Una dentadura de oro y diamantes: el último capricho del niño rico más odiado de la NBA

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LaMelo Ball sentado en la grada viendo un partido de baloncesto.
LaMelo Ball sentado en la grada viendo un partido de baloncesto. Foto: Jayne Kamin-Oncea/Getty Images.

¿Te ha ocurrido alguna vez tener tanto dinero que literalmente no sabes en qué gastarlo? La mayoría de los mortales no hemos tenido nunca semejante suerte: bastante nos cuesta ya batallar con nuestro sueldo para llegar a fin de mes y, si acaso, concedernos algún capricho de vez en cuando. Pero la mayoría de los mortales no somos LaMelo Ball.

A sus 19 años, este jugador profesional de baloncesto no ha debutado aún con el equipo que le eligió en el tercer puesto del último draft de la NBA, los Charlotte Hornets. Pero sí ha cobrado su primera nómina. IBT estima que en su primera temporada en la élite va a empezar ingresando casi 8 millones de dólares, y eso solo de su equipo; aparte hay que añadir el contrato de patrocinio que ha suscrito con la empresa de ropa deportiva Puma.

Con los bolsillos bien repletos, LaMelo se puede permitir ciertos lujos; eso sí, tal como están hartos de repetir los grandes gurús del mundo de la moda, ganar mucho dinero no necesariamente implica tener buen gusto. Lo ha demostrado al hacerse una dentadura a medida de oro blanco y brillantes.

No se ha revelado el dineral que se ha podido dejar el jugador en su nueva y (excesivamente) resplandeciente sonrisa, formada por dieciséis piezas (ocho arriba y ocho abajo). TMZ contactó con el fabricante, un joyero de Atlanta que viajó personalmente hasta Charlotte para entregarle su obra el pasado lunes. El artesano dice que ha utilizado metal de 14 quilates y “la mayor cantidad de diamantes que jamás haya puesto”. Lasa gemas, además, son de tipo VVS, que en la jerga de los cortadores y pulidores se refiere a las de altísima calidad, con impurezas no visibles ni siquiera con lupa de 10 aumentos (y, por tanto, con precios increíblemente elevados).

Por supuesto, semejante derroche carece de utilidad práctica más allá de presumir de riqueza. Es, incluso, un peligro a la hora de jugar al baloncesto, por el riesgo que implica tanto para él como para sus rivales si la mala suerte quisiera que se llevara un golpe en la boca. Se está viendo como una excentricidad más de un chico que, para muchos, sencillamente no debería estar en la NBA.

LaMelo es el hermano menor de Lonzo, base que lleva ya tres temporadas en la liga (las dos primeras en los Lakers, actualmente en los Pelicans de Nueva Orleáns) y de LiAngelo, otro recién llegado que ha firmado por los Detroit Pistons. Todos ellos son hijos de LaVar Ball, un antiguo jugador que no pasó de nivel universitario ni en baloncesto ni en fútbol americano... pero que logró mucha atención mediática a partir de 2016 vendiendo la imagen de sus hijos, a los que pintaba como superestrellas futuras con declaraciones grandilocuentes cuando todavía eran menores de edad y estaban en el instituto.

En paralelo, LaVar lanzó la marca de ropa deportiva BBB (iniciales de Big Baller Brand, haciendo un juego de palabras con su apellido y una expresión inglesa que se puede traducir como “gran jugador” o “persona importante”). Se caracteriza por los precios desorbitados de sus productos, de 300 dólares para arriba el par de zapatillas, y por sacar modelos exclusivos y personalizados para los pequeños de su familia. También estuvo involucrado en la creación de la Junior Basketball Association (JBA), un intento de liga juvenil que pretendía competir con los torneos universitarios tradicionales permitiendo a los jugadores jóvenes convertirse inmediatamente en profesionales. Hizo mucho ruido en la prensa, pero el proyecto acabó en fracaso que a duras penas pudo terminar su única temporada en el verano de 2018.

LaMelo, LiAngelo y LaVar Ball posan con camisetas de baloncesto del equipo Vytautas Prienai durante una rueda de prensa
LaMelo (1), LiAngelo (3) y su padre LaVar (99) con un directivo del Vytautas Prienai de Lituania durante la presentación de los dos primeros como jugadores del equipo, en enero de 2018. Foto: Petras Malukas/AFP via Getty Images)

Los Ball son la típica familia que, sin motivo aparente, ha alcanzado gran notoriedad, hasta el punto de llegar a protagonizar un reality show con notable audiencia emitido en Facebook. Son, como se suele decir, “famosos por ser famosos”. ¿Al menos juegan bien al baloncesto? De Lonzo, el mayor, no hay dudas: ya ha demostrado su valía con estadísticas quizás no estratosféricas pero sí dignas, rondando los casi 11 puntos y casi 7 asistencias por partido de media en el tiempo que lleva en el campeonato. Con respecto a LiAngelo y LaMelo surge mucha más incertidumbre.

Porque sí, ambos están en la NBA, pero no queda muy claro que sea por sus propios méritos o por el peso del apellido. LiAngelo ha sido incluido en la plantilla de pretemporada de los Pistons; está por ver si cuando empiece la temporada a finales de diciembre sigue teniendo un sitio. Y la elección de LaMelo en el tercer puesto del draft ha sido muy controvertida, toda vez que su nivel despierta inquietud.

Ocupa normalmente la posición de base a pesar de medir 2,03 metros y, aunque se le reconoce su talento en el manejo de la pelota, su visión de juego y su habilidad anotadora sobre todo desde distancias largas, también se critica su individualismo y su estilo más orientado a la espectacularidad que a la efectividad por el bien del equipo. Preocupa también que defendiendo es directamente mediocre, con faltas de concentración que le hacen perder a menudo la posición y con tendencia a rehuir el contacto directo con el rival.

Su trayectoria previa, además, tampoco invita a soñar. Los negocios de su padre llevaron a los dos hermanos menores a pasar del instituto a jugar en el Vytautas Prienai, en la liga de Lituania, donde duraron menos de medio año: ficharon en diciembre de 2017 y en abril de 2018 se estaban marchando, entre duras críticas del patriarca a la labor del entrenador. Después, ambos se integraron en la franquicia de Los Ángeles de la JBA, donde, para sorpresa de nadie, se proclamaron campeones y fueron los jugadores más destacados.

A partir de ahí sus caminos se separaron. El mediano paró un tiempo para recuperarse de una lesión de tobillo y en diciembre de 2019 se fue a Oklahoma City Blue, uno de los equipos de la NBA G League, la “liga de desarrollo” que la NBA ha establecido para que baloncestistas con potencial pero aún sin categoría suficiente tengan minutos de juego y no vean su progresión cortada. El pequeño LaMelo, por su parte, primero volvió al instituto, y después, en verano de 2019, se marchó a ver mundo a la liga de Australia, donde militó en el Illawarra Hawks aprovechando un programa de colaboración para futuros talentos de la NBA; dejó buen sabor de boca pese a que, debido a las lesiones, apenas pudo disputar 12 partidos.

Excentricidades como esta de la dentadura no son extrañas en un mundo como el de los jugadores de élite del baloncesto norteamericano. La diferencia es que los protagonistas de historias similares suelen ser jugadores ya consagrados, o al menos con cierta trayectoria en el máximo nivel, no recién llegados que aún no han empatado con nadie. En casos como el de LaMelo se ven muy fuera de lugar, y más teniendo en cuenta que para muchos ni siquiera está claro que, por lo visto hasta ahora, merezca estar ahí.

A esto se suma la inmadurez propia de la edad, que estuvo a punto de costarle el hueco en el draft. Tal como contaba nuestro compañero Dan Feldman, sus entrevistas previas con los distintos equipos dejaron mucho que desear con respecto a su personalidad, su carácter y su trato personal. LaMelo no es precisamente el tipo que más simpático caiga, y noticias como esta no ayudan demasiado a mejorar su imagen.

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