Dejad a Kobe Bryant descansar de una vez en paz

Guillermo Ortiz
·5 min de lectura
LOS ANGELES, CALIFORNIA - JANUARY 31:  The Los Angeles Lakers honor Kobe Bryant and daughter Gigi by covering the courtside seats they occupied with flowers, Gigi's #2 Mamba jersey and Kobe's #24 jersey before the game against the Portland Trail Blazers at Staples Center on January 31, 2020 in Los Angeles, California. (Photo by Kevork Djansezian/Getty Images)
Photo by Kevork Djansezian/Getty Images

Con apenas dos segundos y medio por jugarse del tercer partido de la final de conferencia entre los Denver Nuggets y Los Angeles Lakers, Anthony Davis recibió tras bloqueo y lanzó un triple sin pensárselo dos veces con su equipo un punto abajo. Mientras la pelota volaba, gritó: “¡Kobe!” y al ver que entraba, le inundó una sensación, compartida con varios de sus compañeros, de que el propio Kobe había llevado el balón a la cesta. La épica del momento podía justificar la exageración. LeBron James lleva todo el año así y en su caso la explicación puede ser puramente sentimental: Kobe sí era una referencia personal para él. Es normal que le recuerde con un punto místico.

Otra cosa es utilizar a Kobe para todo. Tiene un punto sucio, casi. Necrófilo, diría. La muerte de Bryant fue un varapalo descomunal para todos los que crecimos con él y más aún para la liga que se nutrió de su estrellato durante dos décadas. Es razonable que el shock continúe y más aún en condiciones tan especiales como la de este año. Ahora bien, todo tiene su límite: tras el segundo partido de la final contra los Miami Heat, la cuenta oficial de Twitter de los Lakers comentaba la circunstancia de que LeBron James había anotado el punto 81 del equipo vestido con la camiseta “Mamba” (una edición especial en homenaje a Kobe) justo cuando quedaban 8:24 para el final del último cuarto.

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No todo lo que sucede en una pista de baloncesto tiene que ser un homenaje a Kobe Bryant ni un acto místico del propio Kobe desde más allá. Todo esto de la “narrativa Kobe” resulta excesivo y hasta incómodo: parece que nos obliga a recordar que hubo jugadores de baloncesto maravillosos antes que Bryant y que los hay ahora y los habrá en los próximos años. Que infinidad de jugadores profesionales son capaces de recibir y anotar en el último segundo de un partido o que siempre va a suceder algo, lo que sea, cuando queden 8:24 para el final de algún cuarto. Este empeño en reducir todo a Kobe no consigue agrandar más su legado sino hasta cierto punto empequeñecer lo que está sucediendo en el presente: la final no la está jugando el equipo que ganó cinco anillos con Kobe sino el equipo de LeBron James, Anthony Davis y compañía. Centrémonos en eso y luego adornemos con lo que nos dé la gana.

Otra cosa es que haya que “vender el muñeco”, como decía Andrés Montes, y no encontremos más reclamo. Hasta que apareció Jimmy Butler para llevarse por delante todo lo que hiciera falta en el tercer partido, la verdad es que estas finales no parecían las más entretenidas de la historia. Si al menos esto hubiera sido un Lakers-Celtics podríamos tirarnos días hablando de Bird y Magic, de Wilt Chamberlain y Bill Russell. En una final Lakers-Heat, y con la pinta que traía la cosa, quizá sea normal que la NBA y los medios que cubren su actualidad se vean obligados a recurrir a aspectos extradeportivos. “Normal” no significa en absoluto “deseable”.

Si todo el tiempo que hemos gastado estos días en recordar a Kobe Bryant lo hubiéramos dedicado a analizar la magnífica defensa en zona de Eric Spoelstra, la variedad de recursos con Butler en la posición de base o los problemas de los Lakers en el lanzamiento exterior cuando no pueden correr a gusto, quizá el tercer partido no nos habría pillado también de sorpresa. Para eso tendríamos que estar en el presente y no en un continuo pasado heroico. Pocas ligas cuidan su historia como la NBA, que aún mantiene a Jerry West como “logo”, y pocas tienen esa voluntad de unidad, de fraternidad, por la que incluso los que se odian a muerte en el fondo se respetan y forman parte de una misma cosa. Una familia.

Ese esfuerzo de David Stern sobre todo a partir de finales de los ochenta (si la polémica Isiah Thomas-Michael Jordan sigue dando titulares es porque probablemente haya sido la última como tal entre dos campeones indiscutibles) ha calado hondo, de manera que cada superestrella de un equipo acaba en el fondo siendo la superestrella de todos. Todos, por tanto, aman a Kobe, todos fueron compañeros suyos, todos le admiraron... Me sigue pareciendo excesivo. Me sigue pareciendo que hablamos de un jugador de baloncesto, sin más. No de un superhéroe sino de un enorme competidor que triunfó en su profesión gracias a su talento y su innegable carisma. Un hombre que sabía que el baloncesto estaba por encima de sus protagonistas y que perdía poco tiempo en tonterías. Un rancio, en ocasiones, obsesionado como estaba en la victoria.

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Cada vez que estos Lakers o la liga o los medios rinden un homenaje en falso a Kobe, con mejores o peores intenciones comerciales, ceden parte de ese protagonismo no en beneficio de juego sino de algo que no sabemos muy bien qué es. Idolatría, quiza. Corre por las redes estos días una rueda de prensa de Bryant totalmente inexpresivo después de ganar un partido de las finales de la NBA. Cuando le preguntan por qué viene a decir que aún no se ha ganado nada, que el título se lo dan al que gane cuatro partidos. Quizá, entonces, sí tendrá sentido un tributo en toda regla. Entonces. Después de la cuarta victoria en la cuarta eliminatoria de play-offs. Todo lo de antes a Kobe le provocaría un aburrimiento supino.

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