La imagen de Barcelona ardiendo se ha visto antes, pero no así

Anoche, en el tercer día de disturbios en Barcelona tras la sentencia del procés, el presidente de la Generalitat, Quim Torra, realizó una declaración institucional en la que desvinculó la violencia en las calles del independentismo asegurando que “no tenemos que dejar que los infiltrados y provocadores nos aparten del buen camino”. Y en la tercera noche de mobiliario urbano destrozado, calles en llamas y cargas policiales, es inevitable recordar que la imagen no es nueva. Más grave y preocupante, sí, pero no nueva. Otras protestas anteriores a las que se viven en la actualidad ya dejaron escenas similares.

Por tercera noche consecutiva, Barcelona arde. (Foto: AP Photo/Bernat Armangue)
Por tercera noche consecutiva, Barcelona arde. (Foto: AP Photo/Bernat Armangue)

Hace ya diez años de aquella manifestación que se desencadenó en el centro de la Ciudad Condal como reacción al desalojo de 53 personas que se habían encerrado en la Universidad de Barcelona para protestar contra el plan Bolonia. Miles de personas se echaron a la calle en una concentración sin autorización que, como recogía TVE, acabó con enfrentamientos entre los Mossos, la Guardia Urbana y los participantes. En total, 24 estudiantes y 32 agentes tuvieron que ser atendidos por diversas heridas.

Desplázate para ir al contenido
Anuncio

Unos meses después, en La Razón, publicaban un extenso reportaje sobre cómo Barcelona se había convertido en la capital de los jóvenes antisistema, a los que se acusaba directamente, citando fuentes policiales, de ser la chispa que hace prender la mecha de la violencia callejera. “Es indiferente que sea un homenaje a una colaboradora de ETA, una celebración del Barça o una cumbre de jefes de Estado. Siempre la lían”, se podía leer en el texto.

Un argumento que resulta recurrente cuando se producen este tipo de actos en Barcelona. En 2010, la huelga general convocada en 29 de septiembre acabó con 17 detenidos y varias decenas de heridos en una jornada ajetreada para las fuerzas del orden público. Los disturbios más graves se produjeron por la tarde, cuando un grupo de radicales aprovechó la manifestación convocada por los sindicatos mayoritarios para, como se dice vulgarmente, ‘liarla’. Volaron piedras y pelotas de goma y ardieron contenedores. Los culpables, según la policía, fueron grupos que, otra vez, “actúan al margen de la protesta y la aprovechan para generar violencia”.


Dos años después, otra huelga general y misma imagen de Barcelona ardiendo con columnas de humo elevándose sobre la ciudad. Cuentan las crónicas de entonces que ardieron 200 contenedores. También una cafetería.

La sensación que se extiende es la de que cuando se convoca una marcha en Barcelona, ya sea contra una sentencia judicial como es el caso, como condena a la muerte de un adolescente apuñalado en Madrid -como ocurrió en 2007 tras el apuñalamiento de Carlos Javier Palomino- o por otro joven muerto en Atenas a manos de la policía -sucedió en 2008-, existe el riesgo de que acabe en enfrentamientos entre agentes y manifestantes con el mobiliario urbano como objeto de destrucción y la carga policial como medida de disolución. Lleva pasando años y la imagen es recurrente.

En muchos de los casos los antisistema son colocados en el ojo del huracán como responsables. Ayer mismo Crónica Global de El Español publicaba una noticia en la que se señalaba a “entre 400 y 500 antisistema, de procedencia geográfica e ideológica diversa, con técnicas de guerrilla y que se apuntan a cualquier tipo de movilización” como los causantes de alentar y provocar las acciones que están haciendo arder Barcelona esta semana.

El historial de este tipo de incidentes en la Ciudad Condal es largo y viene de lejos. En 2011, en pleno movimiento del 11M, la Plaza de Cataluña, epicentro de las protestas barcelonesas, vivió un duro enfrentamiento entre los Mossos y los llamados ‘indignados’ cuando se procedió al desalojo de la zona en la que llevaban días acampados. Eso fue en mayo. Un mes después, Artur Mas, presidente de la Generalitat en aquel momento, tuvo que salir en helicóptero del Parlament tras el asedio sufrido en torno al edificio.

Barcelona arde, la violencia se ha instalado en las calles y, aunque no es la única ciudad en la que las protestas tienen probabilidades de degenerar en disturbios callejeros -Madrid, por ejemplo, cuenta con su propio historial en este sentido-, lo cierto es que llueve sobre mojado. Y es que cualquier congregación parece ser susceptible de convertirse en una batalla campal. Lo mismo da que sea la celebración del triplete del Barcelona, que se saldó en 2009 con 153 detenidos y daños valorados en casi 100.000 euros- que la del Consejo de Ministros en diciembre de 2018, cuando la situación política era similar a la actual pero aún sin sentencia y la tensión iba en aumento.

Si se echa la vista atrás se confirma esa sensación de que las imágenes vistas estos días en Barcelona no son nuevas, pero sí son más graves. Ya son tres las jornadas de violencia, no hay señales de que la situación vaya a calmarse en un corto periodo de tiempo y hasta ahora, pese a incidentes previos, desobediencia y hechos aislados, el independentismo se había caracterizado por marchas generalmente pacificas. El clima de tensión generalizada existente y la realidad de que la situación está tan enconada que urge una rápida solución en la que colaboren todas la partes implicadas.

Otras historias