¿Y si no fue Jerry Krause quien se cargó el séptimo anillo de Jordan?

Guillermo Ortiz
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Chicago Bulls General Manager Jerry Krause (L) and team owner Jerry Reinsdorf (R)  celebrate14 June after the Bulls won game six of the NBA Finals against the Utah Jazz at the Delta Center in Salt Lake City, UT. The Bulls won the game 87-86 for their sixth NBA Championship.   AFP PHOTO/Jeff HAYNES (Photo by Jeff HAYNES / AFP)        (Photo credit should read JEFF HAYNES/AFP via Getty Images)
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Se dice que la historia la cuentan los ganadores y si algo ha quedado claro en los últimos meses es que Michael Jordan es el ganador por excelencia. La historia de Jordan, en cualquier caso, no es nueva, sino que es la propia construcción del relato “The last dance” que surgió de la mente de Phil Jackson cuando decidió renovar por una temporada más con los Bulls, convencido in extremis por Jerry Reinsdorf, dueño de la franquicia, en un vuelo express a su rincón perdido en Montana.

Esta narrativa “The last dance” tal y como se contó en 1998 y tal y como se ha vuelto a contar ahora parte de un abismo de la razón: hay un hombre, Jerry Krause, empeñado en cargarse al equipo más exitoso de la NBA desde los Boston Celtics de Red Auerbach. ¿Por qué lo hace? Por inquina personal. ¿Hacia quién? Hacia todos. Krause, de forma irracional y ante la pasividad de Reinsdorf, habría decidido acabar con ese proyecto para empezar cuanto antes con el siguiente. Habría impedido el regreso de Jackson y ese impedimento habría arrastrado a Jordan a la retirada, además de no renovar a Dennis Rodman y traspasar a cambio prácticamente de nada a un Scottie Pippen que acababa contrato.

Lo de Krause, parece, era pura cabezonería. Puro ego. La famosa frase “las organizaciones ganan títulos, no los jugadores” (que él matizó mil veces sin éxito) podía resumir sus intenciones. Los Chicago Bulls podrían ganar con Michael Jordan o con Ron Mercer, daba igual mientras él estuviera al mando. Era un ser irracional, torpe, malhumorado, que se encontró con el mejor equipo de los noventa y lo destruyó sin piedad. El villano de la historia de éxito de un equipo que marcó tantas infancias, tantas adolescencias.

Ahora bien, hay cosas que no cuadran en esa narrativa. De entrada, Jerry Krause podía ser un egomaníaco -hay cierto consenso al respecto- pero no era idiota. Aunque llegó al equipo en 1985, ya con Jordan como estrella, su trabajo para rodearlo de los jugadores que necesitaba, fue espectacular: drafteó a Scottie Pippen, a Horace Grant, a BJ Armstrong, a Toni Kukoc con una segunda ronda... fichó a John Paxson (por entonces, el hermano de Jim) cuando su futuro en la liga era dudoso y años después, rescató a Steve Kerr cuando su carrera no apuntaba a nada. Se hizo con un Ron Harper en plena madurez física y mental. Fichó a Luc Longley cuando Cartwright no daba para más (un Cartwright que, por cierto, había llegado a cambio de Charles Oakley, un traspaso que aunque Jordan lo califique ahora de “clave y necesario” en su momento fue objeto de toda su ira pública).

Krause hizo alrededor de Pippen y Jordan dos equipos que se convirtieron en dinastías. Eso tiene un mérito increíble, incomparable casi en el baloncesto moderno. Fue Krause el que contrató a Tex Winter ante la oposición de Doug Collins y fue Krause el que contrató a Phil Jackson y le puso de primer entrenador. Sí, luego llegó el desastre de los Elton Brand, Tyson Chandler y compañía, pero eso sería luego. En 1997, no es que Jerry Krause estuviera buscando reconstruir el equipo por capricho, es que era obvio que el equipo necesitaría en algún momento una reconstrucción y que ese momento no solo estaba cada vez más cerca sino que requería de una planificación y unas decisiones.

Así, ante esta narrativa Michael Jordan -si fuera por Michael Jordan, Krause habría dejado de ser el General Manager de los Bulls tras el traspaso de Oakley o tras la incapacidad de traer a Walter Davis en 1991 como agente libre; puede, en el fondo, que MJ no soportara que Krause tuviera razón en casi todas sus decisiones- aparece la narrativa Sam Smith, el autor de “The Jordan Rules”, el siempre sonriente periodista del Chicago Tribune reconvertido a colaborador de la página web oficial de los Bulls a sus 72 años.

La versión de Smith, el propio personaje de Smith, tiene sus luces y sus sombras: conoció a todos, se llevó bien con todos, parece conocer todos los secretos. Nunca fue amigo de Krause, ni mucho menos, pero sí lo es de Reinsdorf. Por todo ello, vamos a contemplar su hipótesis no como una revelación sino como lo que parece: un proceso más complejo de lo que Jordan ha querido vender. Según Smith, todo empieza en 1996, cuando Phil Jackson da por acabado su período de entrenador en los Bulls. Al parecer, su idea desde el principio era entrenar durante siete años. No más de siete años con ningún equipo. Ron Harper, en nombre de todos los jugadores, le pidió por favor que siguiera un año más. Aceptó. Krause y Reinsdorf le presentaron un buen cheque y todos contentos.

Al final de la temporada 1996/97, Smith relata una supuesta conversación entre Jackson y Krause en la que el General Manager intenta convencerle para firmar varios años... y hacerse cargo por lo tanto de la siguiente reconstrucción. Jackson le dice que ni lo sueñe, que él no está para eso. Puede que la oferta en sí fuera ofensiva para un cinco veces campeón de la NBA, pero la respuesta, desde luego, fue contundente. Ahí intervino Reinsdorf, como ya quedó dicho, y consiguió un año más. El año necesario para retener a Jordan y optar por el sexto anillo.

¿Estaba Krause de acuerdo? No. Krause siempre consideró que Jackson le debía su carrera y consideró ese rechazo a ayudarle a reconstruir como una ofensa. De ahí esa contundencia posterior, ese “no vas a seguir ni acabando invicto”. Para Krause, todo era una ofensa, por otro lado. El equipo agonizaba, esa era la verdad: no había garantía alguna de que Rodman fuera a comportarse (no lo hizo), Pippen salía de una lesión de rodilla que se sumaba a sus tremendos problemas crónicos de espalda. Harper tenía ya 34 años. Kukoc no era un líder en la NBA y el resto -Longley, Kerr, Wennington, Buechler, Simpkins, Brown...- solo tenían sentido arropando a estrellas en momentos concretos.

Esto lo sabía Krause, lo sabía Phil... y lo sabía Jordan. Según Smith, Jordan se sacó de la manga lo de “no voy a jugar para ningún otro entrenador que no sea Phil” para justificar su marcha. Los Bulls tenían que reconstruir, no quedaba otra. Pippen nunca habría aceptado una oferta que no fuera sideral... y a eso había que añadirle otra oferta sideral a Jordan y otra a Jackson y una considerable a Rodman y al menos igualar las que recibieran el resto de jugadores de complemento, cada título más revalorizados. Los números no cuadraban.

Jordan y Jackson supieron desde el primer momento que no iba a haber séptimo anillo. Lo decidieron. Krause, con su torpeza habitual y sus malos modos y su empeño por aparecer en los focos fue el que lo exteriorizó como si fuera cosa suya... pero no era cosa suya. Si Phil no decide tomarse un año sabático, si los Bulls consiguen un par de buenos jugadores por Pippen, si Rodman se compromete a comportarse... y si Jordan no se corta el tendón de un dedo en pleno lockout del otoño de 1998... igual habría habido un “último último baile”. No hubo manera.

El resto es historia: Jackson volvió para ganar cinco anillos con los Lakers. Cuando tuvo que reconstruir a los Knicks, no supo por dónde empezar. No todo el mundo es bueno en todo. Jordan no solo volvió a jugar para otro entrenador -aunque fuera su querido y muy manipulable Doug Collins- sino que lo hizo con un espanto de equipo llamado Washington Wizards. Pippen agravó su lesión en la espalda en el quinto partido contra los Jazz y no volvió a ser una sombra del jugador dominador de mediados de los 90. Kukoc, efectivamente, no servía para liderar nada a los 30 años. Tampoco, Harper, ya con 35. Kerr se fue. Longley se fue. Los Bulls siguen esperando a llegar al menos a una final después de 22 años.

¿Fue todo culpa de Krause? No parece. ¿Lo fue de Reinsdorf? Tampoco del todo. El equipo había llegado al límite y los dos tipos más competitivos de ese vestuario (Jackson y Jordan) lo sabían. El último baile no fue un capricho sino simplemente el resultado de una obviedad: no quedaba más música que tocar. El campeonato de 1997/98 fue un hermoso “bis”. Cómo se ha convertido en una revancha personal hacia un hombre que lleva tres años muerto, se me escapa.

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