Lo que el mundo no entiende de los mexicanos: ¿por qué adoran lo kitsch, como a Gloria Trevi y Juan Gabriel?

Miguel Cane
·7 min de lectura

En México hay nombres y figuras que son identificables enseguida: Juan Gabriel, Gloria Trevi, José José, Carmen Salinas, Laura ‘La Tesorito’ León, hasta Pedro Infante... ídolos populares que con su sola mención conjuran imágenes, melodías, recuerdos, situaciones. Trascienden barreras de clase, de edades, de tiempo. Son kitsch y venerados. ¿Pero qué es lo que los hace tan amados por el público? ¿Es posible concebir nuestros tiempos sin estas figuras y sus contradicciones, ocurrencias y presencia?

Gloria Trevi llega a la ceremonia de los Latin American Music el jueves 26 de octubre del 2017 en el Teatro Dolby de Los Angeles. (Foto por Richard Shotwell/Invision/AP)
Gloria Trevi len los Latin American Music Awards en el Teatro Dolby de Los Angeles con un atuendo deliberadamente kitsch. (Foto por Richard Shotwell/Invision/AP)

El escritor Carlos Monsiváis decía que en México, más inclusive que en los Estados Unidos —en alusión al célebre ensayo ‘Notes on Camp’ de Susan Sontag —, somos adeptos a lo kitsch (esto es una corriente estética considerada cursi y de mal gusto, aunque entrañable) como parte de nuestros fundamentos culturales, como una manera de rebelión a las restricciones severas de la educación postcolonial que se impuso por generaciones hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.

Esto podrá sonar muy rebuscado, pero en realidad no lo es tanto. Mientras públicamente una mayoría solemos reverenciar lo que se considera “gran arte” o “cultura” — elementos tan diversos como la música clásica (Bach, Mozart, Beethoven) o el considerado ‘Pop’ clásico (Los Beatles, los Rolling Stones, David Bowie, etc); el cine de autor, las artes plásticas (desde Da Vinci a Picasso o, en todo caso Frida Kahlo), la literatura que se enseña en la escuela (no necesariamente la que adquirimos por placer) — en la intimidad abrazamos lo que realmente sentimos cercano a nosotros.

De ahí entonces, que la música vernácula popular — la que hizo famosa Pedro Infante, por ejemplo, o Jorge Negrete — haya evolucionado para que surgieran figuras muy importantes como Juan Gabriel (el más grande compositor y showman de México en los últimos 50 años) o José José, criados en la pobreza, que trascendieron su origen sin avergonzarse de él y le dieron voz al pueblo que les dio acogida y los hizo ídolos, más allá de lo que viniera de fuera.

Por supuesto, tanto Juan Gabriel como José José tenían un indiscutible talento, pero además, una herramienta muy útil. Esa estética que los hace inmediatamente identificables, que los despoja de la sofisticación excluyente, y no obstante, los hace preferidos también (aún si es a puertas cerradas) de la élite social — baste recordar el paso espectacular de Juan Gabriel por el palacio de Bellas Artes en sus memorables conciertos en el recinto en 1990 y dos décadas después.

Hay otros ídolos que se deben no solo a su talento o estética kitsch, sino también a su carisma. Ahora el nombre de Raúl “Ratón” Macías, un famoso boxeador, no suena tanto como el del “Canelo” o el de Julio César Chávez, pero en su momento, en la década de 1950, su frase “Todo se lo debo a mi manager y a la virgencita de Guadalupe” lo convirtió en una figura icónica. Había salido del barrio de Tepito, y había trascendido las estrecheces, para aspirar a algo aún más grande, consiguiéndolo.

Por ser mujeres, figuras como la Trevi (aún con su siniestro pasado como traficante de personas en comparsa con Sergio Andrade, de quien ostensiblemente estaba enamorada, siendo esta la justificación que dan sus fanáticos para esos actos delictivos que la llevaron a prisión y de los que emergió como fénix entre las cenizas), Carmen Salinas o “La Tesorito”, lo han tenido más difícil y es por ello que sus historias de éxito son más notables.

La carrera de Carmen Salinas en cine comenzó con una escena que fue eliminada en la película ‘Feliz año, amor mío’. Esto no la hizo perder el ánimo y utilizó su radiante carisma (y un talento innato para la imitación) para abrirse un camino. Ahora es influyente como una figura que si bien desde hace más de 20 años ya no puede mas que interpretar variaciones de sí misma, es omnipresente; sus opiniones la mantienen vigente y su conexión inmediata con el público la ha vuelto entrañable.

Ciertamente, doña Carmen no es Sara García — la “abuelita mexicana” por excelencia — pero es un ejemplo claro de lo mencionado por Monsiváis: una figura reaccionaria y subersiva al mismo tiempo.

Laura León es similar en el hecho de que ella es siempre ella misma: no puede interpretar (aún intentándolo con vigoroso entusiasmo) a otro tipo de personaje. No es actriz, aunque funciona más como mujer espectáculo, impulsada por el carisma que siempre tuvo — aún desde sus comienzos, como asistente personal de Lucía Méndez a finales de los 70, y con su primer papel en telenovelas en 1981 como una de las rivales de la entonces virginal Christian Bach en ‘El amor nunca muere’, versión de Ernesto Alonso a ‘La mentira’, escrita por la incomparable Caridad Bravo Adams — en sustitución de la sensualidad que se fue con los años, pero que la puso en el mapa con aquellas cumbias sabrosas que cantaba, como ‘La abusadora’ y ‘Mi tesorito’ (que le valió el apodo que hasta hoy la distingue).

La ‘Tesoro’ no se toma a sí misma muy en serio, y eso mismo es lo que la ha hecho entrañable. Es política pero no politizada, es honesta, no pretenciosa. En telenovelas como ‘Dos mujeres, un camino’, ‘El premio mayor’ y ‘Mujeres engañadas’, ambas creaciones de su gran valedor, Emilio Larrosa, era la encarnación surrealista de la mujer sacrificada por el hombre en su vida, ya fuera por la infidelidad, la codicia o la mentira, y salía avante gracias a su voluntad y dosis inusitadas de suerte; heroína aspiracional y terrena, ha sobrevivido por cuatro décadas donde otras figuras no, a coste de no ser considerada “seria” o “prestigiada”, títulos que, francamente, le sobran, cuando solo necesita poner un pie en la calle para ser reconocida y vitoreada por los fans que tiene — de todos los estratos y sabores — que le manifiestan su amor incondicional, como a la Trevi.

Ahora, este es un caso especial. Carmen Salinas y Laura León son espontáneas, pero Gloria Trevi desde sus inicios tenía una maquinaria bien engrasada y sabía utilizar la estética kitsch y una ‘irreverencia’ impactante para crearse una imagen que fuera disonante con la de sus contemporáneas como Alejandra Guzmán — que provenía del privilegio, heredera de una dinastía, por lo que era de esperarse que hiciera con su vida lo que hizo — o Lucero (a quien irónicamente buscó doblar en un concurso, lo que dio inicio a su carrera), que también fuera lanzamiento de Sergio Andrade, y estaba comprometida con una imagen fresca, juvenil y divertida, que buscaba replicar a su vez el rol que en los 60 había jugado para la generación anterior Angélica María.

La apuesta de la intérprete de ‘Doctor psiquiatra’ y otras canciones igualmente emblemáticas y muy coreadas en sus conciertos pagó muy bien. Para la posteridad quedan momentos memorables, como aquella vez que, invitada a uno de los ‘Late Shows’ de Verónica Castro en 1991 se burló de Thalía y su rifirrafe con el intelectual Juan José Arreola al presentarse con un diccionario, para “entender muy bien de lo que me están hablando”, o su audacia al tener en ambas manos a Televisa y TV Azteca, deshojando la margarita por un contrato exclusivo, decidiéndose por la primera, lo que provocó la ira monumental de Paty Chapoy, haciéndola que ordenara a sus reporteros “¡Acaben con esa mujer!”, algo que tuvo muy largas consecuencias, incluso vigentes hoy.

La pasión que despierta Gloria Trevi en sus fanáticos — literalmente fanáticos — solo puede equipararse con la que sigue generando Juan Gabriel, aún después de muerto. Es un fervor casi religioso: ella ha sido perdonada por sus pecados y su mano es besada con un amor que trasciende incluso el raciocinio. Y ella sabe muy bien que esta corriente cultural de la que es estandarte no conoce barreras de clase ni de edad. Así como el Divo de Juárez demostró que en la tierra del machismo el gay es rey, la regiomontana es una diosa kitsch y sublime.

A mucha honra.

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