Del duelo entre José María García y De la Morena aprendimos lo que no queríamos de la radio

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Jose Maria Garcia, journalist Jose Maria Garcia during the realization of a radio program  (Photo by Quim Llenas/Cover/Getty Images)
Photo by Quim Llenas/Cover/Getty Images

Puede que el odio, a toro pasado, tenga un punto divertido, algo parecido a la guerra de Gila, pero en su momento, aquello no tuvo gracia ninguna. La guerra entre José María García y José Ramón de la Morena de finales de los 80 y, sobre todo, principios de los 90, fue una guerra cruel, dura para los protagonistas, para sus soldados y para los que teníamos que oír todo aquello en nuestras casas. El maravilloso podcast de Pablo Juanarena, "Saludos cordiales", junto a la serie de Movistar Plus, "Reyes de la noche", han vuelto a poner de actualidad aquellos días y aquella disputa con el aire romántico de la nostalgia. Ahora bien, en términos deportivos y periodísticos, si aquello sirvió de algo fue como ejemplo de lo que no debería repetirse jamás.

No voy a negar que al principio no hubiera un punto de morbo o que uno no se acercara a "El Larguero" o a "Supergarcía" esperando las pullas del uno al otro, pero en el momento en el que García acabó en la COPE, aquello se convirtió en una carnicería desagradable. Homilías eternas sobre bondad y maldad que mezclaban la actualidad deportiva con las filias y las fobias personales... y estas, a su vez, con el ámbito de la política. De un lado, la SER, el grupo PRISA y las tesis del PSOE. Del otro, la COPE, Telefónica y las tesis del PP. En medio de todo esto, Miguel Ángel Rodríguez y su gusto por la cizaña.

No había nada de periodismo deportivo ahí, solo una lucha de poder en un momento en el que se veía que la profesión se acercaba cada vez más al mundo del espectáculo. Hasta la guerra SER-COPE, solo García trascendía su oficio. Desde entonces, sabemos que la televisión se ha volcado no ya en el deporte sino en sus comentaristas, sus piques, sus odios, sus burlas, sus desgracias y sus alegrías. El vuelco lo dio Pedrerol en los 2000, pero estaba ya ahí, latente, en los 90, desde el momento en el que dos redacciones se vieron obligadas a tomar partido y no bastaba con un mariscal de campo sino que cada ejército necesitaba sus generales, sus coroneles y sus soldados rasos dispuestos a inmolarse por el líder. Todos ellos, fácilmente reconocibles para el oyente medio. Todos ellos, o casi, a la larga, con una gran trayectoria posterior en las ondas.

La promesa de De la Morena y la SER era la de un periodismo deportivo que volviera a ser divertido, que fuera más casual, menos pomposo, en principio igual de beligerante con la corrupción, aunque en la práctica poco efectivo en la lucha -Ángel María Villar, centro de todas las polémicas, siguió como presidente de la RFEF hasta que la Justicia actuó en su contra en 2017, veinticinco años después de las primeras denuncias-. Como promesa, quedó en poco: en seguida, el tono se agrió, el discurso se hizo bola y la exigencia de fidelidad a los subordinados pasó a los propios radioyentes, que no sabían si quedarse con papá o con mamá ni entendían por qué tenían que elegir.

Photo by Jose R. Platon/Cover/Getty Images
The journalist José Ramón de la Morena at his radio program (Photo by Jose R. Platon/Cover/Getty Images)

La opinión desplazó por completo a la información. Si perdía la España de Clemente, sabías que iba a haber akelarre en "El larguero". Si ganaba, sabías que el ajuste de cuentas estaba servido en la COPE. No había un análisis como tal. No había un trabajo más allá de destrozar el trabajo del compañero. Amigos que dejaban de hablarse por llevar un micrófono distinto y una exigencia de llegar primero a no sé qué bandera que había decidido alguien desde arriba. Heridas que tardaron mucho tiempo en cerrarse. Una época de la radio que se puede vender ahora como gloriosa pero que fue tétrica, una sucesión de puñaladas con un solo perjudicado: el aficionado.

¿Qué quedó de aquella época de egos inflados? Una generación de supervivientes. Una generación de periodistas que, tras haber vivido bajo el bombardeo, se dio cuenta de que el aficionado quería otra cosa. Paco González, Jorge Hevia y su equipo del "Carrusel deportivo"... o "Tiempo de juego", en su versión de la COPE. Si la radio fue divertida en algún momento fue por ellos. Si aprendimos, por fin, que se podían cruzar fronteras sin faltar a la moral ni ser considerado un traidor por nadie fue mérito suyo. Las tardes de los sábados y los domingos eran todo lo divertidas que no eran las noches de entre semana en la SER y lo siguen siendo en la COPE.

Ese estilo es el que sí ha perdurado. Un estilo grupal, de equipo, que busca la conexión con el espectador medio aunque a veces abuse del colegueo. Un estilo mil veces imitado después pero que, en rigor, solo sabe hacer bien Paco González. Por supuesto, González, como Lama, como Gallego, como Alcalá, como Hevia, como Romero... fueron soldados de esa guerra atroz, pero no quisieron continuarla. ¿Qué sentido tenía? Era una guerra de autodestrucción en la que la victoria era imposible, como el ordenador aquel de "Juegos de guerra" que a punto está de montar una guerra termonuclear mundial.

El periodismo no venció en ningún punto de la guerra García-De la Morena. El periodismo fue pisoteado por intereses burdos, egoístas, espúreos y a menudo banales. La verdad nunca importó menos. Todo era una cuestión de bandos. Ahí, aprendimos todos lo que no queríamos y mal haríamos en recordar aquello como algo excitante y no como algo sucio. Porque fue sucio. Fue irritante. Fue convertir una cosa preciosa como el deporte, el juego, en un campo continuo de batalla. Si la culpa fue de uno o de otro, allá cada cual con sus juicios. Bien está que lo recordemos pero los que tenemos una edad no necesitamos mucha hemeroteca. Todo el mundo se volvió loco. Afortunadamente, con el tiempo, casi todo el mundo sanó.

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