Lecciones aprendidas y olvidadas de la terrible gripe española de 1918

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La situación que estamos viviendo actualmente puede ser vista como un déjà vu de la gripe española de 1918. Estamos inmersos en una pandemia que lleva consigo una crisis global que impacta en todos los niveles. Es inevitable el paralelismo con la mayor pandemia de la historia hasta día de hoy, que se cobró entre 50 y 100 millones de vidas según distintos cálculos. Ya hay algunos estudios que aseguran que el coronavirus va a superar el impacto económico de aquella gripe.

Afortunadamente el mundo ha cambiado en muchos aspectos de 1918 a 2020. A pesar de no poder presumir de ser un país con una sanidad impecable, claramente hemos avanzado a pasos agigantados desde el siglo pasado. En aquella época, no se sabía qué era un virus, no contaban con antibióticos para tratar infecciones relacionadas, ni antivirales, ni vacunas, no había UCI, ni estaba la OMS para dar recomendaciones – nace 30 años después del brote de la gripe –, ni tenían sistemas de alerta temprana. Los infectados que podían ser tratados eran asistidos por médicos no reglados, curanderos o sanitarios con escaso conocimiento científico.

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Glass syringe dating from around 1914.
Una jeringuilla de cristal de alrededor de 1914.

Ahora nos vemos en una situación increíblemente más favorable en términos sanitarios que en aquellos tiempos – aunque sigue habiendo brechas–, por lo que pase lo que pase con el COVID 19, no será comparable a 1918.

Hay que apuntar que a pesar de que años atrás no se contaba con todas las ventajas de las que disponemos actualmente, el confinamiento no es nada nuevo. Todo lo vivido en la historia sirve como aprendizaje, y hemos podido seguir el ejemplo del aislamiento que se vivió en aquel entonces, en el que las ciudades y regiones que cumplieron a rajatabla el confinamiento y lo mantuvieron durante más tiempo, salieron antes de la crisis económica.

La historia nos recuerda que la rapidez a la hora de aprobar medidas de control sanitario y restricciones como el distanciamiento social resultan fundamentales para minimizar el impacto sobre la economía, mientras que llegar tarde puede suponer un mayor impacto a todos los niveles. A pesar de que estas medidas restrictivas estén conduciendo a una recesión económica muy profunda y estén generando millones de parados, de momento no hay muchas alternativas.

El impacto económico que tuvo la temible gripe española fue tremendo. Provocó una disminución del 18% de la economía. A este dato hay que añadir que en ese momento se salía de la Primera Guerra Mundial. Todavía es muy pronto para calcular el golpe que va a provocar el coronavirus -el Fondo Monetario Internacional prevé una caída del PIB de España este año del 8% -, pero es evidente que va a cambiar nuestra sociedad en muchos sentidos.

Algunos estudios estiman que el presente virus va a suponer un retroceso para la economía global de hasta el 4,8% del PIB, o más de 2,7 billones de euros. Son cifras preocupantes que nos pueden llevar a una crisis nunca vista.

La comparación entre los dos virus desde el punto de vista económica es ilustrativa. La gripe española golpeó fuertemente a adultos entre 20 y 40 años, lo que supuso una gran disminución de trabajadores jóvenes en una economía en la que el capital humano era un activo esencial. Una economía proteccionista y agraria con pocas posibilidades de diversificar fuentes de ingresos y de suplir mano de obra por tecnología. Hoy, el coronavirus parece afectar a personas de mayor edad, y es la globalización el factor que ha agravado el contagio y son las medidas restrictivas las que han causado el parón de la economía.

En definitiva, es un buen momento para hacer honor al gran lema “de los errores se aprende”, aunque lamentablemente estemos viviendo lecciones no aprendidas y algunos errores repetidos como la falta de coordinación entre gobiernos y el tiempo perdido con su lenta actuación desde la primera aparición del virus. Una negligencia a la que se suma el intento de aprovechamiento partidista de unos y otros. Un espectáculo que el ciudadano ve desolado.

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