La estrella del fútbol que lleva 37 años en coma

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Jean-Pierre Adams (izquierda) jugando con la selección francesa en los '70. Foto: Universal/Corbis/VCG via Getty Images.
Jean-Pierre Adams (izquierda) jugando con la selección francesa en los '70. Foto: Universal/Corbis/VCG via Getty Images.

La medicina es una profesión muy difícil. Para llegar a ejercerla hacen falta años y más años de estudio que ni siquiera terminan al concluir la carrera, puesto que no dejan de hacerse descubrimientos que obligan a estar siempre actualizado. Además hay que ser extremadamente preciso, porque en esta arte, más que en ninguna otra, un error puede tener consecuencias terribles para la vida de otras personas.

Tanto es así que una metedura de pata, algo que en otro trabajo se saldaría con un par de reproches y un “ya lo arreglaré luego”, aquí tiene categoría de negligencia. Es decir, de delito. Y no solo supone una condena, sino que además el cargo queda toda la vida sobre la propia conciencia.

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Bien lo sabe la anestesista que participó el 17 de marzo de 1982 en la intervención quirúrgica de Jean-Pierre Adams. En el quirófano se iba a practicar una intervención menor, tratar una rotura de ligamentos en una rodilla. Pero algo falló, se generó un broncoespasmo y el cerebro de Adams se quedó durante un tiempo sin oxígeno, haciéndole sufrir un infarto y caer en un coma del que aún no ha despertado. Anteayer, 7 de julio, su estado vegetativo, que ya dura más de 37 años, se convirtió en el tercero más largo documentado en toda la historia, el primero si contamos solo varones.

La noticia conmocionó a medio mundo, porque Adams no era un personaje más. Se trataba entonces de uno de los futbolistas más destacados de Francia. Defensa central de élite, titular habitual en equipos poderosos como el Niza o el PSG, incluso había sido internacional hasta 22 veces, aunque en aquellos tiempos les bleus eran más débiles que ahora y no llegó a participar en ningún Mundial ni Eurocopa.

Adams había nacido en 1948 en Senegal, entonces todavía colonia francesa en el oeste de África. A los diez años se marchó con su abuela a la metrópoli, concretamente a Montargis, una localidad cercana a Orleáns, con la excusa de un peregrinaje a un santuario católico, ya que la familia era muy devota, pero aprovecharon y se quedaron allí ante las perspectivas de un mejor futuro. La abuela le internó en un colegio de la ciudad hasta que una familia francesa le adoptó y le permitió empezar una nueva vida.

Pronto el joven y corpulento Jean-Pierre empezó a jugar en equipos de fútbol locales y a destacar como centrocampista, hasta el punto de que un grande como el Nimes se fijó en él y le permitió debutar en la élite. Reconvertido a defensa central, siguió creciendo, fichó por el Niza y se convirtió en uno de los mejores del país; en 1972 se le abrieron las puertas de la selección, en la que se asentó junto al guadalupano Marius Trésor en una línea defensiva que, en el poco políticamente correcto lenguaje de la época, se vino a llamar la Guardia Negra. Ambos rompieron barreras al estar entre los primeros jugadores de su raza en ser convocados.

A finales de los ‘70 ya pasaba de los 30 años pero se resistía a la retirada. Tras una etapa en el PSG, entonces un club recién nacido que luchaba por consolidarse, siguió jugando en clubes inferiores como el Mulhouse o el Chalon. Tantos años de fútbol, de sobreesfuerzos físicos, le habían pasado factura y su rodilla renqueaba. Tenía ya la vida resuelta, pero quería seguir con su pasión. Por eso, aunque ya estaba preparándose para ser entrenador, se decidió a operarse aquel ligamento para poder seguir en activo alguna temporada más, tras el consejo de un doctor que le aseguró que iba a ser una intervención muy sencilla.

Quiso la mala suerte que el día que tenía programada su cirugía en el hospital Édouard Herriot de Lyon hubiera huelga y el centro estuviera funcionando con personal en prácticas. La anestesista, durante el juicio que se celebró años después, reconoció que no estaba capacitada aún para hacerse cargo de la tarea; de hecho, uno de los tubos que le colocó, en lugar de suministrar aire a sus pulmones, lo que hizo fue bloquear las vías respiratorias, motivo por el que se desencadenó la catástrofe posterior. La operación no era ni mucho menos urgente, podría haberse retrasado a otro día sin problema alguno, pero Jean-Pierre, confiado en que no revestía grandes complicaciones, quiso quitársela de encima cuanto antes.

Adams (izquierda) junto a Trésor en un partido de la selección francesa. Foto: Universal/Corbis/VCG via Getty Images.
Adams (izquierda) junto a Trésor en un partido de la selección francesa. Foto: Universal/Corbis/VCG via Getty Images.

Adams nunca llegó a despertarse. Pasó quince meses más en el hospital hasta que su esposa, Bernadette, decidió llevarle a casa y encargarse ella de cuidarle, desoyendo el consejo de las autoridades que recomendaban meterle en un asilo para ancianos. Desde entonces el antiguo futbolista permanece postrado en una cama, capaz únicamente de abrir y cerrar los ojos y de tragar la comida triturada que ella le prepara.

La pareja se había casado en 1969, tiempos convulsos en la Francia de De Gaulle en los que un matrimonio interracial no estaba demasiado bien visto. Ella, blanca, tuvo que lidiar con la presión social y la hostilidad de sus padres, pero el carácter alegre de Jean-Pierre acabó por convencerles para que le aceptaran en la familia. Tuvieron dos hijos.

Hoy Bernadette se dedica por entero a los muy costosos cuidados de Jean-Pierre, tras ganar una larga batalla judicial que le permitió recibir una indemnización. Lo que más le duele, sin embargo, es que el hospital nunca se disculpó. En su momento nadie les dijo que lo más razonable era retrasar la operación que ha dejado a su marido prácticamente inerte. Ella, sin embargo, sigue pendiente de él, le lava, le afeita, le da de comer, le mueve con ayuda de un fisioterapeuta. Y le habla. Mucho, sobre todo tipo de temas, de forma casi constante. Desconoce si él llega a enterarse de algo, si su cerebro dañado es capaz de procesar la información aunque no responda. Pero no pierde la esperanza, cada vez más improbable pero aún viva, de que algún día despierte.

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