Luis Enrique sabe lo que necesita, pero no sabe dónde encontrarlo

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GENEVA, SWITZERLAND - JUNE 09: head coach Luis Enrique of Spain and Ferran Torres of Spain gestures after the UEFA Nations League League A Group 2 match between Switzerland and Spain at Stade de Geneve on June 9, 2022 in Geneva, Switzerland. (Photo by Harry Langer/DeFodi Images via Getty Images)
Luis Enrique se abraza a Ferran Torres tras la victoria de España en Suiza dentro de la fase previa de la Nations League (Photo by Harry Langer/DeFodi Images via Getty Images)

Lo que no se puede esperar de un seleccionador es que critique a sus jugadores. Que los ponga en duda, siquiera. Son sus chicos, los que él ha elegido, nadie se los ha fichado, de nadie los ha heredado, no sirven de ninguna pantalla. Si algo se puede admirar de Luis Enrique en estos cuatro años -con el triste intervalo de la enfermedad de su hija- es su apoyo constante y público a todos sus jugadores: los que lo están haciendo bien, los que no consiguen brillar del todo... y los que todos sabemos -él también, por supuesto- que tal vez no deberían estar ahí.

Pero están, y eso es lo que cuenta. Luis Enrique, a veces, parece aburrido, cansado, uno de esos entrenadores que acaba enredado en el juego tal y como está concebido y busca sus propias salidas, sus propias reglas. A veces, parece que Luis Enrique sueña con un fútbol sin porterías -sabemos que no es el único-, un fútbol tácticamente perfecto de la frontal de un área a la frontal de la siguiente, con su presión eficaz, con sus cambios de banda, con su búsqueda de los espacios... que se convierte en cualquier otra cosa cuando se acerca el equipo a la portería propia o ajena, como si ahí dejara de importar el juego o a él dejara de divertirle.

Así, cada partido de España es un espectáculo de sobriedad, de buen juego, de solidaridad entre jugadores que no son estrellas en sus equipos pero que compiten como animales, que se entienden, que saben neutralizar al rival y se mueven como un acordeón en el campo: todos juntos hacia arriba, todos juntos hacia abajo. Ahora bien, también es un espectáculo de improvisación y adrenalina en las áreas. Es Álvaro Morata intentando remates imposibles o chocándose con los centrales, son aventuras por las bandas que acaban en centros bombeados que nadie puede rematar. Es Unai Simón saliendo a por balones que no le corresponden y dejando la portería vacía y son despejes impropios del fútbol de élite, pases absurdos que acaban en ocasión clara para el rival.

Yo soy de los que creo que el mérito de España es mucho mayor del que se le suele dar. Ayer, mi hijo me preguntaba quién me parecía el mejor jugador y yo no sabía qué contestar. ¿La versión internacional de Busquets, quizá? ¿La omnipresencia de Gavi? La ausencia de Pedri complica mucho esa respuesta. Con lo que hay, suficiente se hace: semifinalista de la Eurocopa y finalista de la pasada Nations League. Derrotados por Italia y Francia, respectivamente. A ver cómo se da el Mundial. Otra cosa es que esas carencias, en las áreas, cuesten títulos y eliminatorias y haya que intentar cubrirlas como sea.

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Cuando le preguntaban antes del partido contra Suiza a Luis Enrique por Eric García en rueda de prensa, el asturiano mantenía que no había cuatro centrales mejores que él. Es complicado hablar sobre Eric García porque se ha convertido en el símbolo de algo que va más allá de su juego. Hay quien le adora y hay quien le odia y no tiene nada que ver con lo que hace en el campo sino con lo que simboliza: el juego de posesión, La Masía, determinado perfil de central que agrada mucho (no tanto a Guardiola, que lo vendió sin problemas porque no jugaba casi nunca)... y en medio estamos los que, sin entrar en el debate esencial, podemos concluir que, si en España no hay cuatro centrales mejores, debería haberlos.

Tal vez ese sea el principal problema de España. No solo García sino sus compañeros y su facilidad para cometer errores groseros. Ni Laporte ni Pau Torres son malos defensores, solo faltaría, pero tienen tendencia a dejar alguna desconexión por partido que a este nivel es intolerable. La gente insiste mucho en Nacho, pero Nacho lleva siendo suplente en el Madrid toda su vida, cumpliendo solo en momentos muy concretos ante las bajas de sus compañeros. Nacho no va a venir a salvar ahora a la selección española o al menos no la va a ayudar a dar el salto de semifinales y finales a campeonatos.

Por mucho que diga en rueda de prensa -¿y qué quieren que diga, en serio?-, Luis Enrique sabe que ahí hay un problema, pero ha decidido que, ante la falta de contundencia, la diversión al menos aporta algo: dominas noventa minutos ante Suiza y te pasas el descuento haciendo malabares a ver qué pasa. No hay nada mejor o él no sabe dónde encontrarlo. Sinceramente, yo tampoco. Lo mismo le pasa con los delanteros, aunque ahí está claro que su hombre es Ansu Fati, cuando se pueda. Morata es una buena representación del equipo español: lucha como el que más, recupera balones, sabe colocarse en el campo, ayuda a sus compañeros... y una vez pisa el área, cualquier cosa puede pasar. A veces, incluso que marque gol.

Un delantero, un portero y dos centrales. David Villa, Iker Casillas, Carles Puyol y Sergio Ramos (o Gerard Piqué). Con eso, vas a cualquier lado. Con Morata, Simón, Laporte, García (o Torres), lo tienes más complicado por mucho que bordes el resto del juego. Pasó contra Portugal la semana pasada y ese empate probablemente nos vaya a costar la clasificación para la Final Four de la Nations League. Pasará en el Mundial y nos iremos a casa. El dominio tiene que traducirse en goles. La presión y la recuperación en defensa tiene que complementarse con concentración y contundencia atrás. Mientras tanto, España será una selección demasiado vulnerable. Competitiva, pero inescrutable. Mejor eso que ciento veinte minutos pasándose la bola unos a otros contra Rusia para perder por penaltis, por otro lado, también tengamos en cuenta de dónde venimos.

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