LUVOIR, el telescopio espacial que nos permitiría encontrar una nueva Tierra

Miguel Artime
·7 min de lectura
Representación artística del aspecto que podría tener LUOVIR A desplegado. Como veis, el aspecto recuerda mucho al del James Webb, cuyo lanzamiento se espera para octubre de este año. (Crédito imagen: LUVOIR).
Representación artística del aspecto que podría tener LUOVIR A desplegado. Como veis, el aspecto recuerda mucho al del James Webb, cuyo lanzamiento se espera para octubre de este año. (Crédito imagen: LUVOIR).

El telescopio espacial Hubble de la NASA, revolucionó el campo de la astronomía desde que fue lanzado hace casi 31 años, muchos chavales – como yo por aquella época - adornamos las paredes de nuestros dormitorios con imágenes icónicas tomadas por aquel ojo cósmico, como la llamada “Pilares de la Creación”, captada en 1995.

Hubo una cosa más que sucedió aquel fantástico año. El joven astrónomo suizo Didier Queloz descubrió en invierno de 1995 el primer exoplaneta de la historia, trabajo que iniciaría una larga carrera de "caza planetas" que acabaría por otorgarle un Premio Nobel en 2016. Queloz no se sirvió del Hubble para hacer aquel descubrimiento, sino que lo hizo desde el observatorio de Haute-Provence.

Desde entonces hasta ahora, la cuenta de planetas detectados en órbita alrededor de otras estrellas, más o menos cercanas a nuestro sistema solar, no ha parado de crecer, alcanzando en estos momentos los 4.375 (confirmados) según la web de la NASA Planet Quest.

Plutón visto por el Hubble y por el LUVOIR en sus dos configuraciones. (Crédito LUVOIR).
Plutón visto por el Hubble y por el LUVOIR en sus dos configuraciones. (Crédito LUVOIR).

Conocemos la existencia de más de la mitad de todos esos mundos gracias a un portentoso telescopio espacial llamado Kepler. Durante su corta vida operativa (apenas 4 años) este observatorio espacial descubrió 2.662 exoplanetas mientras vigilaba una pequeña porción del cielo, centrándose en apenas 50.000 estrellas. Gracias a su trabajo, ahora sabemos que lo más probable es que entre el 20 y el 50% de las estrellas visibles en el cielo nocturno tengan planetas pequeños, probablemente rocosos, con un tamaño similar a la Tierra y situados en la franja de habitabilidad circunestelar.

Hacía décadas que los astrónomos sospechaban que nuestro sistema solar no debía ser una rareza, pero gracias al trabajo de astrofísicos como Queloz, ahora tenían la certeza de que así era. En el vasto vecindario galáctico, tal vez existieran planetas habitables en los que la vida podría surgir. 

Lamentablemente, ni el Hubble ni el Kepler podían observar directamente esos pequeños mundos. Bloqueados por la cegadora luz de su estrella madre, los astrónomos no obstante eran capaces de inferir su presencia a ciegas, midiendo la atenuación lumínica que su paso frente a la estrella producía. Imagina que estás en la grada de un estadio de fútbol viendo un partido por la noche. Ahora imagina que te piden detectar a un mosquito (y calcular su tamaño) que pasa frente al foco que queda más lejos de tu posición, basándote únicamente en la sombra que el insecto ha provocado a su paso, en la potentísima luz que hay tras él. ¡Eso hizo Kepler!

Sin embargo, como digo, seguimos sin contar con artefactos que nos permitan observar todos esos mundos. Un puñado de ellos, extraordinariamente grandes, ha podido ser cazado con los potentes telescopios terrestres de última generación, pero los que nos interesan, los que se parecen a la Tierra, continúan ocultos. Están más allá del alcance de nuestra tecnología actual. ¿Cómo saber entonces si tienen atmósfera y si esta es rica en biomarcadores como el oxígeno o el metano? ¿Cómo inferir la presencia de océanos en estos mundos? ¿Albergarán vida? Simplemente no tenemos respuestas.

Así pues, los astrónomos están prácticamente ciegos en estos momentos, y si bien se espera que nuestro conocimiento sobre estos mundos mejore en cuanto entre en funcionamiento el telescopio espacial James Webb, (cuyo lanzamiento está previsto para el 31 de octubre de 2021, si es que no vuelven a posponerlo) en realidad la situación no va a variar demasiado. Y es que este enorme dispositivo, que contará con un espejo “origami” de 6,5 metros (el del Hubble medía 2,4 metros) también se nos va a quedar corto. Y es que el JWST observará el universo en el espectro del infrarrojo medio, y no en el de la luz visible, como hacía el Hubble.

Comparativa del tamaño de los espejos del Huble, James Webb y las dos configuraciones de LUVOIR. (Crédito imagen: LUVOIR).
Comparativa del tamaño de los espejos del Huble, James Webb y las dos configuraciones de LUVOIR. (Crédito imagen: LUVOIR).

Pero no debemos perder la esperanza de cumplir nuestro sueño. En estos momentos, el futuro heredero del Hubble, que podría permitirnos dar un salto cualitativo enorme en nuestra búsqueda de mundos análogos a la Tierra, podría estar dando sus primeros pasos. Aún no sabemos si se hará realidad, pero si la Academia de las Ciencias lo decide, el telescopio LUVOIR de la NASA (acrónimo para “Large UV/InfraRed Surveyor”) podría asombrar a las nuevas generaciones, cuando se lanzase en la década del 2040.

Como os digo, por el momento LUVOIR es solo un estudio de concepto, pero sus características (entre que las que destaca un espejo de 15 metros de diámetro) le convertirían en el sueño de toda una nueva generación de aficionados al espacio. Un espejo con un tamaño así, superaría en 6 veces al del Hubble y duplicaría al del James Webb. Para ponerlo en perspectiva, pensad en que su longitud equivaldría a la de un autobús de tres ejes como este.

El objetivo principal de LUVOIR sería simplemente ese: impulsar la búsqueda de exoplanetas pequeños y de luminosidad tenue, del tipo de la Tierra, orbitando alrededor de estrellas similares a nuestro sol. Conscientes de que el presupuesto necesario para su construcción puede ser de los que quiten el hipo (hablamos de unos 15.000 millones de dólares) los proponentes de LUVOIR - que hasta ahora han trabajado por amor al proyecto, es decir sin cobrar - han presentado dos configuraciones posibles al concurso, una más reducida o “lite” llamada LUVOIR-B (con un espejo de 8 metros de diámetro) y la verdadera bestia de la que estamos hablando, con un espejo de 15 metros de diámetro, a la que llaman LUVOIR-A.

Número de exoplanetas, en sus diversas variedades, que podrían ser estudiados por el LUVOIR en sus dos configuraciones. (Crédito imagen: LUVOIR).
Número de exoplanetas, en sus diversas variedades, que podrían ser estudiados por el LUVOIR en sus dos configuraciones. (Crédito imagen: LUVOIR).

Ambas configuraciones competirán con otros conceptos para recibir la aprobación de la Academia Nacional de las Ciencias de los Estados Unidos, quien propone cada década una especie de tormenta de ideas con premio (llamada “Encuesta decenal sobre astronomía y astrofísica”), que permite a los científicos presentar sus proyectos de interés astronómico. Solamente uno puede ganar y acceder a los enormes fondos estatales. 

En primavera de 2021, conoceremos el resultado de la última encuesta, en la que además de LUVOIR se presentan otros mega proyectos interesantes como un telescopio en rayos X llamado Lynx, o un observatorio destinado a estudiar el universo temprano llamado Origins. Además, existen otro proyecto en liza basado en un telescopio buscadores de exoplanetas llamado HabEX (abreviatura de Exoplanetas Habitables).

Si finalmente el vencedor fuera LUVOIR-A, en 2040 podríamos lanzar al punto de Langrange un telescopio capaz de estudiar en detalle 54 candidatos a Tierra 2. (Con la configuración más pequeña, se podrían estudiar solo 28). Parte del trabajo ya lo han hecho los observatorios pasados, como el Kepler. Gracias a ellos, ahora tenemos un buen número de candidatos sobre los que posar un ojo más penetrante como el de LUVOIR, por lo que ya no buscaríamos una aguja en un pajar. ¿Os imagináis poder observar directamente a Próxima Centauri b? Solo de pensarlo entro en éxtasis.

LUVOIR en sus dos configuraciones junto al tipo de cohete que podría ponerlos en órbita. (Crédito imagen: LUVOIR).
LUVOIR en sus dos configuraciones junto al tipo de cohete que podría ponerlos en órbita. (Crédito imagen: LUVOIR).

¿Y por qué no enviar al espacio algo más grande? Podríais pensar. Bien, tened en cuenta que las dimensiones de los telescopios plegados deben adaptarse a la capacidad de carga de los cohetes actuales. Como soy un tipo muy optimista, quiero pensar que en el futuro seremos capaces de olvidar nuestras tradicionales diferencias para emprender proyectos internacionales destinados a ensamblar telescopios con espejos gigantes. 

Para hacer algo así, deberíamos ir lanzando secuencialmente los componentes necesarios hacia el taller de “órbita baja”, y ensamblarlo allí. Una vez finalizado, el monstruoso telescopio podría desplazarse al punto de observación definitivo (seguramente un punto de Lagrange) por sus propios medios motores.

Vienen tiempos maravillosos para los aficionados a la astronomía. Quién sabe si en dos décadas, a nuestros nietos les toque estudiar en el colegio una larga lista de planetas habitables situados en nuestro vecindario galáctico.

Me enteré leyendo Air & Space Magazine.

Más información sobre LUVOIR en este magnífico artículo de Daniel Marín.

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