Marcelo se arrodilla; el mundo del fútbol ni se inmuta

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Photo by PIERRE-PHILIPPE MARCOU/AFP via Getty Images
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El pasado 3 de junio, Borja Iglesias se presentó en el entrenamiento del Real Betis con las uñas pintadas de negro. Apenas había pasado una semana desde el asesinato de George Floyd en Minneapolis y la efervescencia de las protestas bullía por todo el planeta, desafiando en demasiadas ocasiones el sentido común de la prevención sanitaria. Era momento de hacer algo, un pequeño gesto. Días después, los veintidós jugadores del Hertha Berlín y el Borussia Dortmund guardarían un minuto de silencio arrodillados sobre una sola pierna, el gesto que popularizaran Eric Reid y Colin Kaepernick, jugadores de los San Francisco 49ers de fútbol americano durante la interpretación del himno estadounidense como protesta contra la desigualdad y el racismo en su deporte y en la sociedad.

Lo de Borja Iglesias, en comparación, era una anécdota. Al fin y al cabo, el tan vitoreado Kaepernick había acabado fuera de la NFL por su carácter respondón y el propio Donald Trump exigió a los dueños de las franquicias que expulsaran de sus equipos a cualquiera que “no respetara el himno nacional”. Iglesias no podía temer sanción alguna, pero su posicionamiento no gustó. Hablamos de una sociedad que se inflama cuando Isco da un “me gusta” a una publicación de Twitter o Pepe Reina da su opinión sobre lo que le apetezca, así que el listón está muy bajo, de acuerdo, pero en vez de reconocer el gesto del delantero bético, buena parte de los comentarios en redes sociales no pasaron de llamarle “maricón” por pintarse las uñas y reírse de él. Algún político incluyó un expresivo “yo solo me arrodillo ante dios” como resumen de la situación y la calidad del debate en España.

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Visto lo visto, y teniendo en cuenta que, desgraciadamente, la indignación a menudo va por modas y esta era la moda de la semana pasada, nadie esperaba ningún gesto relevante en la jornada inaugural de LaLiga... y no lo hubo hasta que llegó Marcelo, marcó su gol ante el Eibar, y puso rodilla en el suelo con puño en alto. Tampoco gustó. El gesto fue calificado de innecesario y mirado con sospecha. No está bien visto que un futbolista se signifique y mucho menos que lo haga en el campo. De hecho, si echamos la vista atrás, pocos casos vemos de jugadores que hayan decidido llevar sus convicciones al terreno de juego y actuar en consecuencia.

Sin alejarnos del tema del racismo, hay un excelente documental en Movistar Plus -”Los otros: fútbol y racismo”- en el que se ve claro cómo el tema se intenta esquivar tanto por afectados como por compañeros. El día que a Roberto Carlos le gritaron “macaco” en el Camp Nou durante noventa minutos y se atrevió a protestar en rueda de prensa, Pep Guardiola inmediatamente le llamó al orden. Años después, sería un jugador del Barcelona, Samuel Eto´o, el que amenazaría con abandonar el campo de juego de La Romareda tras una sucesión de insultos y ruidos guturales que se le hicieron insoportables. No era la primera vez que el camerunés tenía problemas en ese estadio: el año anterior celebró un gol haciendo movimientos propios de un gorila para expresar su rabia por los continuos insultos.

El racismo, desde luego, es un tabú en el fútbol como lo es en la sociedad. El famoso “yo no soy racista pero...” o “tengo muchos amigos negros” como excusa para todo. Esa tradición de más de cien años no la iba a cambiar George Floyd, desde luego. De hecho, igual que en Estados Unidos se han popularizado figuras como Muhammad Ali, John Carlos o Megan Rapinoe por sus reivindicaciones fuera y dentro de sus disciplinas y siempre en contra del poder, con las consecuencias que eso puede conllevar -que le pregunten a Craig Hodges-, en España el silencio ha sido moneda común. Sí, conocemos historias vinculadas sobre todo con el nacionalismo catalán o vasco, himnos silbados y demás parafernalia pero siempre con los aficionados como protagonistas.

De hecho, el primer escándalo relacionado con la política y el fútbol español se dio en 1925, cuando la banda de la marina inglesa tocó en el descanso del Barcelona-Júpiter disputado en Les Corts, y fue aplaudida cuando tocó el “God save the king” pero los siseos abundaron cuando interpretaron la marcha real. Miguel Primo de Rivera, ex gobernador civil de Cataluña y a la sazón dictador en cargo tras el golpe de estado de 1923, no solo ordenó el cierre del campo y la suspensión durante varios meses de los partidos del club catalán sino que amenazó con hacerlo desaparecer. Hans Gamper se marchó a Suiza un par de semanas (otros medios hablan de tres meses, pero nos fiamos de la versión de Fernando Arrechea) y los ánimos se tranquilizaron.

A nivel individual, quizá lo más representativo siga siendo la decisión de los jugadores del Rácing de Santander, Aitor Aguirre y Sergio Manzanera, -de salir con un fino brazalete negro al campo para jugar contra el Elche como protesta contra los fusilamientos de septiembre de 1975 de varios miembros del FRAP y de ETA. Aitor Aguirre, ex jugador del Athletic de Bilbao, cargó con la responsabilidad, la sanción económica y las amenazas de muerte. También lo hizo Manzanera, convertido después en activista social. Curiosamente, sus ex compañeros de equipo no se atrevieron a tanto: salieron con los brazaletes pero argumentaron que se debía a otra causa: la muerte de un ex jugador. Se libraron de multa alguna.


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