La absurda teoría conspirativa que está logrando que los antimascarillas ahora usen cubrebocas

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Una cantidad importante de personas se ha resistido a utilizar mascarillas para protegerse del contagio del covid-19 y otras optan por no vacunarse, todo ello por una variedad de razones que van desde cuestiones religiosas, desinformación sobre los verdaderos efectos de las vacunas y distorsiones políticas (como las que sucedió por la minimización de la pandemia protagonizada por Donald Trump).

Numerosas teorías conspirativas han surgido desde que surgió la pandemia a principios de 2020, y varias han sido punzantes obstáculos para proteger la salud individual y pública del covid-19 y, recientemente, para lograr la inmunización de ciertos grupos de personas.

Un opositor al uso de mascarillas con un cobrebocas recortado a modo de protesta. (Photo by Hollie Adams/Getty Images)
Un opositor al uso de mascarillas con un cobrebocas recortado a modo de protesta. (Photo by Hollie Adams/Getty Images)

Pero, en una situación que redobla el absurdo, una reciente teoría conspirativa en relación a las vacunas contra el covid-19 y las personas inmunizadas estaría logrando lo que para muchos parecía impensable: que las obstinadas personas opuestas al uso de mascarillas, de las que muchas tienden también a ser contrarias a la vacunación, decidan finalmente utilizar cobertura facial.

Según el relato de Vice, una teoría conspirativa reciente alega falsamente que las personas vacunadas “esparcen” proteínas a las personas no vacunadas, causándoles efectos negativos, por ejemplo desórdenes en la menstruación e incluso infertilidad o abortos. Aunque ello carece de fundamento, esa noción fue esgrimida, por ejemplo, por una escuela privada en Florida que “prohibió” a sus maestros vacunados estar en contacto con los estudiantes.

Esa falsedad, pese a que es científicamente imposible y ha sido ampliamente desacreditada, ha resultado persistente entre las personas opuestas a la vacunación y, curiosamente, estaría motivando a muchos que se han opuesto al uso de mascarillas y al distanciamiento social a optar por llevar cobertura facial y a mantenerse apartadas de otras personas.

En su torcida lógica, el uso de mascarillas sería una protección contra las ominosas proteínas que, según la teoría conspirativa, esparcen las personas vacunadas. Todo ello es un desatino, en principio por que las personas vacunadas no esparcen tales proteínas ni representan peligro alguno para los no vacunados, y también porque la creencia de que las mascarillas les protegen contra esas inexistentes proteínas refuta falacias que han sido fundamentos de quienes se han negado a usar cobertura facial, por ejemplo, que las mascarillas en realidad son inútiles para frenar el virus, que les coartan sus libertades o que, de plano, el covid-19 no existe y por ello no habría necesidad de usar mascarilla alguna.

En ese contexto, si las mascarillas protegiesen contra tales proteínas provenientes de los vacunados, eso significaría que también protegerían contra el coronavirus; si el uso de mascarillas protectoras es ahora una opción que no vulnera las libertades tampoco las habría vulnerado antes; y si el covid-19 no existe, tampoco existirían proteínas dañinas esparcidas por personas vacunadas contra esa enfermedad.

Esa cadena de absurdos muestra la laberíntica distorsión que domina a muchos de quienes creen en esas teorías conspirativas, con una vehemencia que incluso los lleva a postular lo que antes rechazaban o consideraban impensable: el uso de cobertura facial y el distanciamiento social.

Y, por añadidura, algunas personas que creen en la teoría conspirativa sobre las proteínas esparcidas por las personas vacunadas creen que esa situación es permanente, lo que sugiere que los antimascarillas y antivacunas, que son una minoría, tendrían que llevar indefinidamente la cobertura facial que antes tanto rechazaron.

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Otros, señala Vice, postulan ideas tan absurdas científicamente como antisociales: por ejemplo, colocar en cuarentena a las personas vacunadas, es decir a una porción mayúscula y creciente de la población (actualmente un 47% de los estadounidenses ha recibido al menos una dosis).

Y otros le han visto el lado lucrativo a esas falsedades, al promover y vender cierto tipo de mascarillas como las que “verdaderamente” pueden proteger de las ominosas proteínas.

Podría decirse cínicamente que, al final, lograr que esas personas antimascarillas finalmente la usen es ventajoso para todos, aunque sea por las razones equivocadas. Con todo, la difusión y el respaldo a teorías conspirativas y otras falsedades es en general negativo para la sociedad.

Con todo, hay personas que con o sin esas teorías siguen rechazando el uso de mascarillas y el distanciamiento social, lo que las pone en mayor riesgo y, si contraen el covid-19, se convierten en riesgo para los demás. A muchos de ellos, presumiblemente nada los convencerá de que usar mascarillas es útil y conveniente y seguirán oponiéndose a ello tanto como puedan.

La realidad es que las vacunas, la cobertura facial y el distanciamiento social son armas formidables contra el covid-19 y han sido de meridiana importancia en la disminución de la pandemia que, de acuerdo a las tendencias a la baja en número de casos registrados de contagios, hospitalizaciones y muertes, actualmente se experimenta en Estados Unidos.

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