El conformismo de España en el Mundial agranda la figura de Alejandro Valverde

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LEUVEN, BELGIUM - SEPTEMBER 26: Ivan Garcia Cortina of Spain competes during the 94th UCI Road World Championships 2021 - Men Elite Road Race a 268,3km race from Antwerp to Leuven / #flanders2021 / on September 26, 2021 in Leuven, Belgium. (Photo by Alex Broadway - Pool/Getty Images)
Photo by Alex Broadway - Pool/Getty Images

Cuando ya se conformó el grupo principal, de unos veinte corredores, y se vio claro que ahí no había un español ni se le esperaba, Carlos de Andrés hizo balance de la carrera para nuestra selección: "España ha hecho un buen Mundial". Para tal juicio, De Andrés apelaba al hecho de que "se nos había visto". En concreto, durante siete horas de carrera, sabemos que Imanol Erviti se metió en una fuga -no le vimos dar ni un relevo- y que Iván García Cortina se unió a una de las escaramuzas de Remco Evenepoel porque, según sus palabras, "sabía que al final no iba a estar con los buenos, así que preferí adelantarme".

Cortina, al que hay que reconocer que sí se le vio, y que pasa por ser uno de los corredores españoles mejor pagados del pelotón, se quedó en una de las primera cuestas, uno de los muros de cuatrocientos metros que jalonaban el recorrido. Acabó en el vigésimo tercer puesto, pero al menos lo intentó hasta donde pudo. El siguiente español, Gorka Izaguirre, lo hizo el cuadragésimo segundo, ambos a más de seis minutos del vencedor y por lo tanto a más de cinco minutos del grupo de favoritos. No sé si eso es "un buen Mundial", de hecho, no se me ocurre cómo podría haber sido peor. Bueno, sí, ahí están los Juegos Olímpicos y el Campeonato de Europa para hacernos una idea.

Es cierto que uno puede apelar al "es lo que hay" tan de Koeman y Piqué y puede que no le falte razón... pero igual que criticamos al entorno del Barcelona cuando pregona ese discurso conformista, impropio de su historia reciente, no veo por qué tenemos que aplaudir a la selección española de ciclismo cuando cae en el mismo error. Por supuesto, faltan corredores, falta talento... y cuando lo hay, como en el caso de Alex Aranburu o el propio Cortina, falta la suerte de no caerse. Por lo demás, si sabes que no vas a ganar; si sabes que no vas ni a competir por el triunfo, solo te queda una opción: destrozar la carrera, que te vea todo el mundo. No a uno o a dos, a todos los que tengan piernas para al menos unos kilómetros de espectáculo.

Si algo hemos aprendido de esta llamada "edad dorada del ciclismo" es que los resultados importan hasta cierto punto. Lo que destaca de estos tiempos salvajes es la actitud. ¿Por qué son Wout van Aert y Mathieu van der Poel los grandes nombres de esta generación de clásicómanos? ¿Por sus triunfos? Entre los dos han ganado dos monumentos y cero mundiales en ruta. Tienen un excelente palmarés de pruebas menores y, en el caso del belga, un excelente botín de etapas en el Tour de Francia -por el Giro y la Vuelta, no se ha asomado- pero la larga distancia les crea problemas, a falta de ver lo que pasa aún en Roubaix y Lombardía.

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Si Van Aert y Van der Poel están haciendo historia es por su manera de correr. Nadie se acuerda de lo que no han ganado; se acuerdan de todas las veces que han intentado ganar. Eso es algo que no termina de calar en el ciclismo español, que aguanta los quintos puestos a rueda como si les fuera la vida. ¿No vas a ganar? Estupendo. Déjate ver. Que el espectador se sienta orgulloso, que se acuerde de lo que hiciste, de que durante diez, veinte, treinta minutos, le hiciste soñar con un maillot arcoiris. Lo dicho, salvo Cortina, y a demasiados kilómetros de meta como para tomárselo en serio, nadie estuvo a la altura. Puede que fuera un Mundial "aceptable", pero me cuesta ponerle la etiqueta de "bueno".

Y en eso, quizá, influyen los casi veinte años que hemos pasado disfrutando de Alejandro Valverde. Pongo como ejemplo al murciano porque aún sigue en activo, pero podría hacerse extensivo a muchísimos otros corredores de su generación. Cuando llegaba el Mundial, incluso ahora cuando llega una clásica que le va bien, a Valverde no le vale con quedar el 23º. Valverde, cuyo palmarés en "monumentos" está muy por debajo de lo que debería, ha terminado once veces entre los diez primeros de un Mundial. Once veces. La última, ojo, el año pasado, cuando acabó octavo.

Valverde no se dejaba ir. Puede que fuera un desastre táctico y cuando hablamos de Mundiales casi nos acordamos más del desastre de Florencia que del triunfo en Innsbruck, pero el tío siempre estaba ahí. Sabías que iba a estar ahí. De acuerdo, Valverde es un súper clase y un corredor irrepetible, pero el hambre no entiende de talento. La ambición no entiende de pragmatismo. Por supuesto, los españoles pueden quedarse en el pelotón, no hacer nada y recibir el aplauso de la prensa amiga, pero no me parece el camino a seguir. Hay que intentarlo, por lo menos. Ni siquiera pedimos éxitos, pedimos un mínimo de épica.

Es cierto que hay perfiles y perfiles. ¿Podría haber hecho un buen resultado Alejandro Valverde en Flandes en su esplendor, cuando siempre prefirió evitar la prueba? Quizá la respuesta nos la puede dar el propio campeón, Julien Alaphilippe, que solo ha corrido el Tour de Flandes dos veces: en 2020, ya campeón del mundo, se la pegó con una moto cuando iba camino del triunfo junto a los inevitables Van Aert y Van der Poel. En 2021, no quedó ni entre los cuarenta primeros. 

Le dio igual. No creyó en maldiciones ni en "es que no es mi tipo de circuito". Atacó cuatro veces y se fue a la cuarta porque era el más fuerte. Podría haber explotado y se lo habríamos agradecido igual. Se negó a ser irrelevante. Esa es la lucha a la que se enfrenta ahora mismo el ciclismo español en lo que llegan Rodríguez y Ayuso: la lucha contra la irrelevancia. De momento, está claro que la estamos perdiendo: en grandes vueltas, en pequeñas y en carreras de un día. No tiene sentido. No podemos aplaudirlo.

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