Nacionalizar extranjeros no es fomentar el deporte español

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Mathieu Belie (centro), francés de Toulouse, representando a la selección española de rugby en un partido contra Bélgica el año pasado. Foto: AP Photo/Olivier Matthys.
Mathieu Belie (centro), francés de Toulouse, representando a la selección española de rugby en un partido contra Bélgica el año pasado. Foto: AP Photo/Olivier Matthys.

Anda en estos días la prensa deportiva patria (la que tiene ojos para algo que no sea el fútbol, que no es mucha) dando palmas con las orejas por lo que se considera un nuevo éxito y un punto de partida esperanzador para el deporte español. La selección nacional masculina de rugby ha conseguido recientemente un resultado muy positivo: derrotar a la de Rusia en la primera jornada del torneo Seis Naciones B, oficiosamente la segunda división del deporte del balón oval en Europa. Además consiguiendo una remontada espectacular: al descanso perdía 7-14 y acabó imponiéndose 16-14.

Van llegando los titulares grandilocuentes. “Un gran triunfo”, dice Marca; “un equipo de Mundial”, refleja As, en referencia a que los rusos sí lograron clasificarse para el campeonato y los Leones ibéricos no tras una controvertida eliminatoria contra Bélgica. El Confidencial se enorgullece de la “brava reacción” de los españoles. No hay mucho más en el panorama mediático, porque no olvidemos que el rugby es, todavía, un deporte minoritario. Esperemos que poco a poco, si vienen más resultados positivos, crezca el interés.

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El problema es cuando a uno le da por revisar la plantilla de la selección nacional. De cara al próximo partido, previsto para el 17 de febrero contra Georgia, van convocados 30 jugadores (lo habitual, teniendo en cuenta que en este deporte saltan 15 al campo). De ellos, solo 13 son nacidos o formados deportivamente en España. El resto, más de la mitad, son nacionalizados: jugadores extranjeros, en su mayoría de Francia, Inglaterra, Argentina o Sudáfrica, que representan a España o bien porque están en algún club español, o bien porque tienen antepasados más o menos remotos procedentes de la Península, y escogen la camiseta roja porque su país de origen no les convoca. De hecho, incluso el capitán actual, el pilier Fernando López, es bonaerense.

Calificar como “español” a un equipo de estas características más parece un abuso del lenguaje, por mucho que la normativa vigente lo permita y que otras selecciones hagan exactamente lo mismo. La estrategia reportará indudablemente beneficios deportivos a corto plazo, de hecho ya se están viendo, pero si de lo que se trata es de fomentar el deporte nacional y de crear una estructura potente a largo plazo, el sistema parece hasta contraproducente. No es que el rugby de España esté triunfando, sino que se importan deportistas notables de fuera, traídos a golpe de talonario, que están aquí como podrían estar en cualquier otro lado. Si en vez de al rugby se dedicaran, por ejemplo, al balonmano, a lo mejor estarían dándole gloria a Catar.

Ojo: no se trata, ni mucho menos, de un asunto de xenofobia. La inmigración es un factor que enriquece culturas y sociedades, y en el ámbito del deporte puede servir para aportar cualidades de las que el país carece, posiblemente por puros condicionantes genéricos. La vecina Francia es un notable ejemplo en este sentido, habiendo sabido integrar (no sin problemas y tensiones, hay que reconocerlo) el talento llegado de todas partes del mundo. Pero, en última instancia, es un talento que se cría en Francia, se forma en Francia, aprende a jugar en Francia y, haya nacido en París, en Bayona, en Argel o en Dakar, es digno y orgulloso representante de Francia.

De hecho, en la propia selección española de rugby están Arti Kovalenko, barcelonés de orígenes ucranianos, o Daniel Stöhr, hijo de alemán y brasileña pero malagueño y canterano del equipo de Marbella. Españoles a todos los efectos, y que nadie se atreva a discutirlo. Lo que tiene menos sentido, aunque esté autorizado por las reglas y todos los rivales lo hagan, es que en el XV del León juegue gente como Mickael De Marco, natural de Montpellier, miembro de la plantilla del Sporting Agen de la liga francesa, antiguo representante de les bleus sub-20, que solo ha pisado España de vacaciones, y que tiene un hueco con la camiseta roja porque alguien de su familia hace varias generaciones era español. O como Steve Barnes, inglés de Bristol que no llegó a tierras ibéricas hasta que, cuando tenía 25 años y ni siquiera conocía nuestro idioma, le fichó el VRAC de Valladolid, donde aún sigue. Son indudablemente buenísimos deportistas, pero ese no es el debate.

El alemán Johann “Juanito” Mühlegg competía para España cuando ganó varios oros olímpicos en esquí de fondo en 2002 que luego le fueron retirados por dopaje. Foto: Tony Marshall/EMPICS vía Getty Images.
El alemán Johann “Juanito” Mühlegg competía para España cuando ganó varios oros olímpicos en esquí de fondo en 2002 que luego le fueron retirados por dopaje. Foto: Tony Marshall/EMPICS vía Getty Images.

No es, ni mucho menos, un caso exclusivo del rugby, aunque nos encontremos con un ejemplo extremo porque más de la mitad de la plantilla es en realidad foránea. Ocurre también en otras actividades. Hay casos notables en el atletismo: España recibió con orgullo, como un éxito del deporte nacional, la plata de Orlando Ortega en los Juegos Olímpicos de 2016 en la prueba de 110 metros vallas… pese a que cuatro años antes este cubano de La Habana ya estaba compitiendo en defensa de su isla natal. Ya en los años ’90 pasó algo similar con la saltadora de longitud Niurka Montalvo, también cubana, que para el país caribeño había ganado varios campeonatos Panamericanos e incluso una plata en el Mundial de 1995; poco después se casó con un español y automáticamente pasó a competir para España, bajo cuya bandera ganó el oro en 1999. El asunto da para mucha hipocresía social, como comprobó en sus carnes Johann Mühlegg; este alemán se convirtió en el amigo Juanito cuando, tras nacionalizarse español, ganó dos medallas de oro en esquí de fondo en los Olímpicos de Invierno de 2002, pero recuperó su impronunciable nombre original apenas una semana después, cuando se descubrió que competía dopado.

Muchos se preguntarán qué hay de malo en que vengan extranjeros a subir el nivel. Plantearán, incluso, que mejores resultados redundarán en más atención del público hacia esas disciplinas y, por tanto, podrá ser beneficioso, sobre todo en términos económicos. El problema, no obstante, es de base. Si el modelo consiste en incorporar gente de fuera que mejore lo que hay en casa, dejará de haber incentivos para trabajar con los jóvenes locales. Las estrellas potenciales del futuro nacidas o criadas en España no tendrán alicientes para esforzarse y mejorar, sabiendo que las élites preferirán fichar a un foráneo al que hayan pulido entrenadores extranjeros.

Si el deporte se entiende como un beneficio para la sociedad y la salud pública, una política de este estilo es nefasta a largo plazo. Aparte, por otro lado, de que, por pura lógica, los extranjeros que compiten para España se dividen en dos grupos: o los que proceden de países con menos recursos y vienen aquí para librarse de la precariedad, o bien los que vienen de naciones más poderosas y optan por el rojo ya sea por conflictos personales en sus lugares de procedencia, ya sea porque, aun siendo buenos, no dan el nivel para sus selecciones originarias. En cualquiera de estos casos, desde el punto de vista ético, moral o hasta de orgullo patrio incluirles en los equipos españoles no parece la mejor opción.

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