, sumado a que el país africano cuenta con un gobierno conservador y una Iglesia muy presente, provoca que los embarazos no deseados sean muy comunes. Según datos de Naciones Unidas, cerca del 40% de los embarazos en Kenia no son buscados. Dentro de ese porcentaje hay infinidad de circunstancias que conducen a ello. Niñas, jóvenes y mujeres que recurren a vender su cuerpo para poder costear alimentos; falta de información, de acceso a los anticonceptivos… y, en último término, una ley con demasiados recovecos que hace que muchas acaben buscando una vía no oficial para acabar con el embarazo poniendo en riesgo su propia vida.

Según cuenta The Telegraph, un aborto clandestino puede costar alrededor de unas 50 libras (58,70 euros). Una cifra que puede parecer poco abultada a ojos de un europeo, pero que para una mujer keniata supone estar ahorrando mucho tiempo hasta conseguir reunir esa cantidad. Cuando la tienen, el embarazo está ya muy avanzado y algunos curanderos o pseudoprofesionales lo que hacen es provocar el parto y, una vez ha nacido el niño, golpearle en la cabeza para acabar con su vida.

Un práctica en la que el bebé muere nada más nacer y que pone en riesgo la vida de la madre. Las cifras hablan de alrededor de 21.000 mujeres ingresadas como consecuencia de estos abortos o partos provocados. Esto es algo que ya pasaba antes pero que, según recoge el reportaje de The Telegraph, se ha visto acentuado en los últimos tiempos. En parte, por la restricciones de la Administración Trump a las ONG’s que ayudaban a estas mujeres por la presión del lobby pro-vida estadounidense. Otros países han intentando compensar esa ausencia de fondos, pero no ha sido suficiente.

Son varios los relatos que recoge en su texto Blomfield de personas que trabajan en basureros donde encuentran cadáveres de bebés recién nacidos. El río de Nairobi es otro punto caliente en este sentido. Pero lo cierto es que cualquier lugar (pozos, bosques, vías del tren…) se convierte en una vía desesperada para deshacerse de los niños. Son abandonados. Algunos tienen suerte y alguien, alertado por su llanto, les encuentra a tiempo. Pero otros mueren.

Quizá el camino menos violento físicamente y que más llama la atención es el que cuentan varios testigos que aseguran haber conocido casos de madres que una vez han dado a luz a esos bebés que nunca quisieron tener pero que no pudieron evitar tener deciden alimentarles solo con Coca Cola o cerveza de jengibre conscientes de que sus órganos colapsarán y acabarán muriendo en cosa de unos días.

El activista Vincent Odhiambo explica que “algunas mujeres no están en condiciones de tener una familia. Se sabe que si le das Coca Cola a un bebé, morirá. Puedes imaginar darle a un bebé pequeño Coca Cola en lugar de leche materna: no puede durar más de tres días”. Y eso hacen.

Al final, la solución para frenar el infanticidio, que no es ni sencilla ni rápida, consiste en atajar el problema en su raíz, donde surge, con una mayor educación sexual y un mejor acceso a los medios para evitar los embarazos no deseados. Eso haría que la cifra disminuyese. Medidas a las que habría que sumar una ley más clara respecto al aborto y con mejor cobertura para mujeres y médicos.

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