La redención de Juan Carlos tras pasar de gastarse 10.000 € al mes a ser un sintecho

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“Ya soy un vecino más”, confirma Juan Carlos Beardo, que vive de prestado en un solar bajo llave en el barrio de Santa María de Cádiz. Ha sido alcohólico, adicto a la cocaína y un juez le impuso una orden de alejamiento de su madre; ahora, recuperado de sus problemas, pide una casa con la que poder rehacer su vida con su nueva novia.

Juan Carlos reflejado en un espejo colgado en el solar que habita. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos reflejado en un espejo colgado en el solar que habita. Foto Fernando Ruso


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Juan Carlos está acostumbrado a las nuevas oportunidades. La vida le ha dado muchas. Algunas las aprovechó y otras las dejó pasar por una antigua adicción al alcohol y la cocaína. Ahora está esperando la última: una casa a la que irse a vivir con su novia unos meses antes de casarse. Desde hace cinco años vive en la calle, de prestado en un solar cerrado bajo llave en el céntrico barrio de Santa María, en Cádiz. En los primeros días, el vecindario se levantó en armas contra él; ahora presume de ser “un vecino más” después de haberse granjeado su cariño. Ellos son quienes lo mantienen —que si un café, un bocadillo, algo de dinero, cargar el móvil…— hasta que le llegue la vivienda que espera.

Las fotos del perfil de Facebook de Juan Carlos muestran cómo ha ido degradándose a lo largo de los años. En su álbum de recuerdos hay instantáneas de él joven, de cuando trabajaba como frigorista en el taller de su padre; de una de sus relaciones, con la que llegó a malgastar miles de euros en cocaína; y actuales, cambiado por el desgaste que le supone vivir a la intemperie.

Juan Carlos, por la mañana, aseándose en el taller de uno de sus vecinos. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos, por la mañana, aseándose en el taller de uno de sus vecinos. Foto Fernando Ruso
La tienda de campaña que habita Juan Carlos, rodeada por una lona verde para proteger su intimidad. Foto Fernando Ruso
La tienda de campaña que habita Juan Carlos, rodeada por una lona verde para proteger su intimidad. Foto Fernando Ruso


Resulta ya raro verlo reírse en sus fotos de juventud. La cara hoy de Juan Carlos es solemne y su mirada esquiva. Cada tarde y desde hace ya cinco años revisa sus notificaciones de Facebook en alguno de los ordenadores públicos disponibles en una biblioteca de Cádiz próxima a su casa, si es que a la chabola en la que vive se le puede llamar casa. O tan siquiera chabola, porque no llega ni a eso. Apenas es una tienda de campaña reforzada con unas mallas de obra y una lona verde que le da una mínima intimidad.

En Facebook tiene 76 amigos. Muchos más que en la realidad, pese a que ya se ha convertido en uno de los rostros habituales del barrio de Santa María, situado entre el paseo marítimo y el Ayuntamiento de la ciudad. Gracias al invento de Zuckerberg, Juan Carlos tiene hoy novia, una gaditana, como él, que tiene dos hijos y que cuida de su madre con alzheimer.

Una casa para casarse

“A mí me gustaría casarme con ella, pero me dice que cómo nos vamos a casar si no tenemos una casa en la que vivir juntos”, explica Juan Carlos. Ella vive con su madre en un piso vetado para él en Puerta Tierra, fuera de la muralla defensiva de la ciudad; él, Cádiz adentro, en el solar que le cedió un promotor inmobiliario gracias a las gestiones del presidente de la asociación de vecinos del barrio de Santa María. El poco tiempo que pasan juntos lo hacen hablando y hablando en cualquier parque, con dos latas de CocaCola. Porque Juan Carlos ya no bebe.


Juan Carlos abrazado a uno de sus vecinos, quien le facilita donde asearse. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos abrazado a uno de sus vecinos, quien le facilita donde asearse. Foto Fernando Ruso


El alcohol ha sido clave en la vida de Juan Carlos, que empezó a trabajar como frigorista en el taller de su padre en el año 2000. Quienes lo conocieron en esa época describen a un joven brillante y con una formación exquisita en Barcelona. “¡Un figura!”, apuntan. Las cosas iban bien en casa, hasta que sin motivo aparente empezó a beber. “Beber por beber”, apunta.

La bebida empezó entonces a convertirse en una constante en su vida. Vivía en un piso de su familia, en Cádiz, junto a su por entonces novia. No pagaban luz, agua, comunidad… y la relación con su madre se deterioró hasta tal punto que ésta vendió la vivienda y Juan Carlos se vio en la calle. Dejó el trabajo como frigorista en la empresa familiar, consiguió otro empleo arreglando electrodomésticos y se mudó al piso de su pareja.

“Yo la mantuve tres años”, recuerda. En ese tiempo, Juan Carlos aprendió a arreglar lavadoras, frigoríficos domésticos o secadoras. Nada se le resistía. Pero el alcohol seguía enturbiando su vida. “Me cogía unas borracheras de órdago”, apunta.

La condena del éxito

En mitad de esa vida caótica, Juan Carlos vivió de cerca el apogeo del hijo de su pareja, cantante de uno dúo musical gaditano que saltó a lo más alto de las listas de ventas en el año 2003. De la noche a la mañana, dos amigos del instituto se convirtieron en famosos por sus canciones, tanto en España como en Latinoamérica. Fue una carrera vertiginosa: discos de diamantes, de platino, de oro, nominaciones a los premios Grammy… y contratos con Sony BMG.

La calle Mirador, en el barrio de Santa María, forma parte de su ruta cada madrugada. Foto Fernando Ruso
La calle Mirador, en el barrio de Santa María, forma parte de su ruta cada madrugada. Foto Fernando Ruso


Antes del amanecer, Juan Carlos desayuna en uno de los bares del barrio, invitado por sus vecinos. Foto Fernando Ruso
Antes del amanecer, Juan Carlos desayuna en uno de los bares del barrio, invitado por sus vecinos. Foto Fernando Ruso


Ya ahí estaba Juan Carlos. La cocaína ya no se limitaba a los días de fiesta nocturna. “Tenía una Visa Oro a nombre de mi pareja y podíamos gastar hasta 10.000 euros al mes. Yo me volvía loco. Sabía que eso no iba a salir bien, era consciente de que me estaba pasando de alcohol, de cocaína… Ya consumía todos los días. Me levantaba por la mañana y me metía una raya”, rememora.

Juan Carlos rompió con su pareja y volvió a casa junto a su madre. Perdió el empleo y empezó a vivir de lo que le escamoteaba a su madre. La coca la dejó, no podía permitírsela; pero el alcohol seguía estando en su vida. A él le cansaban las manías de su madre y a ella la adicción de su hijo, al que vigilaba constantemente. “Yo reaccionaba mal y ella se enfadaba, con razón”, narra el gaditano.

Hasta que ella se cansó de verlo beber y lo denunció a la Policía Nacional por malos tratos.


—¿Existieron?

—Sí, discutía con ella. Pegaba golpes en la mesa. No tenía control. Pero nunca le pegué a ella. Nunca, nunca… Pero me imagino que ella se asustaría.


Las Puertas de Tierra de Cádiz, al amanecer. Foto Fernando Ruso
Las Puertas de Tierra de Cádiz, al amanecer. Foto Fernando Ruso


El juez que llevó el caso absolvió a Juan Carlos, pero le impuso una orden de alejamiento de dos años y medio. Tiempo que ya cumplió, aunque sigue sin ver a su madre. “Me dijo que yo no entraría jamás en esa casa, que no quería saber de mí, y que le dolía tener a un hijo en la calle, que prefería que esté muerto porque así ella no sufriría tanto. Esas fueron sus últimas palabras”, recuerda compungido el gaditano.


—¿Y tú qué sientes por ella?

Yo la quiero, es mi madre. Pero no puedo acercarme a ella. No se fía. La he engañado mucho y ya no confía en mí.


A partir del juicio empezó otro capítulo en la vida de Juan Carlos: la vida en la calle. Pasó las primeras noches al raso debajo de una palmera, aprovechando el buen clima de Cádiz. “Estuve en la indigencia durante cuatro o cinco meses”, relata. Durmiendo donde podía conoció a Fran, un compañero de fatigas con el que ocupó un par de viviendas vacías durante pocos días. Siempre los echaban.

Una nueva vida sin el alcohol

La calle lo cambió. Dejó el alcohol de forma radical. “No fue fácil”, apostilla. “Hay veces que veo una cerveza y se me van los ojos detrás de ella, pero no. Yo sé a lo que me lleva y sé lo que me trae, problemas. Porque cuando bebo no soy yo, me pongo más agresivo, cambio de personalidad”, razona Juan Carlos, que recibe ayuda psiquiátrica y farmacológica desde entonces.


En las noches más calurosas duerme en un colchón al raso. Foto Fernando Ruso
En las noches más calurosas duerme en un colchón al raso. Foto Fernando Ruso


Un día, su compañero lo pilló con una soga anudada convenientemente para suicidarse. Fran entró en crisis y, llorando, fue a buscar ayuda. Acabó en un bar, narrando los hechos. Su impotencia.

—¿Te planteaste suicidarte?

—Sí, me planteé suicidarme. No me apetecía seguir luchando. Cuando me echaron, pensé en que no quería vivir en la calle. No veía salida y pensé en quitarme la vida.

En el bar La Galeona Fran se topó con varios vecinos, entre ellos el presidente de la asociación de vecinos del barrio de Santa María, que cogió el teléfono y empezó a hacer llamadas para tratar de paliar la situación de ambos hombres desdichados. Así fue como consiguieron el permiso para dormir guarecidos en una finca baldía, llena de escombros, aunque bajo la seguridad de una tapia y una puerta con llave.

Días después llegaría una casetilla en la que podían dormir los días de frío. Era el año 2014. A Juan Carlos no se le olvida porque tiempo después podía dormir en un colchón. No todo fue bueno, también llegaron las críticas de los vecinos, que no veían con buenos ojos el uso que ambos daban al solar. También llegó la policía, que se fue tal como vino al contar la pareja con los pertinentes permisos de los dueños de la propiedad. “Pero los vecinos nos miraban de mala manera”, recuerda Juan Carlos.


El bar La Galeona, donde Fran acudió a pedir ayuda para evitar que Juan Carlos se suicidara. Foto Fernando Ruso
El bar La Galeona, donde Fran acudió a pedir ayuda para evitar que Juan Carlos se suicidara. Foto Fernando Ruso


Hoy, cinco años después, la cosa ha cambiado. Al menos en ese aspecto. Los días siguen siendo aburridos, Fran dejó de estar porque empezó una relación con una chica, pero los vecinos del barrio se han acostumbrado a su presencia. “Los conozco, me saludan, me los he ido ganando —presume Juan Carlos, siempre con el mismo semblante, cabizbajo y con la mirada distraída—; me dan de comer bocadillos, fruta, dinero… Los buenos días, las buenas tardes. Me consideran un vecino más”.

Todo un barrio volcado con Juan Carlos

En el bar La Botica una señora mayor le convida todos los días a dos cafés, uno a las ocho de la mañana y otro a las cuatro de la tarde. En la carnicería del barrio le dejan cargar el teléfono móvil y no hay día que alguien no le ofrezca un bocadillo. Come caliente en un comedor social, aunque no le guste frecuentarlo. “Algunos van oliendo a vino y eso no es bueno para mí; tengo miedo a la bronca”, asegura.


Juan Carlos saludando a Carmen Gelo, una vecina del barrio que cada día le convida en el bar Botica. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos saludando a Carmen Gelo, una vecina del barrio que cada día le convida en el bar Botica. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos recogiendo su teléfono móvil de la carnicería, donde lo carga cada día. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos recogiendo su teléfono móvil de la carnicería, donde lo carga cada día. Foto Fernando Ruso


Y cada día pasa una hora delante de alguno de los ordenadores de la biblioteca para consultar las notificaciones de su Facebook y cotillear en los muros de sus 76 amigos. Cuando acaba abre algún juego. Así le roba una hora al aburrimiento. Cuando cae la tarde vuelve al solar. Y ya no sale hasta la mañana del día siguiente. Escucha música en su móvil, que no recibe más llamadas que las de su novia.

Antes de verla, en los ratos libres que ella dispone, Juan Carlos se acicala en un lavabo del que fue un cuarto de baño ya derruido. Se mira al espejo y se afeita. Esa es su rutina. La pareja se ve de nueve de la mañana a dos de la tarde los fines de semana y de 10.45 a 13.00 horas entre semana. Ella tiene dos hijos, aunque viven con su padre, que tiene la custodia.

Y juntos se van a cualquier plazoleta a beber una CocaCola. Allí charlan. Y fantasean en voz alta con un futuro que, de momento, está encallado. “Nos gustaría casarnos”, insiste. “Pero… ¿dónde viviríamos?”, se pregunta. Por eso Juan Carlos es solicitante de un piso protegido en Procasa, la empresa municipal de vivienda de Cádiz. “Pero eso va para largo, hay mucha gente y pocas casas”, razona.

Mientras le llega la que sabe será su última oportunidad, Juan Carlos seguirá viviendo en la calle. O casi. Cerrando por dentro la puerta de un solar desangelado en el que hay una tienda de campaña destartalada, un lavabo y toda una vida en pausa. Fuera están sus vecinos, los del barrio de Santa María, que cuidan de su inquilino más desfavorecido y al que, aunque con pena, esperan decirle pronto adiós.


Juan Carlos accediendo con llave al solar en el que habita. Foto Fernando Ruso
Juan Carlos accediendo con llave al solar en el que habita. Foto Fernando Ruso

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