Entonces, ¿al final va a haber Juegos Olímpicos este verano o no?

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Photo by KAZUHIRO NOGI/AFP via Getty Images
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Decía Charles Dickens que el hombre es un animal de costumbres, que necesitamos agarrarnos a una rutina, a una previsibilidad, para sentirnos firmes en un mundo en esencia cambiante. Afianzar el simulacro de que todo seguirá siempre igual; que, de alguna manera, somos inmortales y no efímeros, como aseguraban los filósofos griegos. Tal vez por eso, por perpetuar la ficción de un mundo feliz y en paz, el calendario se llenó en la segunda mitad del siglo XX de eventos deportivos con una periodicidad marcada: cada dos años, mundial de atletismo, cada cuatro años, mundial de fútbol. En los años pares restantes, Eurocopa, y por supuesto cada año bisiesto, cada olimpiada, unos Juegos Olímpicos para celebrarla.

En estos tiempos en los que necesitamos agarrarnos a la firmeza del futuro puesto que el presente se tambalea, la pérdida de esos referentes nos inquieta. “Esto también pasará”, se repite todo el rato con razón, pero no tenemos esa fecha que nos tranquilice: no habrá Giro de Italia en mayo, no habrá Roland Garros en junio, no habrá Masters de Augusta, no habrá Eurocopa. Todo lo que era sólido para el aficionado, para quien se refugió en el deporte para huir de sus angustias, de repente se desvanece y solo quedan ansiolíticos en forma de calendarios disparatados: ligas que se anuncian para finales de abril, Champions que se preparan para principios de mayo... intentos un poco azarosos de calmar la ansiedad y el pánico.

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Entre tanta cancelación, queda aún viva la llama (nunca mejor dicho) de los Juegos Olímpicos de Tokio, que siguen programados para sus fechas iniciales del 24 de julio al 9 de agosto, es decir, dentro de poco más de cuatro meses. Es normal que la gente se pregunte si se van a celebrar o no porque raro es que solo un edificio se mantenga en pie en medio de un terremoto. Yo diría que no por varias razones: no está claro que el virus vaya a estar controlado en Japón para entonces y menos claro aún que lo vaya a estar en muchos de los países que más olimpistas mandan (China, Estados Unidos, España, Italia, Francia, Alemania...). Con todo, la mayor amenaza podría venir del hemisferio sur, donde, si se sigue la correlación aún no probada científicamente de “más frío-más casos”, podrían estar en pleno estallido durante sus meses de invierno. Eso implica a potencias como Australia y a prácticamente toda Sudamérica y determinados países de África.

Sin embargo, sorprende el empeño de los organizadores y del COI en mantenerse al margen de la realidad y hacerlo sin un atisbo de duda, como caballeros que temieran perder su honor. Más sorprenden aún los mensajes del COE como el de Alejandro Blanco de ayer: “Hay que luchar por que los deportistas puedan entrenarse”. No sé si es precisamente la lucha que más nos encumbe ahora mismo. No sé, siquiera, si conviene al deportista la imagen, de nuevo, de superhéroe ajeno a los problemas mundanos de la sociedad, que en estos momentos se resumen en luchar contra la muerte.

Se puede entender que alguien hable de “drama” para describir la situación de los deportistas olímpicos que llevan cuatro años luchando por un sueño y ven de repente que el sueño se esfuma... siempre que entendamos la palabra “drama” de un modo muy laxo, como la entendería un opositor frustrado. El resto de sus compatriotas, sinceramente, está a otra cosa. A proteger y a protegerse. Enviar el mensaje de que esto no va con los deportistas porque son de otra especie, una especie inmune e inmortal, o quejarse de que “no van a poder competir en condición de igualdad” con otros atletas (¿con quiénes, si medio mundo está en cuarentena, incluidas las universidades estadounidenses, los mayores centros de formación del olimpismo) no provoca empatía sino al contrario. Lo importante, se ve, no es ya participar sino participar a cualquier precio... y, por supuesto, ganar. El coronavirus no como tragedia sino como fastidio.

Y, con todo, supongo que sí, que podrían celebrarse. ¿Qué haría falta? Limpiar Japón de cualquier resto del virus y a continuación prohibir la entrada de los tres millones de aficionados del resto de países que han comprado entradas. Obligar a los participantes a estar en el país, en una especie de cuarentena, durante al menos un mes, para garantizar que no haya contagios internos, como proponía el historiador Fernando Arrechea.

Determinar un sistema de clasificación más o menos sensato que decida quiénes van a ocupar ese 40% aproximadamente de plazas olímpicas aún pendientes de pruebas preolímpicas y, por último, tener una fe irredenta en el destino, y en que nada vaya a pasar durante esos dieciséis días. Que las federaciones, los comités, las ligas profesionales que ven en el verano una posibilidad de recuperar sus ingresos perdidos, acepten ceder a sus estrellas, que dichas estrellas vean en el sueño olímpico una motivación suficiente como para enfrentarse con su pagador...

En resumen, hace falta un milagro. Si uno cree en los milagros, entonces la respuesta a la pregunta de este artículo sería “puede ser, quién sabe”. Si uno no cree en los milagros, no habrá más opción que reconocer que hasta 2021, de Juegos, nada. Y que tampoco es tan grave. Lo es para el COI y sus ingresos y para el Comité Organizador y su enorme agujero financiero. Pero para los demás, lo justo. Tan solo, ya digo, esa sensación de zozobra que produce la costumbre alterada, el cambio de paso. Un momento de vértigo, ya está, y luego, esperemos, la serenidad de nuevo.

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