El Balón de Oro femenino, camino de convertirse en una mentira como el masculino

Gala de entrega del Balón de Oro femenino en París. La ganadora, Megan Rapinoe, no estuvo; su imagen se ve en un vídeo proyectado en la ceremonia. Foto: Kristy Sparow/Getty Images.
Gala de entrega del Balón de Oro femenino en París. La ganadora, Megan Rapinoe, no estuvo; su imagen se ve en un vídeo proyectado en la ceremonia. Foto: Kristy Sparow/Getty Images.

El fútbol tiene un problema gravísimo. Bueno, en rigor tiene muchos, pero hay uno en particular que, además, en el fondo es la causa última de casi todos los demás. No es nada nuevo, por supuesto, pero ocurre de forma cada vez más descarada que está dejando de ser un deporte para convertirse en un negocio donde los billetes que se mueven con la parafernalia de alrededor importan muchísimo más que lo que ocurra con la pelota y el césped.

Ejemplos hay a patadas (con perdón), aunque el último es especialmente sangrante porque procede del fútbol femenino, al que creíamos, o así nos lo querían vender, como más puro y libre de la contaminación del marketing que ya tiene más que corrompida a la variante de hombres. Y lo protagoniza la jugadora estadounidense Megan Rapinoe, quien acaba de ganar el Balón de Oro. Este premio, que entrega la revista francesa France Football tras votación de un panel de periodistas internacionales, está considerado oficiosamente el galardón a la mejor del mundo, de manera análoga al equivalente masculino.

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Y sí, es cierto que Rapinoe fue la líder de la selección estadounidense que se proclamó campeona en el Mundial disputado este verano. También es verdad que en Francia 2019 arrasó, siendo máxima goleadora del torneo, elegida mejor jugadora y parte del once ideal. Pero no es menos correcto que el resto del año de Megan ha sido discreto tirando a mediocre.

Una cosa buena que tienen los norteamericanos es que están obsesionados con el rendimiento y el éxito, así que tienen estadísticas fiables de absolutamente todo, en especial de su deporte profesional. El soccer femenino no iba a ser una excepción. Así podemos comprobar que durante la temporada de 2019 de la NWSL, la número 15 del Reign FC (club hasta hace poco de Seattle, actualmente reubicado en Tacoma, un suburbio de su periferia) ha participado en un total de seis partidos de liga, sumando apenas 452 minutos.

En ellos, ni un solo tanto, ni tan siquiera un pase de gol. Su contribución no fue demasiado importante para que el equipo acabara cuarto en la temporada regular y cayera eliminado en semifinales en el playoff. Las lesiones y el cansancio, no olvidemos que tiene 34 años, han sido las excusas para que en todo 2019 Rapinoe solo haya disputado, sumando club y selección, once partidos oficiales.

¿Once partidos, en la mitad de los cuales no ha sido especialmente brillante, dan para ser nombrada la mejor del mundo? ¿Y más teniendo detrás a gente como su propia compatriota Carli Lloyd (los mismos seis goles en el Mundial... y siete en la liga) o Lucy Bronze (posiblemente la mejor defensa del planeta en la última década, ganadora de cuantos títulos ha jugado con el Olympique de Lyon y semifinalista del mismo Mundial con Inglaterra) o la australiana Sam Kerr (mejor jugadora de la liga norteamericana y autora de 18 goles, el récord histórico de la competición)?

No hace falta ser un gran experto para darse cuenta de que este año cualquiera de ellas, y muchas otras, han estado por encima de Rapinoe. Pero claro, Megan le suma su faceta de activista política contra el presidente Donald Trump y de figura muy prominente en la comunidad LGTBI. Sus discursos de temática feminista y antirracista la han convertido en una celebridad, alguien a quien todo el mundo conoce no ya en Estados Unidos (donde hay quien plantea que se convierta en la próxima presidenta), sino casi en todo el planeta.

Todo eso está muy bien, sin duda. Nadie tiene nada en contra de ese aspecto de su personalidad (salvo, quizás, quienes se encuentren ideológicamente en contra de ella) y es perfectamente legítimo aprovechar su fama en el deporte para trasladar su mensaje, como han hecho tantos y tantos otros. Otra cosa muy diferente, y perjudicial, es que se tome el camino inverso: que desde dentro del mundo del fútbol se intente tomar como referente a quien no ha hecho méritos futbolísticos para ello.

La tentación es grande, sin duda. Como hemos visto, gracias a su vida fuera del césped Rapinoe es ahora un personaje muy popular, posiblemente la primera en quien mucha gente piense cuando le nombran las palabras “fútbol femenino”. Y un icono reconocible sirve para, entre otras cosas, mover mucho dinero. A Megan no le faltan contratos publicitarios con marcas como, por ejemplo, la cerveza Budweiser.

Y cuando se mueve mucho dinero, el deporte pasa a un segundo plano. La propia existencia de premios como el Balón de Oro, con el absurdo que supone destacar a un solo participante por encima de todos los demás en un juego en el que, por su propia definición, se compite en equipo, ya es un indicativo de que, aunque al principio la idea fuera bienintencionada, lo que se busca es generar un relato en el que hay un héroe al que admirar y seguir. Fulanito es el mejor, y por tanto lo que me vende, el anuncio en el que pone su cara, también es lo mejor.

¿Qué criterios se siguen? Jamás ha quedado claro. Se fía a la votación de “expertos”, tan influenciables a las presiones como cualquier otro, con sus filias y sus fobias, sin una referencia objetiva definida. Así pasa que, en la variante masculina, aunque a falta de otra cosa ahí se mantiene, cada vez genera más dudas y tiene menos credibilidad. El del año pasado de Modric, que en 2010 no lo ganara ningún español, que casi siempre se lo lleven Messi o Cristiano incluso cuando no están demasiado finos... hasta la victoria del argentino en este 2019 está bajo sospecha. ¿El mejor es el que triunfa en un momento clave, muy importante, pero puntual, o el que rinde más durante todo el año? A este paso nunca lo sabremos.

Rapinoe ha obtenido 230 votos. Bronze ha sido la segunda... a una distancia abismal: 94. Y la tercera no ha sido otra que haya hecho un gran año, sino Alex Morgan. También una excelente jugadora, también estadounidense, también integrante del equipo campeón en Francia y con una actuación bastante decente (los mismos seis goles que Megan pero repartidos en más tiempo... y cinco de ellos a la debilísima Tailandia), pero también irrelevante en su club, Orlando Pride, en el que ha jugado aún menos (ni 400 minutos) y tampoco ha visto portería. Morgan, eso sí, tiene mucha exposición mediática, pero más por su belleza que por su talento (asumimos nuestra parte de culpa) y ha sido hasta portada de videojuegos. Su nombre este año ha sonado menos, ya que Rapinoe lo ha eclipsado todo, pero siendo quien es también “toca” que esté ahí.

Parecía que el fútbol femenino, en su desafortunada condición de “hermana pobre”, al menos tenía el consuelo de librarse de estas intrigas y tejemanejes. Pero se ve que ni eso. En cuanto parece que empieza a prosperar un poco y a ganar algo de atención, ahí estamos rápidos para romper el juguete. Y en el fondo parece que hasta nos gusta que sea así. Las deportistas no tienen culpa alguna, pero los aficionados, a fin de cuentas, nos llevamos lo que nos merecemos.

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