Por qué tenemos que aprender a querer más a Jon Rahm

Guillermo Ortiz
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OLYMPIA FIELDS, ILLINOIS - AUGUST 30 : Jon Rahm of Spain reacts to his putt on the 18th hole, the first and only playoff hole, during the final round of the BMW Championship at Olympia Fields Country Club (North) on August 30, 2020 in Olympia Fields, IL. (Photo by Robin Alam/Icon Sportswire via Getty Images)
Photo by Robin Alam/Icon Sportswire via Getty Images

La popularidad depende de demasiados factores y uno de ellos es la suerte. El sitio adecuado en el momento adecuado, ya saben. Sergio García dando brincos como un niño por en medio de la calle del hoyo 16 de Medinah después de dar un golpe imposible detrás de un árbol que acaba con la bola rodando hasta el green entre el gesto de asombro de todos. “El Ni-ño, El Ni-ño” gritaban enfervorizados los espectadores y “El Niño”, a sus 19 años, soñaba con un primer grande ante Tiger Woods que tuvo que esperar 18 años.

El carisma de ese primer Sergio, su juventud arrebatadora, como el de un casi adolescente Seve Ballesteros arrasando a su paso, dejando pizcas de genialidad por cada campo, es muy difícil de repetir. De hecho, que los campeones sean carismáticos es algo bueno, pero no es una exigencia. José María Olazábal no era carismático, por ejemplo. Era querido, sí, sobre todo cuando Seve empezó su declive y él se quedó como único heredero, ganando dos veces el Masters de Augusta, pero no era un tipo que arrastrara con él multitudes.

Algo parecido le pasa a Jon Rahm, quizá porque también es vasco, como Olazábal. Recio. Del norte. Rahm de vez en cuando se nos cuela en los televisores y en los telediarios porque ha ganado algo o ha estado cerca. El Memorial de este año, por ejemplo, uno de los torneos más importantes del circuito PGA o, más recientemente, el BMW frente a un elenco que reunía a los mejores golfistas del momento. Sin embargo, no ha conseguido dar ese paso que separa al deportista exitoso del ídolo de masas. Tal vez por su exitoso periplo universitario, a veces parece que Rahm es más querido en Estados Unidos que en España y hay algo injusto en ello: Rahm no es Martín López-Zubero. Rahm no es un tipo que se fue para no volver nunca y de repente le ponen una banderita española al lado y a desfilar. Rahm es un chiquito de Barrica que se limitó a irse a estudiar a Arizona, pero que luce escudo del Athletic siempre que puede y reivindica sus orígenes como el que más.

Es cierto que ni siquiera el nombre ayuda: entre la formación estadounidense y la sonoridad del nombre, hay mucha gente que cree que el chico se llama John y que es, por tanto, una especie de asimilado. Si el padre se hubiera apellidado Rodríguez en vez de la madre, no habría duda alguna pero fue al revés, eso es todo. Choca, en cualquier caso, que en un país acostumbrado a aupar frenéticamente a cualquiera que destaque en su campo -aunque sea para derribarlo luego a pedradas- no se dé más importancia a lo que Rahm está haciendo en el mundo del golf: a sus 25 años, ya acumula cuatro “top tens” en torneos del Grand Slam y durante dos semanas ha podido presumir de ser el mejor jugador del mundo según la clasificación oficial.

Ser el mejor del mundo en algo no es cualquier cosa. Cuando Fernando Alonso fue el mejor del mundo, nos enteramos todos, desde luego. Lo mismo sucedió con Carolina Marín o con Marc Márquez o con el propio Pau Gasol cuando rompió el techo de la NBA. Sin embargo, el número uno de Rahm ha pasado en España un poco sin pena ni gloria. Es cierto que no se puede comparar con la euforia de ganar un grande, pero parece injusto que sus brillantes actuaciones de este verano estén pasando un poco bajo el radar. A veces da la sensación de que no nos queremos enamorar demasiado para que no nos rompan el corazón como lo hizo Sergio García. No queremos abrazar al héroe hasta asegurarnos de que nos traerá victorias y no decepciones.

Perdamos el miedo. Rahm va a ganar muchas cosas y entre ellas caerán unos cuantos grandes. Es un jugador soberbio, con un “driver” que marca diferencias incluso en estos tiempos de excelentes pegadores. Forma parte de ese grupo de elegidos que no necesita consistencia ni jugar un golf excelente para conseguir resultados regularmente. Como todos los profesionales, tiene días mediocres y fines de semana mejorables. Muy raro es verle, incluso cuando eso pasa, fuera de los primeros puestos de la clasificación. Genera muchas oportunidades alrededor del green y aunque es cierto que su juego corto no es el de Olazábal, por poner un ejemplo, o el del propio Seve, al final tanto va el cántaro a la fuente que se rompe.

Mentalmente, es una roca, y pocos juegos hay donde la mente importe tanto como el golf. De Tiger Woods siempre se decía que dominaba por su capacidad para recuperarse de un mal golpe. En golf, como diría Rilke, sobreponerse es todo. Si has fallado un “approach” fácil o se te ha escapado un putt de dos metros, salir al siguiente hoyo convencido de que la vas a dejar en la calle y no rumiando lo que pudo haber sido y no fue. Rizando el rizo, Rahm fue capaz el pasado domingo de ganar a Dustin Johnson un play-off al que llegó en realidad con un golpe menos. El día anterior se había olvidado de marcar la bola antes de recogerla y le habían sancionado. No importó. Frente al hombre que momentáneamente le ha arrebatado el número uno consiguió una victoria tremenda con un último golpe maravilloso. De telediario. No será ni mucho menos el último.

Vídeo | El sueño olímpico de Jon Rahm

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