Neymar, el PSG, las cláusulas y la hipocresía

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Neymar, en un partido de pretemporada del Barcelona este mismo verano. Foto: AFP / Héctor Retamal.
Neymar, en un partido de pretemporada del Barcelona este mismo verano. Foto: AFP / Héctor Retamal.

No está cerrado ni confirmado, al menos oficialmente, pero en la prensa especializada casi todo el mundo da por hecho que Neymar, futbolista todavía del Barcelona, tiene su futuro inmediato en el París Saint-Germain. A cambio, dicen, de una cantidad obscena y disparatada: 222 millones de euros. A quien todavía use las pesetas para manejar grandes cantidades de dinero se le recomienda no intentar hacer el cálculo, a riesgo de sufrir un desmayo.

Tan escandalosa cifra es el importe de la cláusula de rescisión que el 11 azulgrana tiene en su contrato. Al poner una cifra tan alta, el Barça pretendía blindar prácticamente a perpetuidad a uno de los jugadores más talentosos de su plantilla. Asumía la dirigencia catalana que nunca llegaría el día en el que alguien estuviera tan loco como para pagar tanto por un solo fichaje.

Bueno, pues ese día ha llegado. Como, por otra parte, era de esperar ante el desembarco de grandes oligarcas de países árabes, pero también de otras naciones como Rusia o China, en el fútbol más tradicional del oeste europeo. Jeques enriquecidos a niveles grotescos que tienen el dinero por castigo, se adueñan de un club como se podrían comprar cualquier otro juguete y no les duele invertir todos los petrodólares que hagan falta. Capitalismo a la enésima potencia inyectado en vena en el opio del pueblo del siglo XXI.

Más grande, más gordo, pero nada nuevo bajo el sol. Cristiano Ronaldo, Bale, el propio Neymar, Luis Suárez, Higuaín… nos sigue asustando, pero ya no nos sorprende la magnitud que se mueve en uno de estos traspasos. Sin embargo, este de Neymar está levantando ampollas: los mandatarios azulgranas no caben en sí de la indignación y hasta el mismísimo presidente de la LFP, el señor Tebas, dice que va a denunciar a los franceses por “incumplimiento del fair play financiero” (él sabrá en qué se basa, teniendo en cuenta que falta un mes para cerrar el mercado y cuadrar el balance). Ha surgido incluso un debate inédito hasta ahora sobre la justicia (o no) de las cláusulas de rescisión, que no existen en otros países.

Neymar, durante el partido de Champions de la pasada temporada contra el PSG. Foto: Goal.
Neymar, durante el partido de Champions de la pasada temporada contra el PSG. Foto: Goal.

¿Qué ha cambiado esta vez? Única y exclusivamente que uno de los dos colosos del fútbol español en torno a quienes está montado este negocio es ahora víctima y no verdugo. Abundan las ocasiones en las que el Barcelona y el Real Madrid han aprovechado su poderío económico (producto, no en su totalidad pero sí en buena parte, de un reparto desigual y profundamente injusto de los derechos de televisión) para esquilmar a sus rivales y reducir al mínimo la competitividad de una liga en la que, salvo excepciones puntuales y muy milagrosas, no hay lugar para que ningún otro roce la gloria.

Ya sea directamente abonando esas cláusulas y eliminando toda posibilidad de réplica, ya sea valiéndose de la situación desesperada de la tesorería de los equipos “pequeños” (tan sometidos a la estructura desigual del campeonato como, justo es reconocerlo, culpables de sus propias desdichas por sus gestiones internas a menudo calamitosas y hasta delictivas) y forzándoles a negociar traspasos ventajosos para, de paso, evitar el pago de impuestos como el IVA, llevamos años viendo cómo los clubes de segunda línea, los que podrían ser una alternativa de poder (e históricamente lo han sido), se ven obligados a desprenderse de sus mejores hombres.

Bien lo saben entidades como el Sevilla, el Valencia, el Athletic de Bilbao o incluso, sin olvidar que están por encima de otros 17 (pero por debajo de 2), el Atlético de Madrid. Nadie más que ellos mismos se quejó cuando Sergio Ramos, Dani Alves o Vitolo dejaron Nervión, o cuando André Gomes o Paco Alcácer salieron de Mestalla, o cuando Javi Martínez o Ander Herrera abandonaron San Mamés, o cuando el Kun, Arda, Falcao o Diego Costa cerraron la puerta trasera del Calderón. Entonces, cosas de la vida, el sistema funcionaba, había que vender porque no quedaba más remedio, y lo natural era que el pez grande se comiera al chico.

Han llegado tiburones nuevos al acuario, más voraces que cualquier atún o besugo que hayamos visto antes. Haber esperado hasta ahora para aceptar que este tinglado es negativo para el fútbol español es, como poco, hipócrita. Dice el propio Tebas en su pataleta que “hoy pasa con el Barça, mañana puede pasar con el Real Madrid, otro día con el Atlético o el Villarreal”. Como diría Del Bosque, ponemos “la mano en el fuego” por que en realidad los únicos que le preocupan de esa lista son los dos primeros. Si las medidas que se adopten para atajar el problema van en esta línea, puede que, como ya casi es costumbre, sea peor el remedio que la enfermedad.

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