Destapa las miserias del fútbol base y el reguero de juguetes rotos que deja por el camino

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Max Noble, antiguo futbolista de la cantera del Fulham. Foto: Twitter @iPaperSport
Max Noble, antiguo futbolista de la cantera del Fulham. Foto: Twitter @iPaperSport

“¿Qué quieres ser de mayor?” es la típica pregunta que se le hace a los niños. Muchos, en todo el mundo, no tendrán dudas a la hora de contestar: futbolista. Porque dedicar su vida al deporte que les apasiona suena realmente bien. Lo que pasa es que ya es raro que los grandes clubes se fije en el chaval que destaque en el equipillo de su barrio; puede ocurrir, pero lo normal actualmente es que se integren desde pequeños en sus academias y los que demuestren más talento vayan progresando a través de las categorías inferiores.

Para los muchachos, en principio, es la situación ideal, porque si bien no están en la primera plantilla, ya pueden lucir con orgullo el escudo y los colores de un club puntero. Los padres, generalmente, lo ven como una buena oportunidad y confían en que el prestigio de las instituciones garantice que, lleguen o no lleguen a la élite, los jóvenes aspirantes serán bien tratados y recibirán una buena formación. La realidad, sin embargo, puede llegar a ser muy diferente.

Es lo que denuncia Max Noble. Hoy es un joven que supera por poco la treintena, apartado del mundo del fútbol, pero hace algo más de una década era un adolescente en la cantera del Fulham, uno de los equipos punteros de Londres, y destacaba tanto como centrocampista que acudía con frecuencia a las convocatorias de las selecciones juveniles de Gales. Y según relata ahora, lo vivido en aquellos años fue un infierno que define con una palabra: “abuso”.

“A la gente no le gusta esa palabra porque suena sexual”, dice en una entrevista para el portal iNews, “pero que un adulto mienta a niños, que les meta algo en la cabeza, y luego de repente se lo arrebate, les deje vendidos, y les diga que es culpa suya por no trabajar lo suficientemente duro, no escuchar, no quedarse en el campo de entrenamiento hasta más tarde o desde más temprano... Es la excusa típica que usa el abusador: acusar a la víctima. Es un escándalo de abuso”.

Noble dice que de su paso por el fútbol juvenil le han quedado trastornos de ansiedad y depresión que aún sufre, y que incluso le llevaron a pensar en el suicidio, pero que no es ni mucho menos el único. Tras producir un vídeo para Copa90 titulado Chasing shadows (“persiguiendo sombras”) en el que relata su experiencia, asegura que hasta 150 antiguos futbolistas que pasaron por lo mismo se han puesto en contacto con él.

Max narra episodios de presión extrema, tales como negarle una operación de rodilla que necesitaba por sus persistentes dolores (causados por el sobreesfuerzo de una articulación todavía en fase de crecimiento): “eres joven, se curará solo”, le decían mientras le inyectaban de forma sistemática analgésicos antes de los partidos y los entrenamientos. También le prohibieron firmar con un agente antes de cumplir los 16 años; llegado a esa edad, le forzaron a quedarse con el que le imponía el club, bajo amenaza de relegarle de nuevo al equipo juvenil (ya estaba entrenando con la primera plantilla).

Ante su negativa inicial llegaron a dejarle ocho semanas apartado, sin permitirle siquiera ejercitarse con sus compañeros. El empleado del club que le hizo esa jugarreta ya no está en el Fulham, pero a Noble le consta que sigue trabajando en el mundo del fútbol. “No puedo entender que un hombre así esté a cargo de niños. Precisamente esa debería ser su tarea, cuidar a los niños, no amenazarlos ni abusar de ellos”.

La situación tenía a veces tintes de racismo más o menos sutil. “Tras tres o cuatro partidos seguidos perdiendo, dijeron que era por un problema nuestro de falta de actitud. Los únicos que podían seguir entrenándose normalmente resultó que eran los chicos blancos. Éramos ocho negros en el equipo y por las tardes nos teníamos que quedar sentados en el vestuario mientras los tres o cuatro blancos podían salir y entrenarse con el equipo reserva”.

“Tampoco nos dejaban comer en la cantina: nos hacían sentarnos en el vestuario después de que todo el mundo lo hubiera usado, lleno de barro, y ponían una bandeja de sándwiches en el suelo. Esto estuvo ocurriendo durante dos meses”, continúa su relato. “¿A quién te quejas cuando pasa algo así? ¿A quién le cuentas esa historia? La gente a la que se lo podrías contar son los mismos que lo están haciendo”.

Le confesó la situación a su padre, y este protestó en el club, pero le explicaron que no era más que una forma de castigo por los malos resultados deportivos, para motivarles. “Puro bullying. Es un ambiente horrible en el que pasas mucho miedo. Hasta temblaba en el baño y me escondía para no cruzarme con algunos técnicos en concreto, porque me iban a hacer sentir como si hubiera hecho algo malo”.

Todo esto, por supuesto, aparte de los sacrificios que de por sí exigía su carrera futbolística. “Ya no era muy cercano a los amigos de mi escuela porque no podía. Ellos estaban saliendo, yendo al cine, a fiestas, relacionándose, yéndose juntos de vacaciones. Yo simplemente no podía hacer eso: tenía que estar a la cama a las 10 de la noche porque había entrenamiento a las 8 de la mañana. Solo podía hacer las cosas que me decían. No tenía vida social fuera del fútbol”.

No obstante, lo peor llegó después. Se calcula que el 98 % de los jugadores de una academia jamás llegan a tener oportunidades y están fuera del mundo del fútbol cuando llegan a la veintena. Noble se convirtió en uno de ellos debido a sus problemas de rodilla: le diagnosticaron una tendinitis particularmente grave que le impedía seguir jugando, que él achaca a “todas esas inyecciones y analgésicos que me habían dado”.

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Según denuncia, el Fulham se negó a hacerse cargo de su tratamiento debido a que su vínculo con el club se acababa y no se lo iban a renovar. “Tuve que pagar mi propia rehabilitación. Ni siquiera recibí una llamada telefónica del club para preguntarme cómo iba. Nada de ayuda psicológica, nada de cuidado posterior, ni oportunidades laborales, ni una beca, ni un curso. Es como si me dijeran ‘piérdete, no eres suficientemente bueno’. Tenía 18 años, me operaron de las dos rodillas tres días antes de cumplir 19”.

Así, de repente, Noble ya no era un proyecto prometedor de futbolista, sino un hombre recién salido de la adolescencia, con todos sus sueños rotos, con una vida entera consagrada al deporte que ya no valía para nada, con su cuerpo destrozado y sin ninguna formación para dedicarse a otra cosa (porque años atrás, en vista de su potencial, el Fulham le había “recomendado” dejar los estudios y centrarse en el balón, con la promesa de un contrato profesional más tarde).

Lo que más le dolía era la sensación de ser un inútil. “Todo el mundo estaba viajando, yendo a la universidad, sacándose cursos y carreras, encontrando trabajos, convirtiéndose en hombres jóvenes. Yo solo podía quedarme en mi cama pensando que era un fracasado y un perdedor, y que había decepcionado y avergonzado a mi padre y a toda mi familia. En el punto más bajo de mi vida sentía que ya no quería seguir aquí”.

Sin haber hecho nada en su vida más que jugar al fútbol, carecía de formación alguna que le permitiera encontrar más que trabajos temporales mal pagados. “Me sentía cada vez más prisionero de mi situación. Y veía a antiguos amigos del fútbol, gente con la que había convivido a diario durante años, que les pasaba lo mismo. Tengo dos amigos que intentaron suicidarse, y otro que se autolesionó y todavía tiene cicatrices en sus brazos”. Otros antiguos compañeros, “las mejores personas que podías conocer”, acabaron convirtiéndose en delincuentes y entrando en la cárcel, fruto de la desesperación por no poder hacer otra cosa y por, en ocasiones, tener familias que alimentar.

“Imagina que desde que tienes ocho años te están vendiendo este sueño de ser futbolista profesional. Al llegar a adulto entiendes que es abuso, pero entonces no. Y muchas de las víctimas no quieren hablar de ello porque todavía se sienten avergonzados. La industria del fútbol nos vende que nos dio una oportunidad y que es nuestra culpa no haberla aprovechado. Los más jóvenes no indagarán más en las causas porque no querrán admitir que algo así les está pasando a ellos”, insiste.

Noble cuenta que todavía no ha podido superar el trauma, que años después todavía sufre ataques de pánico, pero que al menos ya ha “aprendido a hablar y a expresar cómo me siento”. Pero insiste en culpar a los equipos: “Cuando circula tanto dinero en este deporte, no puede ser que no sepas qué ocurre con los chicos cuando te deshaces de ellos. Ni una llamada, ni preguntar cómo les va, ni conseguirles un curso o una beca. Absolutamente nada. Es inaceptable”.

Su objetivo al denunciar la situación es contribuir a que se sepa y a que se le ponga remedio. “Quiero que los clubes admitan que esto está ocurriendo y que hagan algo al respecto. El sistema de las academias es un fracaso, no tienes más que ver las cifras. Si sacan a un niño del colegio, después le deben un mínimo de cuidado. Solo eso. No pueden prometerles la luna y luego no hacerles caso cuando sufren depresiones o pasan por lo que yo tuve que pasar”.

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Él, en el fondo, confiesa haber sido afortunado: pudo reconstruir su vida años después porque “de casualidad”, a través de un folleto que recogió en la calle, se enteró de que una marca de ropa estaba buscando personal para el departamento de desarrollo y testeo de productos. Ahora, tiempo después, ha creado su propia empresa, Certified Sports, y destina un porcentaje de las ganancias a programas de salud mental para exdeportistas.

Por su parte, el Fulham se ha limitado a anunciar que investigará los hechos y que la institución está contra “el acoso, el racismo y la discriminación en cualquier forma”. Parece el mensaje estándar que cabía esperar en una situación como esta; veremos si va más allá de la palabrería y se adoptan medidas reales. Porque el problema no es únicamente del club blanquinegro. Noble está convencido, a juzgar por los mensajes que ha recibido últimamente y de otras noticias aparecidas en la prensa en los últimos tiempos (es muy llamativo el caso de Jeremy Wisten, antiguo canterano del Manchester City que se quitó la vida con solo 17 años tras ser descartado), de que realidades como la suya se viven a menudo en las academias de los equipos más importantes.

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