Mientras disminuyen los casos de COVID en Europa, aumentan las probabilidades de prohibir los viajes desde Estados Unidos. ¿Qué hizo bien la UE para controlar el coronavirus?

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Cuando la Unión Europea vuelva a abrir sus fronteras el 1 de julio después de meses de restricciones debido al coronavirus, los viajeros de China, Uganda, Cuba y Vietnam serán bienvenidos.

Pero probablemente los de los Estados Unidos no.

Un informe publicado el martes en el New York Times reveló que la Unión Europea (UE) está valorando dos posibles listas de viajeros aceptables en función de cómo le está yendo a las naciones extranjeras en su lucha contra la COVID-19, pero en ninguna de ellas figura Estados Unidos.

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Este ligero e “hiriente golpe al prestigio estadounidense en el mundo y el repudio a la gestión del virus por parte del presidente Trump en Estados Unidos”, como lo calificara el Times, no solo subraya cuánto ha empeorado el brote en los últimos días, sino que también destaca todo lo bueno que ha hecho la UE en comparación con Estados Unidos.

Eso también plantea una pregunta: ¿qué ha pasado?

“Se suponía que la excepcionalidad estadounidense no significaba esto”, tuiteó hace poco Tom Frieden, el ex director de los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades.

Cuando se trata de COVID-19, comparar países suele ser un ejercicio complicado y a menudo engañoso. Estados Unidos es una entidad muy diferente a países como Dinamarca o Corea del Sur, con una población mucho más grande y diversa, niveles muy altos de polarización política y un sistema de gobierno federalista difícil de gestionar. Y esas diferencias pueden explicar en gran parte las disparidades sobre el coronavirus.

Pero la UE en su conjunto se parece más a Estados Unidos. Su población es comparable: 328 millones aquí y 446 millones allí. Es al menos tan “diversa” como Estados Unidos, con profundas diferencias de nacionalidades y etnias. Políticamente, la UE es cualquier cosa menos uniforme. Y su sistema de gobierno, una federación de estados miembros autónomos, también es similar. En el caso de Estados Unidos, la única comparación que tendría sentido en esta crisis de la COVID-19 sería con la UE.

Pero los estadounidenses no están a la altura, ni siquiera se le acercan.

Las primeras etapas de los brotes de la UE y Estados Unidos fueron sorprendentemente similares. A principios de marzo, ninguno de los dos lugares había registrado muchos casos. Pero muy pronto los casos en Europa comenzaron a aumentar: registraron unos 1 800 casos el 7 de marzo, alrededor de 7 000 el 14 de marzo y unos 20 000 el 21 de marzo.

Durante un par de días, Estados Unidos se quedó atrás. Luego, alrededor del 18 de marzo, nuestra curva comenzó a elevarse siguiendo exactamente el mismo ángulo.

A finales de marzo, la UE había alcanzado un pico de alrededor de 30 000 casos nuevos de COVID-19 al día. Estados Unidos, sin embargo, todavía seguía subiendo. Unos días después, el 3 de abril, Estados Unidos finalmente superó a Europa por primera vez en el recuento diario de casos.

Y fue entonces cuando las dos curvas dejaron de parecerse.

Durante el resto del mes, la media móvil de siete días de casos nuevos diarios en la UE, una métrica clave que equilibra las fluctuaciones diarias, disminuyó todos los días, de un máximo de más de 28 000 el 1 de abril a aproximadamente 11 000 el 30 de abril. Luego siguió disminuyendo hasta caer por debajo de 4 000 a inicios de junio. Desde entonces ha permanecido en ese punto.

La historia en Estados Unidos ha sido muy diferente. En abril, la curva de Estados Unidos pareció estancarse alrededor de 30 000 mientras la UE reducía su media diaria de casos en aproximadamente un tercio. Luego, en mayo, Estados Unidos finalmente parecía que estaba haciendo progresos: redujo su media de siete días a alrededor de 20 000 a finales de mes. Era una mejora, aunque todavía representaba aproximadamente cinco veces la media de la UE en ese momento.

En junio ​​comenzaron los problemas. Con la reapertura en mayor o menor medida de los 50 estados y los residentes relajándose en las medidas de distanciamiento social, la media de siete días de casos nuevos diarios en Estados Unidos comenzó a crecer nuevamente, al principio de manera modesta pero luego a una velocidad cada vez mayor, aumentando más del 32 % en la última semana. 

Desde el 23 de junio, la media de siete días ha sido de 29 898 casos por día, el nivel más alto de Estados Unidos desde el 2 de mayo. Ahora el ángulo de la curva de Estados Unidos es el mismo que a finales de marzo, lo que sugiere una rápida expansión exponencial. Si esto sigue así, Estados Unidos superará su pico anterior en cuestión de días.

Entonces, ¿por qué estamos viendo otro aumento de casos en Estados Unidos y no en la UE?

Ante todo, hay que aclarar que esto no es lo que se llama la “segunda ola”. En su mayoría, las infecciones han disminuido en los estados de Estados Unidos más afectados durante esta primavera (Nueva York, Nueva Jersey, Massachusetts, Illinois, Connecticut y Maryland) mientras están aumentando en estados que no alcanzaron su punto máximo la primera vez (Arizona, Texas, Florida, Carolina del Sur y Oregón). El virus no está regresando, simplemente se está moviendo. Este fenómeno se aprecia incluso dentro de los propios estados. Los casos están volviendo a aumentar en Luisiana, por ejemplo, pero Nueva Orleans, que fue un punto de interés nacional, ya no es un foco de contagio. Lo mismo ocurre en el estado de Washington, donde el condado rural de Yakima, en la parte sur-central del estado, es el responsable del último aumento de las infecciones, no Seattle.

También vale la pena señalar que es probable que el aumento del número de pruebas en Estados Unidos contribuyera en parte a nuestra “meseta” a nivel nacional en abril y mayo; pero hoy también puede contribuir a un incremento del número de casos en ciertos lugares, como Ohio y California. Pero en sentido general, Estados Unidos todavía está realizando menos pruebas por casos positivos que los países europeos más grandes y más afectados, y nuestra tasa de positividad (5,2 %) es mucho más alta que la suya (2,0 % o menos) y sigue subiendo. Aquí también están aumentando las hospitalizaciones. La Rt, una estadística epidemiológica que representa la transmisibilidad o el número de personas que infecta una persona enferma en un punto particular de una epidemia, ahora se estima que se encuentra por encima de 1,0 en 29 estados, en comparación con los seis estados de hace dos meses. Un Rt por debajo de 1,0 indica que cada persona infecta a menos de otra persona, como media, mientras que un Rt superior a 1,0 revela que está creciendo un brote. En otras palabras, el número de pruebas no explica por qué las infecciones reportadas están aumentando en Estados Unidos y no en la UE.

<em>El martes se reabrió un gimnasio Crunch Fitness en Burbank, California. (Patrick T. Fallon/Bloomberg vía Getty Images)</em>
El martes se reabrió un gimnasio Crunch Fitness en Burbank, California. (Patrick T. Fallon/Bloomberg vía Getty Images)

Es probable que otros dos factores guarden más relación con ese fenómeno. El primero se refiere a la efectividad del bloqueo. No existe un modelo único para los bloqueos, como demuestran las diferentes medidas implementadas a lo largo de la UE. Finlandia, por ejemplo, nunca cerró por completo. Las autoridades desaconsejaron, pero no prohibieron, los viajes no esenciales, mientras las tiendas permanecieron abiertas. Sin embargo, a los residentes de España e Italia apenas se les permitió salir de casa durante más de un mes. El Reino Unido también estuvo cerrado durante 83 días. Sin embargo, a pesar de las diferencias había un hilo conductor: asegurarse de que el virus se había suprimido a un nivel lo suficientemente bajo como para que la contención fuera teóricamente posible al reanudar los negocios habituales. Eso significaba cosas diferentes en Alemania y Dinamarca, por ejemplo, pero el objetivo era sustancialmente el mismo.

Algunos de los estados estadounidenses más afectados siguieron ese enfoque. Pero la mayoría no lo hizo. De hecho, según un informe de la BBC del 14 de mayo, pocos estados cumplieron con las pautas de reapertura de la Casa Blanca, que aconsejaban seguir una “trayectoria descendente” de casos reportados o una caída en la proporción de pruebas positivas durante un período de 14 días, antes de finalizar el bloqueo. Como resultado, el virus todavía era demasiado frecuente y estaba demasiado extendido como para contenerlo. Como dijera el doctor Anthony Fauci, el principal experto en enfermedades infecciosas de la nación, si algunas áreas “se saltan esos diversos puntos de control y abren de manera prematura sin tener la capacidad para responder de manera efectiva y eficiente”, el país podría “empezar a ver pequeños picos que podrían convertirse en brotes”. Por desgracia, la predicción de Fauci se está haciendo realidad.

El segundo factor que contribuye es el comportamiento de las personas cuando finaliza el bloqueo. Una vez más, las precauciones personales no son consistentes en toda Europa. En Dinamarca, por ejemplo, casi nadie se cubre la cara, pero en España, Alemania e Italia, las mascarillas suelen ser obligatorias. Pero estas disparidades, que reflejan diferentes niveles regionales de riesgo, tienen sentido cuando el virus ha sido suprimido a un nivel que se puede gestionar y cuando los gobiernos monitorean de cerca los nuevos grupos de casos y reestablecen rápidamente los bloqueos localizados cuando aumentan las infecciones. 

Sin embargo, eso no es lo que está ocurriendo en lugares como Florida, Texas y Arizona, donde los gobernadores se han resistido a hacer que las mascarillas sean obligatorias y han insistido en que el cierre ha terminado definitivamente. Según un estudio publicado recientemente en Health Affairs, las órdenes de usar mascarilla en 15 estados pueden haber evitado hasta 450 000 casos de COVID-19 en los Estados Unidos y un nuevo modelo creado por investigadores con sede en el Reino Unido sugiere que los esfuerzos efectivos de salud pública para detectar las nuevas infecciones y rastrear y aislar a los contactos de los infectados también puede reducir en más de la mitad el riesgo de infección en la población.

Sin embargo, en Estados Unidos, las opiniones sobre el uso de mascarillas y el distanciamiento social se han vuelto increíblemente polarizadas. Una encuesta nueva de Gallup muestra que solo alrededor del 30 % de los republicanos recomendaría ahora a otras personas quedarse en casa tanto como sea posible (una disminución respecto al 80 % de marzo), y menos de la mitad de los republicanos dice que ha practicado el distanciamiento social en las últimas 24 horas (en marzo era el 90 %). Entre los demócratas, ambas cifras todavía rondan el 90 %. Dadas las escasas medidas de mitigación y contención que están aplicando algunos gobiernos estatales, y teniendo en cuenta lo laxos que se han vuelto ciertos segmentos de la población, especialmente los jóvenes, no es extraño que los casos estén aumentando. Muy pocos países han tenido una curva similar, pero los que sí la han tenido, como  Irán, también informan un escepticismo generalizado sobre la ciencia, desconfianza en el gobierno, un retroceso prematuro del confinamiento y bajos niveles de cumplimiento de las pautas de salud pública.

No estamos diciendo que el bloqueo debía continuar para siempre. Después de todo, ya ha terminado en Europa y, al menos hasta ahora, los casos no se han disparado. El punto es que el bloqueo debió haber durado el tiempo suficiente para limitar la cantidad de virus que circulaba en la población; la reapertura debió haberse adaptado a las condiciones del terreno y se debió alentar las precauciones personales, no politizarlas.

Si esas cosas hubieran sucedido, Estados Unidos podría haberse parecido más a la UE en este momento. Y ahora los estadounidenses podrían estar planeando sus viajes a París o a Barcelona.

<em>Restaurante La Coupole en París el 15 de junio (Christophe Ena/AP)</em>
Restaurante La Coupole en París el 15 de junio (Christophe Ena/AP)

Andrew Romano

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