La ridícula discusión de Vicente Serrano y Suárez Gomís que pinta a un país dividido

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Vicente Serrano y Suárez Gomís han tenido diferentes discusiones desde hace tiempo. (Guillermo Angulo /Clasos.com/LatinContent via Getty Images)
Vicente Serrano y Suárez Gomís han tenido diferentes discusiones desde hace tiempo. (Guillermo Angulo /Clasos.com/LatinContent via Getty Images)

Vicente Serrano y Héctor Suárez Gomís son la síntesis perfecta de un país dividido, polarizado, quebrantado, y todos esos adjetivos que le gustan mucho a Enrique Krauze y Denise Dresser. Lo peor de los dos “bandos” resumido en un altercado de plaza comercial. En Artz Pedregal, para ser exactos, porque los pleitos de altura tienen que llevarse a cabo en lugares de altura. Quizá la siguiente pelea entre antis y ultras tenga como sede el MGM de Las Vegas.

Gomís aceptó que le tiró los anteojos a Serrano en entrevista con Joaquín López-Dóriga. El actor dijo que no se sentía orgulloso de sus actos, pero que hubo exageración por parte de Serrano y que antes habían tenido diferencias personales de índole financiera. Por otro lado, Serrano denunció formalmente al hijo de Héctor Suárez por agresión física y daños a la propiedad privada. La disputa, como se puede ver, pasó del intercambio de ¿ideas? en redes sociales a los insultos directos y en persona, porque siempre estuvo claro que estos dos tienen marcada la idea de que la hombría se demuestra "de frente".

El clásico junior con aires de grandeza, que se siente con el derecho de agredir a quien quiera porque así se lo enseñaron y así se lo han permitido, y porque todo se arregla echándole la culpa a los impulsos; y un intento de periodista que disfruta del protagonismo, al que le gusta quedar bien con sus fans y menospreciar a quien se atreva a disentir; un periodista “crítico”, que dice lo que otros callan, y que considera a México un país perfecto desde el 1 de diciembre de 2018, porque además su denuncia a Gomís fue rápidamente atendida. Qué suerte tienen algunos. Lo peor de dos mundos, lo más despreciable de las dos trincheras que tienen partido al país.

Finalmente, la autoridad ya sabrá determinar quién dice la verdad. Es problema de ellos. Sin embargo, esta pelea de cantina, o de restaurante nice, bien sirve para entender hasta dónde puede llegar la crispación que se respira todos los días en la vida política. Cuando ese clima excede los límites tuiteros, el problema verdaderamente se vuelve peligroso. Durante muchos años hemos creído que las redes lo son todo, y hemos edificado certezas a partir de lo que ahí vemos: nuestra autoestima intelectual o sentimental queda supeditada a los caprichos de algún algoritmo y nuestros actos dependen de la corriente ideológica de moda que nos atrape primero.

Ni hablar de la política mezclada con ese mundo. AMLO podrá ser todo lo bueno y malo que se quiera, pero hay algo innegable: su llegada al poder politizó al país como nunca antes. Pero claro, con una atenuante muy importante: las ideas vertidas en la mayoría de las discusiones hacen sentir orgullosos a los Gomís y Serrano de turno. En la vida virtual y en la real, se premia la bravuconería y la provocación, condiciones en las que los dos implicados en la pelea de Artz son expertos. No sorprende que ambos aglutinen a cientos de miles de seguidores.

Desde siempre ha estado claro que en el contexto actual a nadie le interesa intercambiar ni contrastar puntos de vista, sino reforzar los que ya se tienen o los que preconcebidamente se han fabricado gracias a un entorno al que se pertenece por casualidad, porque nadie elige dónde nacer y dónde desarrollarse. Y esa dinámica es perfecta para tipos así, que hablan fuerte y alto, que usan groserías para dotarse de autoridad y de un espíritu rebelde que millones de ingenuos les compran.

En el día a día, será cada vez más normal que la gente extrapole las discusiones de Twitter a la vida real. Quizá están pasando más frecuentemente de lo que pensamos, pero no nos hemos dado cuenta y preferimos creer que defender nuestras “ideas”(sí, entre comillas) es la más valiosa de las prioridades. El país nunca estará lo suficientemente dividido. Todo el tiempo se crearán nuevas brechas insalvables que nadie podrá ni querrá controlar. Así pasa: creado el monstruo, nadie tiene la culpa.

La pelea entre Suárez Gomís y Serrano es mucho más que una reyerta barata. Es el reflejo de un país polarizado y todo lo que termine en ado, para no volver a citar a Krauze y Dresser. Lo fácil es culpar al presidente, que su buena dosis de responsabilidad tiene, pero el verdadero reto reside en tratar de no pelear ni discutir, en poner a prueba nuestras convicciones y qué tan acertados o errados estamos. Y eso no pasará. Podemos seguir entrecomillando la palabra “ideas” por un largo tiempo.

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