Millonarios extranjeros comprando equipos españoles: ¿se esta desnaturalizando el fútbol?

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El estadounidense David Blitzer, nuevo dueño del Alcorcon. Foto: Andy Marlin/Getty Images.
El estadounidense David Blitzer, nuevo dueño del Alcorcon. Foto: Andy Marlin/Getty Images.

El señor que aparece en la foto sobre estas líneas responde al nombre de David Blitzer. Es natural de Nueva Jersey, en los Estados Unidos, está a punto de cumplir cincuenta años, y de profesión es inversor financiero. Su grupo es propietario de los Philadelphia 76ers, equipo de baloncesto de la NBA, y de los New Jersey Devils, de hockey sobre hielo; también tiene buena parte de las acciones del Crystal Palace, club de la Premier League inglesa.

Es de suponer que este hombre jamás en su vida ha puesto un pie en Alcorcón, y probablemente hasta hace poco ni siquiera sería consciente de que tal lugar existe. No se le podría reprochar: a muchos españoles les costaría situar en el mapa esta ciudad dormitorio de la periferia madrileña, grande en cuanto a población pero carente de cualquier cosa remotamente parecida a un atractivo turístico. Y sin embargo, Blitzer acaba de comprarse la Agrupación Deportiva Alcorcón, entidad que milita desde hace casi una década en la segunda división del fútbol nacional.

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¿Qué pinta un multimillonario yanqui en un suburbio al otro lado del océano? Según el muy políticamente correcto comunicado que ha emitido la entidad amarilla, Blitzer y compañía, a través de la empresa Best Navy SL, pretenden “consolidar e impulsar a la AD Alcorcón en el fútbol profesional, así como afianzar el club como parte integral de la actividad deportiva, económica y social de la zona Madrid-sur”. Con palabrería parecida vino hace ocho años el empresario belga Roland Duchâtelet, propietario hasta ayer mismo.

Poco a poco el fútbol español va asimilando como normal algo que no lo es tanto. Ya no es solo que, en virtud de una legislación que se remonta a 1990 (y que, pese a sus reformas, se ha demostrado tremendamente ineficaz para prevenir desmanes), los clubes se hayan transformado en “sociedades anónimas deportivas” y los socios, otrora legítimos propietarios, hayan pasado a ser meros “clientes”. Dentro de lo malo, al menos el dueño de turno solía ser de la tierra, a veces incluso aficionado del equipo, conocía el entorno, y mal que bien, aunque (como en toda empresa) buscara maximizar los beneficios, todavía se preocupaba, o lo aparentaba, por la parte deportiva.

Pero el capitalismo más salvaje y la globalización han terminado de irrumpir en nuestro fútbol, y ya no es extraño ver máximos accionistas procedentes de lugares exóticos. Sí que es verdad que traer dinero de Estados Unidos es una rareza en el fútbol español (no así en otros países de Europa, como Inglaterra o Italia, donde ya se van acostumbrando), y que Blitzer ha abierto una puerta que a saber dónde acaba llevando, dada la mentalidad norteamericana para el deporte tan diferente a nuestra idiosincrasia tradicional. Pero no nos sorprende que en las juntas directivas haya apellidos árabes o del lejano Oriente.

¿Esto es bueno o malo? Según se quiera mirar. No faltará quien diga que la aportación de capitales foráneos es positiva para reforzar el fútbol español y hacerlo aún más competitivo. Sonar, suena bien, no nos engañemos. Pero al llevarlo a la práctica quizás no todas las aficiones estén de acuerdo.

Un ejemplo: Valencia. El singapurense Peter Lim tiene a su nombre más de un 80% de las acciones de los ches desde que las compró en 2014. Desde entonces se han alternado campañas buenas, con clasificaciones para la Champions League o incluso el reciente título de Copa del Rey, con otras mucho más mediocres, en las que el descenso era una amenaza seria. A Lim raramente se le ve a orillas del Turia; la presidencia la delega en testaferros que hacen poco más que poner el nombre. Tan irregular trayectoria, asuntos turbios como las obras inconclusas del nuevo estadio y la ausencia de quien en última instancia es el responsable llevaron a la hinchada a convocar varias manifestaciones pidiendo su marcha, aunque últimamente el buen rendimiento en el césped parece haber calmado los ánimos.

Otro, aún más dramático: Málaga. El jeque Abdullah Al Thani, de la familia real de Catar, se hizo cargo del club allá por 2010. Los primeros años hubo grandes desembolsos, llegaron jugadores de prestigio (Van Nistelrooy, Toulalan, Isco, Cazorla, Joaquín); el equipo logró clasificarse para la Liga de Campeones y llegar a cuartos de final. Pero se ve que el mandatario se aburrió del juguete y lo abandonó a su suerte, sin gastar lo necesario para mantener el nivel e incluso arriesgándose a sanciones por no cumplir el fair play financiero. Así, en 2018 los boquerones acabaron descendiendo a Segunda; hoy mismo tienen partido contra el Deportivo de La Coruña para intentar volver a ascender.

No resulta difícil adivinar que ni el corazón de Al Thani rebosaba pasión blanquiazul ni Lim gritaba el amunt en las gradas de Mestalla antes de hacerse cargo de las jefaturas correspondientes. Simplemente son inversores que vieron una oportunidad de negocio y se lanzaron a por ella, a por el vil metal. Para ellos no es más que una operación fría, meditada con más o menos criterio, que lo mismo sale bien o mal. Como quien financia una fábrica de tomates en conserva. Con la diferencia de que si esa industria triunfara o se estrellara, no habría detrás decenas de miles de hinchas montando el fiestón de sus vidas o llorando hasta que se les secaran los ojos. Como mucho, alguien mirará el libro de contabilidad y hará alguna mueca. Nada de sentimiento, que ya dijo en su momento Enrique Cerezo que eso es algo que en el fútbol “se debe perder”.

¿Debería establecerse alguna regulación para limitar, o al menos controlar, la entrada de capitales extranjeros en el fútbol español? ¿O más nos vale olvidar cualquier resquicio de romanticismo y aceptar la mercantilización con todas sus consecuencias, asumiendo el desapego como un precio que pagar por la (esperable) mejora del espectáculo? La actualidad nos indica que, queramos o no, avanzamos más bien por el segundo camino, y que para desandarlo haría falta un cambio tan radical que parece imposible. Solo el tiempo nos dirá si hemos elegido bien.

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