La pandemia acelera el avance de la tecnología pero reaviva el debate sobre la privacidad

Jaime Quirós
·4 min de lectura

La pandemia ha generado la urgencia de emplear todos los instrumentos a nuestra disposición para frenar la propagación del virus. La tecnología se ha posicionado como una de nuestras mejores armas, como las aplicaciones para rastrear infectados, que han demostrado ser indudablemente útiles. Pero las soluciones tecnológicas también han hecho que se ponga el foco en el tema de la privacidad, que se desdibuja al mismo tiempo que la inteligencia artificial conquista nuestras vidas.

Podemos mirar la crisis como motor de la invención, sobre todo si pensamos en el teletrabajo o en el comercio electrónico, en los que se han implantado mecanismos tecnológicos a marchas forzadas, pero la cuestión va más allá. Básicamente, el futuro que imaginábamos dentro de una década o dos está ocurriendo ahora mismo. El presente va a una velocidad inimaginable, acelerado por la pandemia, que nos hace vivir situaciones que parecen sacadas de ficciones distópicas.

La crisis de la Covid-19 ha servido para acelerar la tendencia del uso de la inteligencia artificial y el auge del big data. Lo que empezó en la economía de los pequeños trabajos ahora ha llegado a las oficinas, escuelas, universidades y empresas de servicios profesionales. El mundo está actualmente fascinado por las soluciones o herramientas que ofrece la tecnología para una situación como esta.

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La crisis de la covid-19 ha servido para acelerar la tendencia del uso de la inteligencia artificial y el auge del <em>big data</em>. Foto: Getty Creative.
La crisis de la covid-19 ha servido para acelerar la tendencia del uso de la inteligencia artificial y el auge del big data. Foto: Getty Creative.

Israel fue uno de los primeros en implantar la tecnología para intentar tener un mejor control sobre las zonas de contagio y sobre los contactos con otros infectados a través de los smartphones de los ciudadanos. La aplicación en cuestión se llama Hamagen, que vendría a traducirse como Escudo. Los usuarios pueden descargar la aplicación y comparar su localización con los datos del ministerio de salud israelí para conocer si han estado en contacto con alguien diagnosticado. Según las autoridades, esta información del GPS y la WiFi se mantiene en el teléfono y no es transmitida al gobierno.

Desde marzo, Singapur utiliza la conexión bluetooth de los smartphones para controlar los encuentros entre personas y rebajar la curva. TraceTogether, una de las herramientas digitales más completas relacionadas con la Covid-19, informa cuando dos usuarios han estado a una distancia de dos metros durante al menos 30 minutos. Esta la aplicación es interesante para recordar si has estado en contacto con gente potencialmente infectada.

En China, se ha desarrollado una aplicación que utiliza los códigos QR para identificar el posible grado de afectación de los individuos y de esta manera limitar y controlar sus movimientos. Los usuarios deben instalarla en su móvil y esta genera y asigna un código QR identificativo en tres posibles colores, a modo de semáforo: verde, sin peligro; amarillo para quienes han estado fuera de Shanghái –pero no en zonas de riesgo– durante los últimos 14 días; y rojo para aquellos que deben permanecer en cuarentena. El usuario concede a la app todo tipo de permisos y culmina el registro enviando un SMS a su compañía telefónica para permitir que esta comparta también sus datos de ubicación.

En Polonia, la aplicación Home Quarantine exige a sus usuarios que se hagan selfies para comprobar que siguen confinados. En vez de llamar o comprobar la localización, las autoridades pueden solicitar aleatoriamente un selfie.

España, Alemania e Italia también tienen sus modelos, pero en estos tres últimos con fuertes restricciones al acceso de datos.

Compartir datos privados puede tener beneficios que un individuo no perciba para él pero que, acumulados, tienen una gran mejora en la sociedad en su conjunto. Para demostrar los beneficios de la cultura colectiva, la pandemia ha servido como ejemplo.

El análisis masivo de datos podría ayudarnos a conseguir el máximo provecho de los recursos sanitarios aplicándolos allí donde más falta hacen, respondiendo a preguntas sobre cómo y dónde se encuentra la población más vulnerable, cuál es su perfil, quién tiene más riesgo de propagar el virus o en qué geografía hay que hacer mayor esfuerzo. Pero la tecnología solo tiene éxito si está integrada en esos procesos de actuación como un elemento más y no como un sustitutivo autónomo. Las personas continúan siendo importantes.

Hacia dónde se dirige todo esto tiene que ver menos con la tecnología, y más con lo que hagamos con ella. Depende de la responsabilidad de nuestros políticos asegurarnos de que estas aplicaciones están correctamente reguladas y que una pérdida de intimidad compense la mayor seguridad sanitaria obtenida.

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