Aunque me fastidie, tengo que darle la razón a Javier Tebas sobre la Superliga europea

Luis Tejo
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Retrato de Javier Tebas durante una entrevista.
Javier Tebas, presidente de LaLiga. Foto: Pierre-Philippe Marcou/AFP via Getty Images.

Javier Tebas, presidente de LaLiga, tiene una cualidad que posiblemente se pueda calificar como virtud. Por unos motivos u otros, logra resultarle antipático a casi todo el mundo. Quizás en el trato cotidiano sea una bellísima persona, los que le conozcan tendrán elementos para juzgar, pero su personaje público ligado a su cargo transmite una imagen muy fácil de odiar.

Motivos que justifiquen la animadversión hacia el mandatario hay más que de sobra. Mi favorito es el desprecio con el que su gestión trata al aficionado de toda la vida, al seguidor sufrido que se deja sus ahorros para apoyar al equipo desde la grada año tras año, pero que queda relegado porque no aporta tanto dinero como un espectador de televisión en la otra punta del mundo. También se puede tirar, por ejemplo, por su carácter autoritario, por su favoritismo hacia determinados clubes (cada cual que elija), o por su pasado como dirigente ultraderechista; que cada uno escoja su razón preferida.

Lo que sí que hay que reconocerle a don Javier es que se desvive en la lucha por lo suyo, aunque en este caso “lo suyo” sea un negocio multimillonario que reparte los beneficios de manera tan injusta como desigual. Pero es que la alternativa que se está proponiendo es mucho peor. La Superliga europea, el plan B que dicen sin decir Florentino Pérez y otros próceres del fútbol continental, es una idea que ellos ven maravillosa para maximizar beneficios pero que a duras penas resiste un análisis frío.

¿Subirá el nivel? Probablemente. ¿Dará más espectáculo? Quizás. ¿Se generará más dinero? Eso ya plantea muchas más dudas. El propio Tebas ha dado con la clave en unas declaraciones lapidarias: “Cuando el Real Madrid no gane nada en cinco años habrá matado a sus aficionados”.

Lewandowski, del Bayern de Múnich, celebra un gol ante varios jugadores del Barcelona.
El curso pasado, tras su derrota humillante en Champions contra el Bayern, el Barcelona no ganó nada. ¿Aguantarían eso mucho tiempo sus aficionados de orígenes más exóticos? Foto: Manu Fernández / POOL / AFP via Getty Images.

Porque sí, la posibilidad de que los blancos, o el Barcelona, o cualquier otro club continental grande de los que participen en este hipotético nuevo torneo se pasen años sin tocar metal es más que razonable. Pongamos el ejemplo de España: nuestra Liga, actualmente, es un duopolio en el que últimamente, de vez en cuando, se mete a hacer ruido el Atlético. Hay dos, como mucho tres candidatos al título, y así ocurre: en los últimos 20 años todos los campeonatos menos tres han sido para vikingos o culés. Entre eso y la Copa, tienen más o menos garantizado llevarse siempre algo.

En Italia tres cuartos de lo mismo con la Juventus y (si acaso) el Inter y el Milan; en Alemania, ídem para el Bayern y un poco el Borussia Dortmund; en Francia el PSG ya está aburrido de ganar. Los grandes van incrementando su palmarés porque no tienen rivales. Pero en una Superliga europea todo sería muy diferente, porque de repente pasarían de luchar contra uno o dos oponentes capaces de complicar las cosas a hacerlo contra una veintena. Los primeros años funcionaría, claro. Sería hasta más bonito, porque habría mucha competitividad, que es algo que los aficionados hastiados de los monopolios venimos reclamando desde hace tiempo.

Pero ¿está preparado el seguidor de estos transatlánticos para pasarse un tiempo potencialmente largo lejos de la gloria? Si me estás leyendo desde España, y eres madridista o culé viejo por herencia familiar o porque simplemente es el equipo de tu tierra y lo sientes como algo propio, no me cabe duda de que, por feas que se pongan las cosas, seguirás ahí. Si me estás leyendo desde algún país hispanohablante al otro lado del Océano y sigues a estos dos equipos por su condición de “los más grandes del mundo”, permíteme que dude que te mantengas ahí cuando ese brillo desaparezca. Si eres japonés, chino o vietnamita y estás leyendo este artículo con una camiseta blanca o azulgrana puesta pero usando algún traductor online, no te ofendas, pero apuesto a que no aguantarás ni dos años de vacío.

Los peces gordos, o al menos muchos de ellos, dejarán de serlo tanto. Perderán su capacidad de generar tanto dinero en mercados exóticos. Se verán obligados a regresar a sus caladeros nacionales. Pero estos estarán más que esquilmados: privados de cualquier posibilidad de acceder a grandes capitales, los clubes más modestos de las ligas de los distintos países habrán caído, más aún, en la irrelevancia, al ver cómo de forma constante sus mejores jugadores se han ido marchando a los equipos punteros de esa Superliga. ¿Que estoy pintando un panorama exagerado? Compruébalo hoy, ahora mismo, en literalmente cualquier liga europea fuera de las cinco grandes, sobre todo en las de los países del este del continente.

Será muy difícil salvar esas ligas nacionales. Y será muy difícil que la mayoría de los equipos que participaran en el torneo nuevo, lejos de la victoria constante que les alimenta hoy, alcancen la rentabilidad. Porque además, el propio concepto de Superliga europea ofrece un producto difícil de vender. Si hoy un enfrentamiento entre el Real Madrid y el Barcelona, o entre alguno de estos dos y el Bayern, tienen tirón, es por su carácter excepcional. Sabes que va a ser una cita única, extraordinaria, difícil de repetir; por eso te mentalizas para ella con antelación, el día clave te olvidas de todo lo demás y solo tienes ojos para el partido, y después te puedes pasar todo el tiempo que haga falta comentándolo y valorándolo. Pero si cada semana tienes un acontecimiento memorable de este estilo, el efecto queda muy diluido. La repetición acaba generando aburrimiento. O trastornos obsesivos, que es peor.

Jugadores del Real Madrid y el Olympiacos luchando por la pelota durante un partido de la Euroliga de baloncesto.
Imagen del último enfrentamiento en la Euroliga entre el Olympiacos (rojo) y el Real Madrid, dos grandes clubes de baloncesto... que son en realidad secciones de equipos de fútbol. Foto: Panagiotis Moschandreou/Euroleague Basketball via Getty Images.

Me dirás que toda esta palabrería está muy bien pero que se puede copiar el ejemplo de la Euroliga de baloncesto que sí ha funcionado. Bueno, la palabra “funcionar” se usa de manera extremadamente generosa en este sentido. En la edición de este mismo año, 10 de los 18 participantes no son equipos independientes dedicados en exclusiva a las canastas, sino secciones de clubes polideportivos que obtienen su fuente principal de ingresos del fútbol. Habría que echar números a ver si serían no ya rentables, sino directamente viables sin el respaldo del balompié. Mientras tanto, el resto de clubes de nuestra ACB tampoco pueden presumir de ir precisamente sobrados de dinero.

Parece que, en el fondo, el objetivo al que se aspira a largo plazo es copiar las grandes ligas norteamericanas. Crear una especie de NBA, una gran liga cerrada europea sin ascensos ni descensos y, quizás, con un draft que les permita repartirse de forma más o menos equitativa a los jugadores que más brillen. No se han enterado de que semejante modelo, por razones culturales, es inviable en el Viejo Continente; aquí nuestra tradición va por otro camino y, con más de un siglo de historia, es poco probable que cambie con facilidad, además de que el contexto político también es ajeno por completo a la realidad estadounidense de un solo país unido firmemente bajo una bandera (con la excepción pintoresca y poco beligerante de los canadienses) y un idioma. Es triste, y da un poco de miedo, que de los que tienen poder en el fútbol el que mejor lo ha entendido sea un tipo que pasó por organizaciones ultranacionalistas y filofascistas como Tebas. Quizás sea lo único bueno que se pueda sacar de unos antecedentes tan turbios como los suyos.

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