La fascinante historia de la colonia de hormigas que sobrevivió sin reina ni presas en una base nuclear soviética desmantelada

Primer plano de la colonia, en la parte superior junto a la pared se aprecia un cementerio de hormigas. (Crédito imagen Rutkowski et al. <i>Journal of Hymenoptera Research</i>).
Primer plano de la colonia, en la parte superior junto a la pared se aprecia un cementerio de hormigas. (Crédito imagen Rutkowski et al. Journal of Hymenoptera Research).

En los bosques del oeste de Polonia, cerca de la frontera con Alemania, los soviéticos construyeron en la década de los 60 una base militar que emplearon como almacén de armas nucleares.

La caída del muro de Berlín, que supuso el fin de la guerra fría y la desintegración del bloque de repúblicas socialistas del este de Europa, provocó el abandono de la instalación en 1992.

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Desde entonces, la única utilidad de la base parecía ser la de dar refugio a los murciélagos de la zona, que consideraban aquellas cuevas subterráneas hechas por el hombre un buen lugar para pasar el invierno.

Fue precisamente el interés por estos quirópteros lo que provocó la visita a la base de un grupo de investigadores en 2016, deseosos de observar el estado de la colonia de murciélagos durante el invierno. Lo que descubrieron fue algo diferente, aunque en cierto modo mucho más interesante: una colonia de hormigas rojas de la madera (Formica polyctena)  compuesta por millones de obreras que de algún modo se las apañaban para sobrevivir sin reina (y por tanto sin reproducción) y aparentemente sin ninguna fuente de alimentación más allá de algún cadáver ocasional de roedor o de murciélago.

Examinando el bunker abandonado descubrieron el origen de la colonia. Abierto en el techo de un punto dado de la base subterránea, un conducto de ventilación conectaba una tubería metálica con la superficie del bosque. Ya fuera de la base, descubrieron un enorme montículo de tierra fabricada por una colonia de hormigas. Y sí, el hormiguero estaba situado justo encima del extremo exterior del respiradero que habían observado abierto en el techo del bunker. Con el paso de los años, el conducto metálico se oxidó y agujereó abriendo una trampa al inframundo.

El conducto de ventilación, la entrada al inframundo. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - <i>Journal of Hymenoptera Research</i>)
El conducto de ventilación, la entrada al inframundo. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - Journal of Hymenoptera Research)

Quedaba claro que las desventuradas hormigas del interior de la antigua base militar caían desde el techo, tras dar un mal paso desde el hormiguero situado inmediatamente en el nivel superior.  Una vez sobre el húmedo suelo de la vieja instalación militar, a oscuras y sin forma de poder acceder al húmedo conducto por el que se habían precipitado, las desventuradas hormigas tenían que adaptarse si querían sobrevivir. Y lo consiguieron.

En aquella primera inspección, los científicos estimaron el tamaño de la “disfuncional colonia” en varios cientos de miles de obreras, tal vez cerca de un millón. Escribieron además que a pesar de que las hormigas se diseminaban por el suelo y paredes de la base, no eran capaces de caminar sobre el techo por el que asomaba el conducto de ventilación, su único punto de escape.

Observaron así mismo que no había huevos, larvas o reinas en el bunker, por lo que la colonia no podía reproducirse. A pesar de esto la población continuaba creciendo debido a la caída constante de congéneres desde el activo hormiguero de superficie.

Vista exterior del montículo del hormiguero construido sobre el tubo de ventilación. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - <i>Journal of Hymenoptera Research</i>).
Vista exterior del montículo del hormiguero construido sobre el tubo de ventilación. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - Journal of Hymenoptera Research).

Como os había mencionado antes, no había nada que llevarse a la boca allí abajo, salvo claro está, otros congéneres… por lo que los científicos especularon enseguida con la posibilidad de que la supervivencia dependiera del canibalismo.

Tras el descubrimiento de la colonia, el bunker se convirtió en un punto de peregrinaje de entomólogos, fascinados con la situación y deseosos de aprender sobre los hábitos de supervivencia de las obreras aisladas. Durante varios años, se hizo un seguimiento de la situación, y se observó que la colonia atrapada seguía creciendo en número a pesar ed la falta de luz, calor y una fuente clara de nutrientes.

Se sabía que en tiempos de escasez, esta especie europea de hormiga roja de la madera puede consumir los cuerpos de sus congéneres, muertos durante las campañas territoriales contra otras colonias

Para confirmar las sospechas, los investigadores examinaron cuidadosamente 150 cuerpos de hormigas muertas. El equipo descubrió que prácticamente todos los cuerpos (aproximadamente en el 93%) mostraban agujeros de roído, así como marcas de mordisco. A la vista de las señales claras de consumo en masa de cadáveres, quedó claro que la supervivencia de las hormigas atrapadas se basaba en el consumo de congéneres muertos.

¿Pero sabéis que la historia tiene un final feliz? En una de las visitas los investigadores colocaron un poste de madera que conectaba el suelo del bunker con el conducto de ventilación. Durante los cuatro meses siguientes, casi todas las hormigas atrapadas habían escapado a la seguridad del hormiguero.

Poste colocado por los investigadores como vía de escape para la colonia atrapada. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - <i>Journal of Hymenoptera Research</i>).
Poste colocado por los investigadores como vía de escape para la colonia atrapada. (Crédito imagen: Rutkowski et al. - Journal of Hymenoptera Research).

No sé qué pensaréis vosotros, pero para mí esta historia es claramente la versión en hormiga de “Viven”. Nunca creí que pudiera empatizar con una colonia de hormigas polacas. ¡Ver para creer!

Podéis leer el trabajo realizado por el equipo polaco de investigadores en Journal of Hymenoptera Research.

Me enteré leyendo LiveScience Science Alert.

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