Naomi Osaka debe hacerse caso y dejar de sufrir en las pistas

Mar 12, 2022; Indian Wells, CA, USA; Naomi Osaka (JPN) is emotional as she talks to referee after a fan disrupted before the start of her 2nd round match against Veronika Kudermetova (RUS) at the BNP Paribas open at the Indian Wells Tennis Garden. Mandatory Credit: Jayne Kamin-Oncea-USA TODAY Sports
Naomi Osaka se rompió en Indian Wells. Foto: Jayne Kamin-Oncea-USA TODAY Sports

La información es confusa, por eso no conviene centrarse solo en este incidente aunque haya sido el último: Naomi Osaka disputa su partido de segunda ronda de Indian Wells, uno de los torneos más prestigiosos del circuito. Su rival es la rusa Veronika Kudermetova, una buena jugadora, top 25 del mundo. En algún momento de algún intercambio, alguien en la grada le grita "Naomi, you suck!", que viene a ser algo parecido a "Naomi, das pena" (olvidemos las traducciones literales) y que también puede ser un juego de palabras con su apellido (en inglés, "Osaka" y "you suck" no se diferencian tanto).

No es agradable oír algo así, desde luego. El público debería respetar a las jugadoras y, quien no lo haga, debería ser expulsado de la grada. Ahora bien, tampoco es lo peor que ha escuchado Osaka en su vida ni cualquier otro deportista. No parece justificación para que la japonesa pida a la juez de silla utilizar su micrófono para defenderse en pleno partido (la juez de silla, obviamente, se negó) ni parece que sea suficiente motivo para perder 6-0, 6-3 el partido. Con todo, eso no fue lo peor para Naomi. El dolor siguió un tiempo más ahí clavado.

En la entrevista postpartido, directamente se echó a llorar. No hizo referencia al partido sino a ese momento del partido. Dijo que le recordó a cuando abucheaban a las hermanas Williams por el color de su piel y ya no pudo volver a concentrarse en el encuentro. Osaka jugaba ahí con fuego: ¿qué pasó con las hermanas Williams? Hay que remontarse a la final de 2001 entre Serena y Kim Clijsters. El público estaba enfadado porque el día anterior, Venus no se había presentado al encuentro de semifinales contra su hermana. Eran los años en los que las hermanas dominaban el circuito con puño de acero y se rumoreaba que Richard Williams, su padre, decidía la ganadora de cada encuentro.

El caso es que, nada más entrar en la cancha, Serena se llevó un abucheo generalizado. No fue la única: sentados en las gradas, tanto Venus como sus padres eran víctimas de los mismos abucheos, prolongados durante todo el partido. Ellos lo vivieron como un ataque racista. En su autobiografía, Venus explica cómo esos insultos llegaban de unas gradas "llenas de blancos viejos y ricos". Fuera cual fuera la intención del público de Palm Springs, el caso es que ninguna de las dos hermanas volvió a competir allí durante catorce años, dejando a Indian Wells en una posición comprometidísima como torneo, un trauma que aún no ha podido superar del todo.

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Serena Williams no perdió 6-0, 6-3 sino que ganó el torneo, pero esa es otra historia. Las Williams vivieron una situación -racista o no- muy violenta y muy desagradable. No sé si eso es comparable a lo de Osaka. Diría que no. Diría que Osaka no hizo bien en comparar un "¡das pena!" con el hostigamiento que sufrió la familia Williams. Diría que tampoco hizo bien en hacerlo en público, dejando de nuevo al torneo a los pies de los caballos. Diría, incluso, que ni siquiera lo piensa, que simplemente está perdida desde hace ya mucho tiempo, como mínimo desde aquel Roland Garros donde dijo basta y se retiró a los tres días para no tener que hablar con la prensa.

Osaka lo está pasando mal. Y de la misma manera que en su momento pareció escuchar a su cuerpo y paró durante unas semanas, igual debería parar durante mucho más tiempo. No tiene sentido sufrir de esta manera. La japonesa, ganadora de cuatro grand slams y lo más parecido a una dominadora que ha surgido en los últimos cinco años, es aún demasiado joven y tiene demasiado futuro para imponerse una presión tan inmensa. Fue de las primeras en reconocer que estaba atravesando una depresión y que la salud mental estaba por encima de los éxitos deportivos. Ahora, necesita hacerse caso a sí misma y actuar en consecuencia.

A Osaka le debería dar igual si sigue cayendo en el ranking -ahora mismo es la número 78 del mundo- y le debería dar igual lo que la gente piense de ella, pero eso no es fácil. Hay un proceso que pasar hasta que consigues que realmente te dé igual y ese proceso parece que lo esté cubriendo a la inversa. Osaka fue capaz de ganar un US Open en 2018 con toda la grada volcada en favor de su rival (precisamente, Serena Williams) y apenas 20 años. A los tres años, estaba huyendo de la prensa y a los cuatro, la tenemos viniéndose abajo por un comentario de un aficionado.

Obviamente, la cosa no está yendo a mejor. Osaka lleva años siendo la tenista que más dinero gana del circuito gracias a sus numerosos patrocinios. Es la imagen de un país y de un continente. Tiene demasiada presión sobre sus hombros y, si no puede soportarla, y ella misma ha reconocido que le cuesta una barbaridad, no pasa nada por borrarse una temporada. Pero borrarse de verdad. No decir "ahora ya me encuentro mejor" y acabar el segundo partido con el alma partida. El dolor de Osaka es genuino. A algunos les parecerá más motivado y a otros, menos, pero lo que pensemos lo demás, aquí, da absolutamente igual. A ella le duele. Le duele todo. Y no tiene sentido que, con 24 años, esté atrapada en ese agujero negro.

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