Jonas Vingegaard le da al ciclismo caníbal la etapa histórica del Tour que se merecía

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Jumbo-Visma team's Danish rider Jonas Vingegaard cycles in a breakaway in the ascent of the Col du Granon Serre Chevalier during the final kilometers the 11th stage of the 109th edition of the Tour de France cycling race, 151,7 km between Albertville and Col du Granon Serre Chevalier, in the French Alps, on July 13, 2022. (Photo by Marco BERTORELLO / AFP) (Photo by MARCO BERTORELLO/AFP via Getty Images)
Jonas Vingegaard deja atrás a Tadej Pogacar con su ya icónico ataque en el Col du Granon (Photo by MARCO BERTORELLO/AFP via Getty Images)

No sé si el "ciclismo caníbal" necesitaba algo así para consolidarse. No lo tengo claro. Desde hace unos tres años, con la consagración de Van der Poel, Van Aert, Evenepoel, Pogacar, Alaphilippe, Bernal... vivimos un esplendor no solo en términos de calidad sino de atrevimiento, de ambición, de ganas de pasar a la historia. Cada clásica es un monumento a la belleza, cada vuelta de una semana es una montaña rusa. Por supuesto, sigue habiendo etapas al sprint, sigue habiendo equipos conservadores en busca de su sexto puesto en la general... pero son cada vez menos. El ciclismo de hoy es un ciclismo que no piensa en el mañana, que se convierte cada día en una nueva fiesta con distintos invitados.

En cualquier caso, concedamos que el Tour de Francia tiene una ascendencia histórica inigualable y que a este tipo de ciclismo le hacía falta una gran etapa que pusiera todo patas arriba y que fuera recordada por una generación de jóvenes seguidores igual que nosotros, los carrozas, recordamos a Induráin en Val Louron, a Chiappucci en Sestrieres, a Jalabert en Mende, o a Pantani en el Galibier, asfixiando a Jan Ullrich. Eso es exactamente lo que vimos ayer, una etapa que tuvo de todo: escapada de Van der Poel y Van Aert para empezar, ataques salvajes y por turnos de Jonas Vingegaard y Pogacar a sesenta kilómetros de meta... y pajarón final del hombre impasible, el líder y dominador, en el último puerto.

A todos los espectadores nos gusta que los ciclistas corran para nosotros. Que hagan realidad nuestros deseos más temerarios. Que corran para levantarnos del sofá y sin pensar en las calculadoras. En ese sentido, es casi imposible repetir una etapa tan perfecta como la de este miércoles. Con un recorrido maravilloso, con una fuga de enorme calidad por delante y con una táctica de todos contra todos que no siempre es posible, pero que, cuando se da, te recuerda por qué te enamoraste de este deporte siendo un niño.

Lo vivido en el Telegraph, el Galibier y el Granon fue una fiesta del ciclismo. Incluso Pogacar, a quien le entró una pájara probablemente motivada por el estrés al que fue sometido durante la ascensión al anterior puerto, teniendo que responder alternativamente a los ataques de Roglic y Vingegaard, llegó a meta eufórico, anunciando ataques para todos los días, reconociendo con media sonrisa que no había comido lo suficiente, pero que, bueno, mañana sería otro día.

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Porque lo bonito de este ciclismo es que es verdad. Cada día es un mundo. O, por lo menos, el aficionado tiene motivos para creerlo así. Luego, como siempre, habrá etapas más aburridas y menos aburridas. Luego, como siempre, puede que los ataques de Pogacar queden en nada y el Jumbo monte un tren que nadie pueda destartalar. Pero, en principio, la emoción está ahí. Ayer, cuando veíamos esos palos a sesenta kilómetros de meta, teníamos que pellizcarnos. ¿Cuándo habíamos visto eso antes? ¿Cuándo lo habíamos visto en un Tour?

Lo que diferencia, además, la etapa de ayer de otras grandes exhibiciones individuales -recuerdo, por ejemplo, a Contador en 2011, intentando una proeza descomunal también en el Galibier- es la relevancia histórica que tuvo. Si lo que hizo Vingegaard lo hubiera hecho Pogacar estaríamos entusiasmados igual, pero no tendríamos esta sensación de haber visto algo histórico. No es lo mismo ver cómo se exhibe el maillot amarillo -¿cuántas veces lo hizo Armstrong y no se ganó más que la antipatía mundial?- que ver a ese líder sufrir, abrirse el maillot por completo buscando un gramo de oxígeno, avanzar a chepazos mientras los segundos de desventaja se acumulan.

La etapa de ayer no solo fue "bonita", no solo fue "valiente", fue "memorable" en lo que respecta a este Tour y los que estén por venir. Dio una vuelta a la clasificación general -veintidós minutos después de la llegada de Vingegaard solo habían entrado treinta corredores a meta- y puso contra las cuerdas al hombre al que habían llegado a apodar el "nuevo Merckx", un hombre que había salido a espectáculo por día: en la crono, en la media montaña, en el pavé, en el sterrato al 15%... Ver sufrir a Pogacar no es ver sufrir a cualquier líder. La etapa de ayer le da una vuelta a una narrativa de dominación que ya no sabemos por dónde va a continuar.

Según Pogacar, en venganza, y eso sería tan hermoso... A mí, que gane uno o gane otro me da bastante igual. Si gana el danés, será una excelente señal de cara a años venideros: el esloveno es batible. Ahora bien, si gana Pogacar y gana de la única manera que puede ganar esto ahora: atacando en cada curva, poniendo patas arriba a un equipo entero, explorando las debilidades de su rival con esas aceleraciones insólitas, festejaré igual la confirmación de un auténtico prodigio. Un caníbal en tiempos de caníbales. Las audiencias se dispararán de nuevo este jueves. Nadie quiere perderse el siguiente capítulo... aunque sepamos que no habrá un español involucrado. Eso es lo insólito. Amar el deporte no ya por patriotismo sino por placer. En esas estamos.

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