Mahmoud Abdul-Rauf, el jugador de la NBA que ya protestaba durante el himno estadounidense en los '90

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Mahmoud Abdul-Rauf (centro), en 1996, cuando era jugador de los Denver Nuggets, rezando durante la interpretación del himno nacional estadounidense antes de un partido contra los Chicago Bulls. Foto: Eric Chu/AFP via Getty Images.
Mahmoud Abdul-Rauf (centro), en 1996, cuando era jugador de los Denver Nuggets, rezando durante la interpretación del himno nacional estadounidense antes de un partido contra los Chicago Bulls. Foto: Eric Chu/AFP via Getty Images.

Arrodillarse, permanecer sentado, incluso quedarse en el vestuario y no dar la cara. Esas son las maneras más habituales (aunque no las únicas) que han venido usando los deportistas estadounidenses para hacer visibles sus reivindicaciones en un momento especialmente significativo en aquel país: la interpretación del himno nacional previa a cualquier partido. En la mentalidad norteamericana los símbolos patrios son sagrados, ya que representan un homenaje a las fuerzas armadas y cuerpos de seguridad y, en particular, a los que han caído en defensa de la patria, por lo que, a ojos de buena parte de la opinión pública, el Star-Spangled Banner debe escucharse de pie y en actitud respetuosa; cualquier otra acción en ese momento se considera un ultraje inaceptable.

De ahí que, en los últimos años, el comportamiento de bastantes afroamericanos que, siguiendo la estela de Colin Kaepernick, clavaban la rodilla en el suelo en cuanto el cantante comenzaba a entonar la melodía para transmitir su mensaje antirracista haya causado una controversia tremenda en la que se implicó hasta el presidente Trump. Lo que mucha gente no sabe es que el antiguo quarterback de los San Francisco 49ers no fue, ni mucho menos, el primero. Antes que él hubo otros valientes que se atrevieron a desafiar las normas establecidas y pagaron las consecuencias.

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Para encontrar ejemplos no es necesario remontarse tan atrás como a aquella ceremonia olímpica de 1968 con los atletas del Black Power. Nos podemos quedar mucho más cerca, en los años ‘90, y hablar de Mahmoud Abdul-Rauf. Se trata de un jugador de baloncesto, no muy alto (1,83) pero tremendamente rápido y ágil, que se desempeñaba en la posición de base y que militó en varias franquicias de la NBA.

En la partida de nacimiento de Mahmoud pone Chris Wayne Jackson; vino al mundo allá por 1969 en Gulfport, en el estado de Misisipi, zona sureña donde los conflictos raciales quizás sean más intensos que en cualquier otro lugar de Estados Unidos. Tuvo una infancia difícil: nunca llegó a conocer a su padre y su madre tuvo que sacar adelante a él y a sus dos hermanos en condiciones de pobreza. Además, con 17 años se le diagnosticó una forma leve de síndrome de Tourette, un trastorno neuropsiquiátrico caracterizado por movimientos reflejos incontrolables y que a menudo se acompaña con conductas obsesivas.

Sus inicios en el baloncesto fueron peculiares: nunca había formado parte de un equipo ni había disputado un partido serio, pero un entrenador le vio jugando en el patio del colegio, se dio cuenta de su talento y convenció a su madre para que le permitiera integrarse en una plantilla. Pese a que al principio ni siquiera conocía las reglas, se le dio tan bien que pronto se convirtió en el más destacado tanto en su instituto como en su etapa en la Universidad Estatal de Luisiana.

Paradójicamente, puede decirse que su dolencia le vino bien para la práctica del deporte, puesto que le forzaba a seguir actividades rutinarias; en los entrenamientos sentía la necesidad de no marcharse hasta no conseguir anotar diez tiros libres seguidos “limpios”, sin que la pelota tocara el aro. Así consiguió desarrollar tasas de acierto de más del 90 %, al alcance de muy pocos otros jugadores en toda la historia. Su capacidad anotadora no pasó desapercibida y fue elegido por los Denver Nuggets en tercera posición en el draft de 1990.

Un año más tarde, tras una primera temporada brillante en la que le escogieron como miembro del segundo equipo de los mejores rookies (debutantes) del curso, llegó el hecho que alteró su vida por completo: se convirtió a la rama suní del islam, lo que le llevó incluso a cambiar su nombre. Seguía así los pasos de otros deportistas ilustres como el boxeador Muhammad Alí (nacido Cassius Clay) o el también baloncestista Kareem Abdul-Jabbar (antes Lew Alcindor).

Esto no afectó a su juego, que seguía siendo magnífico: era capaz de hazañas como meterle él solo 51 puntos a Utah Jazz, o incluso liderar la victoria de sus Nuggets contra los mismísimos Chicago Bulls de Jordan. Para que el espectador actual se haga a la idea, el mismísimo Phil Jackson le compara con Stephen Curry. Pero la religión sí condicionaba su forma de ver la vida. Su nueva fe le llevó a replantearse todos los estándares morales y sus referentes históricos.

Acabó llegando a la conclusión de que Estados Unidos siempre había sido una nación represiva, en particular contra las minorías étnicas y religiosas a las que él pertenecía. “No puedes estar con Dios y con la opresión. Lo dice claramente en el Corán”, contó en una entrevista. Por eso, para él ya no tenía sentido demostrar ningún tipo de respeto o emoción por el himno cuando sonaba antes de los partidos.

Así que en 1996 decidió dejarlo claro. Mientras todos sus compañeros se levantaban al son de las primeras notas, él se quedaba en el vestuario haciendo ejercicios de estiramiento. Al principio nadie se dio cuenta, pero un periodista dio la voz de alarma y estalló el escándalo.

En marzo de ese año las autoridades le castigaron con un partido de sanción, citando una regla que exige que los jugadores deben permanecer en una “postura digna” mientras suenan las notas. Para evitar nuevos castigos sin comprometer su conciencia, encontró una solución: se alzaría durante la música, pero dedicaría ese tiempo a rezar, bajando la cabeza y llevándose las manos al rostro en la posición que utilizan habitualmente los musulmanes. Se libró de nuevas multas, pero no de comenzar a estar mal visto por los espectadores y por su propio equipo.

“Es un proceso por el que tratan de eliminarte. Empiezan a colocarte en situaciones de juego más vulnerables. Luego van variando los minutos que juegas, para que pierdas ritmo. Después te mandan al banquillo más a menudo. Y así, al final parece que ya no eres tan bueno, así que te venden”, explicó Mahmoud. Justo es lo que ocurrió: la estrella del equipo, que promediaba más de 70 partidos por temporada en sus años anteriores, se quedó en 57 en esa campaña. En junio fue traspasado a los Sacramento Kings.

En California le ocurrió lo mismo: empezó fuerte pero poco a poco fue quedándose sin oportunidades, hasta el punto de que en la campaña 1997/98 solo jugó 31 partidos, ninguno en el quinteto titular. “Lo preparan todo para que fracases, así cuando se deshacen de ti, pueden decir que tú mismo has sido el responsable. No quieren que este tipo de ejemplos se extiendan, así que te utilizan para dar ejemplo”.

Sin sitio en la NBA con solo 29 años, tuvo que marcharse a Turquía a demostrar que todavía podía ser un jugador útil, aunque cobrara la mitad de su sueldo. Siguió su carrera en países como Rusia, Italia, Grecia, Arabia Saudí o Japón, y solo tuvo otra oportunidad en la NBA, pero fuera de los Estados Unidos: los Vancouver Grizzlies canadienses le hicieron un hueco en la decepcionante campaña 2000/01. Estaba claro que Norteamérica ya no era lugar para su baloncesto.

Mahmoud durante un partido de la liga Big3 el año pasado con su equipo, los 3 Headed Monsters. Foto: Al Bello/BIG3/Getty Images.
Mahmoud durante un partido de la liga Big3 el año pasado con su equipo, los 3 Headed Monsters. Foto: Al Bello/BIG3/Getty Images.

Todo esto, en su momento, le hizo pagar un peaje muy duro. Y no solo en lo deportivo, sino también en lo personal, ya que recibió numerosas amenazas, incluso de muerte, por teléfono y por correo. La casa que se estaba construyendo en su ciudad natal apareció un día con pintadas del Ku Klux Klan. Su entonces esposa, asustadísima, no quiso nunca mudarse allí con sus cinco hijos. En 2001, cuando el inmueble estaba vacío y a la venta, alguien le prendió fuego.

Abdul-Rauf hoy tiene 51 años y ha vuelto a Estados Unidos. Vive en Atlanta, se dedica a criar a sus hijos adolescentes, de vez en cuando colabora como entrenador y da conferencias a grupos de las comunidades negra y musulmana. También juega en la Big3, una competición de baloncesto con equipos de tres jugadores en la que participan muchos antiguos integrantes de la NBA. Y sobre todo, se mantiene firme en sus convicciones y asegura que volvería a hacer lo que hizo.

Más ahora que, al contrario que en su época, habría compañeros dispuestos a solidarizarse, como se vio con Kaepernick. Porque sus ideales son firmes: “Quiero vivir y morir con una conciencia y un alma libres cuando todo esté dicho y hecho. Estoy en ese viaje. Tuve que tomar esa decisión para mí mismo y, después de hacerlo, me di cuenta de que me había quitado un gran peso de encima. ¿Te ridiculizan? ¿Te dicen tonterías? ¿Tratan de acabar contigo? Sí, pero te sientes muy bien porque estás defendiendo algo en lo que crees”.

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