Luis Rubiales, el presidente de la Federación apaga el fuego con gasolina

Luis Rubiales en la previa del partido entre España y Malta. (Foto David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images)
Luis Rubiales en la previa del partido entre España y Malta. (Foto David S. Bustamante/Soccrates/Getty Images)

“Hay tres maneras de hacer las cosas: la correcta, la incorrecta y la mía”. La afirmación pertenece a Sam ‘Ace’ Rothstein en Casino, la obra de Martin Scorsese, pero bien podría servir para ilustrar la etapa de Luis Rubiales desde que llegó a la presidencia de la RFEF. El máximo representante del fútbol español ha visto como sus promesas de “hacer una Federación líder en transparencia” se desvanecen mientras la inestabilidad reina en la selección nacional con hasta cuatro técnicos diferentes en apenas un año; Lopetegui, Hierro, Luis Enrique y Robert Moreno.

Los enemigos y los frentes abiertos de Rubiales desde que aterrizó en la cúpula de la RFEF se cuentan por montones: Tebas, Lopetegui, Supercopa de España, Adidas, el fútbol femenino y hasta el fútbol sala. Lejos quedan ya aquellas intenciones de traer sentido común y solidez a una organización con la reputación a la altura del betún tras la ‘Era Villar’ y la correspondiente ración de corrupción y tráfico de influencias y administración desleal entre otras.

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Especialmente destacan las incongruencias en las diferentes decisiones tomadas por Rubiales. Todas ellas aderezadas con la sensibilidad de un bocata de clavos y la capacidad de gestionar momentos peliagudos propia de un pirómano.

En este sentido, la destitución de Julen Lopetegui un día antes del Mundial pese a que el vestuario estaba mayoritariamente con el entrenador se lleva la palma en la lista de tropelías. El líder de la RFEF priorizó su ego aunque eso significase dar un latigazo a las aspiraciones de España en el Mundial. El resultado, conocido por todos.

La figura de Rubiales como líder de la Federación es más que cuestionable. Sin saber cuándo ser duro y cuándo flexible, ha usado el poder que le otorga el cargo para tomarse su revancha personal contra el presidente de la Liga, Javier Tebas, y abrir una guerra entre la competición y la RFEF. Quizás no se aguanten el uno al otro, pero coinciden en muchas cosas. Su ego y su persona, acostumbra a estar por encima del cargo que representan. Por eso el fútbol español está en peligro.

Hace un año, cuando Tebas pretendía llevarse la Liga a Estados Unidos, Luis Rubiales declaró "Tebas está enamorado del dinero y yo del fútbol. El Girona-Barça no se jugará en Miami por una cuestión de valores". Ahora se lleva la Supercopa de España a Arabia Saudí, donde actualmente una mujer no puede ir sola al estadio.

Como plasma magistralmente Philip Kerr en Mercado de Invierno, “en el fútbol no se puede jugar bajo los focos sin que haya sombras”. Parece que en los despachos tampoco. El líder de la RFEF trata de escudarse en perogrulladas cuando la realidad es que el dinero es el único motivo por el que se saca de la manga una nueva competición donde el aficionado que merecía ver a su equipo campeón deberá hacerlo por televisión.

Es una pena que el feliz regreso de Luis Enrique se vea diluido por uno de los nuevos embrollos de Rubiales. Hay que reconocer la admirable habilidad del mandatario para señalar a los culpables con rótulos de neón y descargar responsabilidades en el resto. Imagino que se habrán fijado a estas alturas, Rubiales nunca se equivoca, nunca toma la decisión errónea.

A la espera de que hable el extécnico de España, Robert Moreno, y Luis Enrique ofrezca su versión de los hechos, la culpa es del resto. Siempre. Él es pura lógica alemana. Una máquina perfectamente engrasada. Por ello afirma que "nos enteramos por Robert Moreno de que Luis Enrique quiere volver" y a la hora responde "Robert a lo mejor no se esperaba la vuelta de Luis Enrique a la selección” y tiene sentido. En su cabeza todo está bien. Es el artífice de la coherencia. Habrán sido los otros. Como siempre.

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