Kyrie Irving, Dominic Thiem y la rebelión de los multimillonarios

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Photo by Matteo Marchi/Getty Images
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El miedo es libre pero, sobre todo, es caro. No es de extrañar que, en las grandes ciudades, el virus se haya cebado en los barrios más humildes. Allí es donde la gente no puede elegir si trabaja desde casa o no y desde luego no puede elegir si trabaja, en general. Cumple órdenes bajo todos los estados, incluido el de alarma. El mundo del deporte profesional, por glamuroso que parezca, no es ajeno a estas cuestiones humanas. El miedo está ahí y junto al miedo, el egoísmo, el “sálvese quien pueda”. El problema es cuando tu compañero, tu rival, no pueden permitirse ese miedo ni ese ego: tienen que seguir produciendo pase lo que pase.

Por ejemplo, la NBA lleva unos cuantos días alterada por la aparición de un fenómeno llamado “la resistencia” y encabezado por Kyrie Irving. Para quien no lo conozca, Kyrie Irving es una de las mayores estrellas de la liga, campeón de la liga junto a LeBron James en 2016 frente a aquellos imbatibles Golden State Warriors y firme defensor de que la tierra es plana. A su triple en el séptimo partido de aquella final le debemos en gran parte que Michael Jordan decidiera dar luz verde al proyecto “The last dance”. Era todo lo que necesitaba para sacar una serie de diez horas sobre su grandeza.

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En fin, Irving parece estar actuando en la sombra para evitar que sus compañeros vayan a Orlando y acaben la temporada de la NBA. Le parece peligroso y racista. La combinación de aspectos puede parecer algo sorprendente pero supongo que viene a decir algo así como “nos llevan ahí a los negros a hacer de conejillos de indias”. Dwight Howard, pívot de los Lakers, se manifestó en términos parecidos: “Lo importante es la comunidad”. El problema es que Irving y Howard han ganado muchísimo dinero en su carrera, una carrera que en el caso de Howard está dando sus últimos coletazos. Otra cosa es lo que piensen jugadores más jóvenes con necesidad de ganarse un buen contrato y que además entienden que negarse a jugar ahora podría estigmatizarles en el futuro frente a los propietarios.

Curiosamente, ninguno de estos jóvenes se ha pronunciado al respecto. Se filtró que Jayson Tatum estaba pensándose el asunto, pero Tatum sabe que es tan bueno que no sufrirá represalia alguna. En realidad, el que ha puesto voz a todos los que no pueden elegir en estas circunstancias es Ed Davis, el jugador de los Utah Jazz: “Es fácil para Howard decirnos que no juguemos desde su mansión de 20 millones en Atlanta”, afirmó el veterano pívot. Exacto, es fácil. Para el “rookie” que no sabe si tendrá una oportunidad el año que viene no lo es. Para el jugador de banquillo que teme que le corten en cualquier momento y tenga que buscarse la vida en la liga china o la coreana o la australiana, tampoco.

Y el asunto es que, como sucede en el resto de la sociedad, el deporte profesional está formado por un 1% de estrellas, otro 20% de talentosos jugadores que se ganarán la vida con lo suyo pase lo que pase... y un 79% de curritos. La rebelión de los multimillonarios les deja en una posición precaria: si no se juega este año, ¿quién garantiza que se vaya a jugar el que viene? Hablamos de un gremio en el que se gana mucho dinero, pero en el que el número de jugadores que acaban en la bancarrota a los cinco años de retirarse es inmenso. Cada dólar, para ellos, cuenta. Y para vender ese producto a los medios, a los patrocinadores, etc. necesitan a los Kyrie Irving, quien, por cierto, al estar lesionado, puede quedarse en su casa y seguir cobrando como si nada.

Algo parecido se respira en el mundo del tenis. El primero en mostrar sus prioridades fue Dominic Thiem, al principio de los confinamientos, cuando Djokovic y Federer propusieron un fondo común para ayudar a los jugadores más modestos y dijo bien claro que con él no contaran. No sé hasta qué punto las motivaciones de Thiem tienen que ver con el miedo o con su ausencia. Lleva dos semanas jugando exhibiciones por su país y otras zonas colindantes, como Serbia. Cuando parecía que el US Open y Roland Garros iban a solaparse en el calendario, afirmó que su prioridad era la tierra batida mientras su preparador físico insistía en que las condiciones de seguridad no eran dignas de un gran profesional.

Puede que el nuevo cambio de calendario de la ATP, que mantiene el torneo de Nueva York en agosto-septiembre y traslada el de París a finales de septiembre, principios de octubre, cambie las cosas, pero extraña la poca voluntad que habían mostrado la mayoría de estrellas europeas a la hora de desplazarse a Estados Unidos y tener que plegarse a las medidas de seguridad que exige dicho país. Estamos en el mismo caso que el del baloncesto profesional: Thiem puede priorizar Roland Garros, igual que Nadal. Zverev y Djokovic pueden no estar muy contentos con tanto protocolo y tanta historia o pueden tener miedo de pisar el epicentro mundial de la pandemia... pero, ¿puede permitirse eso Jaume Munar? ¿Puede el propio mundo del tenis como industria permitirse el desaire a uno de sus cuatro pilares y a una federación como la USTA que depende de Flushing Meadows para poder seguir sacando jugadores de su cantera?

En definitiva, frente a la anuencia casi unánime de futbolistas y ciclistas, se ve que hay otras disciplinas donde negarse a trabajar no parece tan importante. No es que no les entienda. Yo también me quedaría en mi mansión si tuviera la opción y no me arriesgaría a un contagio, una lesión o un mal resultado por no poder contar con mi equipo habitual de preparadores y técnicos. Seguro que también lo harían Munar o Millman o el propio Ed Davis. Pero no podemos. Y en esa tensión entre lo que es seguro hacer y lo que no queda más remedio que hacer se puede estar decidiendo una industria multimillonaria que lleva meses y meses perdiendo un dinero que no se sabe si se podrá recuperar nunca.

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