Breakdance sí, fútbol sala no: por qué los Juegos Olímpicos aceptan unos deportes pero descartan otros

Luis Tejo
·7 min de lectura
Deportista de breakdance durante una competición.
Deportista de break dance durante un campeonato en Rusia en 2019. Quizás él mismo participe en París 2024. Foto: Sergei Savostyanov\TASS via Getty Images.

Anda el mundo del deporte un tanto inquieto con las últimas medidas adoptadas por el Comité Olímpico Internacional (COI) de cara a las próximas ediciones de los Juegos Olímpicos. Ayer mismo conocimos la noticia de que en París 2024 una disciplina tan atípica como el breakdance formará parte del programa. También supimos que el surf, la escalada deportiva y el skate, incluidos como novedad de cara a la edición de Tokio (la que iba a haber sido este verano y, en principio, se celebrará el que viene) se mantendrán de cara a la cita en la capital francesa.

Para muchos aficionados tal decisión resulta un tanto extraña de entender. No faltan quienes se quejan de que estas actividades no tienen la tradición deportiva suficiente y que hay otras que se lo merecen más. Abundantes críticos protestan por la ausencia de competiciones con más solera, como el karate (que sí estará en Tokio pero en París volverá a desaparecer) o el fútbol sala (que ni se le espera). O por qué de repente se decide eliminar pruebas con mucha historia como los 50 kilómetros marcha.

¿A qué se deben estas decisiones tan llamativas por parte del COI? ¿Es puramente al azar, por ir probando, sin más finalidad que experimentar y sin preocupación por si los seguidores llegan a enfadarse? ¿O hay algún criterio detrás que justifique medidas tan llamativas? Vamos a intentar comprender qué hay detrás de reajustes de tal calibre.

Lo primero que hay que tener en cuenta es que, mal que nos pese, no todos los deportes pueden estar en los Juegos Olímpicos. Hacer una selección e incluir solamente unos cuantos en el programa es imprescindible. El motivo fundamental es el económico: organizar unos Juegos es carísimo. Villa Olímpica, instalaciones de competición, personal contratado, logística e infraestructuras... son montones y más montones de dinero que, además, raramente consiguen encontrar rentabilidad. De hecho, el Comité apuesta por que se busquen fórmulas para reducir el número total de deportistas participantes (que es uno de los motivos por los que se ha eliminado la prueba de marcha de más larga distancia).

Por eso la organización tiene que ser muy cuidadosa a la hora de elegir qué incluye y qué no. Porque además es difícil que un deporte admitido salga del programa (salvo que tenga la categoría de “demostración”, un concepto que desapareció tras Barcelona ‘92, o de deportes añadidos específicamente para una edición en concreto, como el karate en Tokio). Pero puede ocurrir, como demuestra el hecho de que competiciones que tuvieron su lugar a principios del siglo XX, cuando el movimiento olímpico estaba naciendo, ya no caben. Aunque hoy nos suene increíble, en su momento los Juegos albergaban torneos de soga-tira, croquet (no confundir con cricket... aunque también este estuvo y ya no está), polo o motos de agua. La razón de que algo desaparezca es sencilla: o bien pérdida de interés popular, o bien la falta de una federación internacional reconocida.

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Se ha aprobado el programa de París 2024. Incluye estas características: 100 % de igualdad de género, cuatro deportes adicionales (skateboarding, escalada, surf y breakdance), eventos más orientados a la juventud, 10.500 atletas y 329 eventos.

Por otra parte, hay una distinción importante que hacer. Debe diferenciarse entre dos conceptos: “deporte” y “disciplina”. El primero es una categoría más general que depende de una federación concreta, mientras que la segunda alude a cada una de las modalidades dentro de este deporte. Para entendernos, como muestra, a efectos olímpicos existe un solo deporte, “natación”, bajo el que se agrupan el waterpolo, los saltos de trampolín y plataforma, la sincronizada y las carreras tanto de velocidad como de resistencia en piscina o en aguas abiertas. El número de deportes es creciente pero limitado en cada ocasión (actualmente se fija en 28). Esto es una fuente de conflicto porque a menudo el COI y las distintas federaciones no siguen los mismos criterios para distinguir entre deporte y disciplina.

Para que una actividad se incluya en los Juegos, ya sea como deporte o como disciplina, debe cumplir varios requisitos. Es imprescindible, por ejemplo, que se practique de forma reconocida al menos en 75 países de cuatro continentes, y que haya también categoría femenina en al menos 40 países de tres continentes. También están vetados los que se consideran actividades puramente mentales (motivo por el que el ajedrez está fuera) y los que impliquen propulsión mecánica, como todos los de motor. Se indica también que hay otros criterios, como “el respeto por la tradición olímpica” y “el valor y atractivo”, aunque son más subjetivos y se estudian caso por caso.

Hasta hace poco había una lista de 25 “deportes base” a los que añadir en cada edición tres extras, para llegar a un máximo de 28. Este sistema es el que se iba a aplicar en Tokio, pero entonces se optó por replantear el modelo y pasar a contar disciplinas, o más bien “eventos” (incluyendo todas distinciones y categorías por peso y sexo por ejemplo), más que deportes. Esto significa que en Japón habrá 33, con 50 disciplinas y 339 eventos, cifra de la que el COI, para futuras ocasiones, no pretende alejarse mucho. El país organizador tiene la potestad, siempre bajo la aprobación del Comité, de elegir qué incluye en cada edición más allá de los básicos; de ahí que Japón haya optado por el karate.

Más allá de eso, ¿qué razones se siguen para elegir unos u otros? Siendo malpensados podríamos insistir en que todo se reduce al dinero. Porque en el fondo es eso: los Juegos necesitan ser rentables, y para ello tienen que acercarse a los gustos de las nuevas generaciones. Se buscan actividades que tengan tirón comercial y que capten el interés de patrocinadores, medios de comunicación y público joven, que es el que a largo plazo puede mantener vivo el certamen. Para algunos quizás no sea lo más ortodoxo desde el punto de vista estricto deportivo meter el breakdance, la escalada o el surf, pero a la audiencia moderna le resultan más atractivas estas actividades que, por ejemplo, la lucha, que perdió su estatus de “deporte base” aunque de momento se sigue incluyendo en el programa como uno de los extras.

Un jugador brasileño de fútbol sala supera a la defensa española.
Partido de fútbol sala entre España y Brasil, dos de las selecciones más potentes del mundo. Foto: Quality Sport Images/Getty Images.

Luego hay casos especiales, como el del fútbol sala. Aquí surge un conflicto de intereses con la FIFA, que es la principal (aunque no la única) federación internacional que rige este deporte en el mundo. El problema es que en los Olímpicos todos los beneficios de los derechos televisivos y de cualquier otra consideración comercial se los queda el propio COI, y la FIFA no está dispuesta a renunciar a su parte del pastel. Para el fútbol-11 se llegó a la solución de compromiso de que fuera una selección sub-23 con un máximo de tres jugadores “adultos” de refuerzo. Una solución similar en la variedad de interiores reduciría muchísimo el atractivo y no convence a nadie.

En definitiva, a lo que aspira el COI es a modernizar sus Juegos para que los más jóvenes mantengan el interés en ellos y consuman su producto. Es, en el fondo, una estrategia comprensible de pura supervivencia. ¿Qué tal casa eso con el espíritu del barón de Coubertin y los demás fundadores del olimpismo moderno, su “lo importante es participar” y su amor por el deporte por puro afán de superación, sin más pretensiones que el disfrute y con el único objetivo de la gloria y el honor para los campeones? En pleno frenético, hipertecnológico y neoliberal siglo XXI, quizás quede algún despistado por ahí que recuerde esos idealismos trasnochados. Si alguien le conoce, que nos avise.

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